Mateo y su Madre Alma

heranlu

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Mateo se estaba duchando y enjabonándose la pija se le ocurrió que sería una buena idea que Valentina fuera hacerle compañía. Deslizó la mampara y tomó el celular que tenía sobre el tanque de la taza.

—Toy en la ducha —le puso—. Vení.

Salió de la ducha, le quitó el cerrojo a la puerta y regresó dejando la mampara a medio abrir.

Valentina se encontraba en la cocina ayudando a su suegra Alma, una mujer de cuarenta y ocho años, hermoso rostro y ojos azules que toda su vida había trabajado de enfermera. Mientras que valentina se encontraba picando las verduras Alma miró que en el celular de su yerna recibía un mensaje de su hijo.

—¿Mateo no se estaba duchando? —pensó—. ¿Se le habría olvidado la toalla?

Alma volteó a mirar a Valentina y la vio distraída picando verduras; la joven estaba intentando dejar una buena impresión en casa de sus suegros. No pudo contener su curiosidad y con el dedo hizo un movimiento hacia abajo en la pantalla del celular, desplegando la notificación y leyendo el mensaje sin abrirlo.

Los ojos se Alma se asombraron al leer lo que su hijo le había escrito a su novia. Comprendió enseguida sus intenciones.

—¡Mateo! —pensó Alma—. La nena acá intentando quedar bien y vos queriendo meterla en el baño.

Alma no se podía creer la poca vergüenza de su hijo. Miró nuevamente a Valentina; seguía ocupada.

—Bueno… tampoco sos ninguna santa, nena —pensó Alma—, si mi muchacho te escribió eso es porque seguro irías contenta a atenderlo.

—Enseguida vuelvo Valentina —dijo Alma—. Vos en lo que termines con las verduras ponete a enjuagar todo eso.

—Está bien señora Alma —dijo Valentina.

Al salir de la cocina Alma volteó a la izquierda y vio a su esposo Manuel en la sala mirando el partido desde el mueble.; estaba en su mundo. Se fue en la otra dirección caminando por el pasillo a paso apresurado hasta llegar a la puerta del baño.

Abrió la puerta y casi de un brinco entró velozmente. Mateo escuchó la puerta cerrarse.

—Quítate todo y vení —dijo Mateo—, que la tengo como te gusta.

Al escuchar eso Alma quedó paralizada por un breve momento.

—¡Qué decís Mateo! —pensó—. Jamás imaginé a mi hijo diciendo eso.

El tono en el que su hijo lo dijo había sido relajado y dominante. Alma se sintió como una invasora en la privacidad de Mateo y Valentina; tras el mensaje leído sin permiso y tras haber escuchado lo que le acababa de decir Mateo, su mente morbosa se hizo una idea de cómo follaba su hijo y su nuera y la dominancia que este ejercía sobre ella.

La mampara estaba empañada. Alma se inclinó un poco y por la parte que se encontraba abierta alcanzó a ver la poronga de su hijo. Instintivamente mojó sus bragas.

Era un pito de largo y grosor apetecible, el tamaño justo para admirar sin intimidar, una pija perfecta que cada mujer querría adentro, una poronga con la dimensión y dureza para llenar bocas, satisfacer coños y romper ortos.

Siempre había visto a su hijo como su bebé, pero esa poronga era demasiado, era la pija de un hombre hecho y derecho. Su hijo de veintiocho años, el mismo que ella había criado y había visto crecer hasta convertirse en un macho, se garchaba a Valentina, una flaca de diecinueve años que lucía un cintura estrecha y un culito pequeño y firme.

—Ay, Mateo… —pensó Alma mordiéndose la punta del dedo—. Como te atreves a meterle esa cosa a esa niña. Es muy chica para vos.

Alma se mordió el labio inferior dudando. Había venido a sorprender a Mateo, a darle un susto, una sorpresa, a hacerle saber que lo había pillado y de esa forma indirectamente impedir que le rompiera el orto a su noviecita en el baño de su casa, a hacerle saber que tenía que respetar la casa familiar. No obstante, ahora que lo pensaba... ¿Qué iba hacer?, ¿cuál era su plan? En realidad no tenía uno… y ahora la concha la tenía empapada.

—Dale, flaca, apúrate —dijo Mateo.

Alma no se lo pensó más y metió su mano por la abertura de la mampara hasta alcanzar la pija de su hijo. Sabía que tenía un solo movimiento hábil, uno solo y no más, si era uno solo se podía justificar, pues era una broma que bajo su forma de pensar se encontraba en el límite de lo excusable. Se la sostuvo con fuerza, sintiendo un morbo increíble al tener ese pedazo de carne en sus manos y zasssssss… tiró de ella hacia abajo.

Mateo inmediatamente se dio cuenta de que no era la pequeña y suave mano de Valentina. Era la mano de una doña.

—Waaaa —exclamó Alma mintiendo su cabeza por la misma apertura—. Jajajajaja…

—¡Mamá! —exclamó Mateo sorprendido. No podía creerse que su madre le estuviera agarrándola la pija erecta.

—Conque la tenes redura, eh —dijo Alma sujetándole la polla desde la base. Alma sentía la necesidad de estar en contacto con ella el mayor tiempo posible.

—Mamá —dijo Mateo echándose hacia atrás—, pero que mierda haces acá.

—Jajajaja… pero mira esto nada más —exclamó Alma con la pija en su puño—. Tenes mejor chota que tu viejo —dijo en tono de joda. Soltó la poronga de su hijo, pero no lo hizo de forma brusca sino que lo hizo deslizando sus dedos por el tallo. Ella misma notó la contradicción, era como si su cerebro hubiese enviado a su mano dos órdenes distintas.

Alma lo miró a los ojos y rió, pero al ver que Mateo permanecía serio su risa se volvió nerviosa y posteriormente fue despareciendo como quien hace una broma a la que no le han encontrado la gracia.

El agua de la ducha seguía cayendo.

—Mamá qué haces acá —dijo Mateo bajando los ánimos.

—¿Por qué dejas la puerta sin cerrojo? —dijo Alma.

—Ah… eh… —balbuceó Mateo tapando con las manos cuanto podía de su pija. Se sintió expuesto al ver que su madre no paraba de mirársela—. No me di cuenta.

—Pero pensaste que era Valentina y pediste que me diera prisa —respondió Alma—. ¿Acaso pensabas ducharte con ella?

Mateo se dio cuenta de que le habían descubierto.

—Bueno… sí —respondió—. ¿Cuál es el problema? —dijo—. Es mi novia.

—¡Ah!, que zarpado que sos —dijo Alma volteando la situación—. No respetas la casa de tus padres.

Mateo negaba con la cabeza, no se lo podía creer.

—Pero mira vos lo que me decís —dijo Mateo—. Me hablas de respeto, pero te metes al baño y me agarras la poronga, no podes vieja… no podes hacer esto.

—Bueno ya está… cortala —dijo Alma—. Cerra la puerta que Valentina está ocupada con las verduras. No te la vas a garchar acá. No en mi casa.

Alma salió del baño. Se detuvo tras cerrar la puerta y se mordió el labio. Su coño estaba húmedo, podía sentir como sus labios se habían comenzado a comer la tela de sus bragas.

—No puede ser, loco, no puede ser… —pensó Mateo que seguía con la pija dura en la ducha—. Mi vieja no conoce de límites.

Alma se fue a su pieza. Mateo se miraba la pija como pensando qué iba hacer ahora con ella.

—¿Qué acabo de hacer? —pensó Alma. Tenía pensamientos cruzados—. Mateo tiene la chota enorme. Eso me pasa por no pensar las cosas bien. Estoy loca.

—Bueno… qué voy hacer… —pensó Mateo mirándose la pija—. Me voy hacer una rápido.

Alma se sacó el botón del pantalón y se metió la mano por debajo de las bragas.

—Ay Alma, qué haces… qué haces… —pensó—. Te tocas pensando en tu muchacho. ¡Es tu hijo!

Alma se cuestionaba, pero al mismo tiempo veía en su mente la imagen del cuerpo mojado de Mateo con su poronga irresistiblemente dura. Se cuestionaba por no haberse quedado con las ganas y casi sin pensárselo haberse atrevido a agarrársela a su hijo.

—¿Era igual a la de Manuel? —pensó Alma—. No, no, yo creo que la tiene más grande que su padre. Ay… no lo recuerdo bien, ojalá la hubiese visto con más cuidado… Che, ¿será que me pasé al sujetarle la chota? Sí, creo que me pasé con todo. No debí hacerlo, soy su madre…pero… pero… ¿seguirá ahí?... No, no, ya debe estar por salir, no creo que siga ahí con la pija dura… ¿O sí?

Alma volvió por el pasillo. Lo hizo con el pantalón desabotonado y con el cierre abajo, mostrando las bragas. Abrió de nuevo la puerta y metiendo nada más medio cuerpo al baño alcanzó a ver a su hijo de espaldas por el mismo espacio que había dejado abierto en la mampara. Mateo estaba con la frente apoyada en un brazo que tenía contra los azulejos mientras se hacía una paja a toda velocidad.

—¿Estará pensando en mí? —fue lo primero que pensó Alma—. No. Soy su madre, cómo va a estar pensando en mi mientras se la jala, eso es imposible... pero si se la está jalando después de lo de hace un momento es porque se excitó... ¿O no? No, Alma, no, ya la tenía dura desde antes, solo está terminando con lo que interrumpiste —se cuestionó inmediatamente.

Alma se asomó por el pasillo, Valentina seguía sin venir. Volvió a entrar y esta vez cerró la puerta con cerrojo. Volvió a meterse por el espacio de la mampara, lo hizo sigilosamente, y le sujetó de nuevo la pija a Mateo que sonrió al sentir que se la agarraban, retiró su mano para dejar que la suplieran y se dejó hacer.

—Uffff sí —exclamó Mateo que con los ojos cerrados y apoyado contra la pared se dejó pajear un breve momento.

Alma se la jalaba de arriba abajo y de abajo a arriba al ritmo de un masaje. Aparte de a su esposo, que había sido el único hombre de su vida, Alma solo se la había jalado a algunos ancianos y lisiados en el hospital donde trabajaba, y solo una vez a un muchacho joven que la estaba pasando muy mal con el tratamiento, lo había hecho como favor, pero no era algo que hacia todo el tiempo, además hacía mucho que no lo hacía.

Mateo separó su frente de su brazo y girándose abrió los ojos. Vio finalmente a su madre jalándosela, el rostro de ella era un poema; tenía los ojos bien abiertos, como esperando una reacción de parte de él, los labios metidos hacia adentro, conteniendo una sonrisa traviesa, pero en el fondo tanto su expresión como esa pose incomoda que tenía, inclinada hacia adelante, sacando la cola y juntando las piernas, delataban lo profundamente excitada que se encontraba su madre.

—Ah no, vieja, para… —dijo Mateo como temblando—. No podes hacerme esto —exclamó vencido.

Por un segundo había pensado que había sido Valentina la que había venido, pero al ver que era su madre la que había vuelto no le quedó de otra que ceder ante sí mismo y admitir que le había dado morbo la situación. Incluso a sus cuarenta y ocho años el físico de Alma no era nada despreciable, era una mujer hermosa y además para nada promiscua. Era una imagen difícil asimilar, no era solo porque se trataba de su madre pajeándolo, sino también por quién ella era, su personalidad y la imagen que todos tenían de ella.

El regreso de Alma al baño le desbarataba a ella cualquier fachada, evaporaba incluso la posibilidad de que pudiese existir luego, y a causa de lo previamente ocurrido, alguna tensión sexual o erotismo, pues la lujuria había quedado desnuda en ese reducido espacio húmedo en el que nada más se escuchaba el sonido del agua caer.

—Jajajaja —rió Alma pajeandolo con travesura.

El deseo de su madre era obvio, no era un juego, quería pija.

En un solo segundo el joven reflexionó: veía a su mamá como una mujer hermosa, bella, encantadora, pretendida con distancia por los colegas de su padre y admirada por sus propios amigos; no veía que el atractivo de ella sea el de la clásica mujer madura de una sexualidad vulgar, sino más bien pensaba que era la clase de mujer con la que se podía imaginar tomando unas copas mientras charlan en el mueble, para luego pasar a los abrazos y besos, desvestirla y hacerle el amor de forma pausada frente a una fogata. Sí, así de cliché y de romántico se lo imaginaba, para él una mujer como su madre era un modelo de referencia, lo máximo que podía aspirar a tener si hacía las cosas bien. Valentina no era eso, era una chica menor que le daba pelota, estaba muy buena y no le importaba chuparle la pija cada vez que él quería. ¿De verdad iba a rechazar a su modelo de mujer solo porque era su madre?

—Nah… ya fue… —pensó Mateo. Luego puso su mano sobre el cristal y deslizó la mampara con su mano dejándolos a los dos encerrados en la ducha.

Alma sonrió, se acercó y dejó caer sus rodillas en el piso mojado, bañándose con el agua de la ducha ella también. Miró de cerca la pija de su hijo. En efecto, era igual a la de su esposo, pero por algún motivo se le hacía más morbosa. No se lo pensó más y se la metió en la boca.

—Tenes mejor pija que tu padre —dijo Alma tras la primera chupada solo para darle el gusto y excitarlo más. Lo que pareció funcionar porque le palpitó la pija en la boca.

Alma sonrió.

—Oh.. ah… no vieja… para… para… no me digas esas cosas… que me vas hacer acabar muy rápido —dijo Mateo que jamás en su vida había pensado en escuchar esa frase, por lo menos no viniendo de su madre, pero que dada la situación lo había vuelto loco.

—¿Te gusta? —dijo Alma frenando y luego engullendo nuevamente la pija—. ¿Te gusta?... —repitió con tono de putita y siguió engullendo—. La tenes rebuena… tenes una pija bastante gorda.

–Ufff… no, vieja… no me digas nada… que me vas hacer… Ah… mMMmmm… —dijo Mateo suplicando por alargar el momento y sin poder atreverse a decirle a su madre que le iba a llenar la boca de leche por miedo que sus propias palabras le hicieran acabar.

Alma llevó una de sus manos entre sus bragas y se comenzó a frotar el clítoris. Tenía décadas de práctica y pensó que a Mateo le gustaría exactamente lo mismo que a su padre. No se equivocaba con eso, su pibe estaba disfrutando de una mamada que ella tenía completamente mecanizada y que había sido perfeccionada para hacer llegar a su esposo a un inevitable orgasmo de la forma más placentera posible. Lo que funcionaba con el padre tenía que funcionar con el hijo, a pesar de que nunca había sido infiel lo sabía con certeza porque los mismos mecanismos y tratos que tenía con su esposo en otros ámbitos de la convivencia siempre habían funcionado también con su único hijo; le gustaba la misma comida, cocinada de la misma forma, o que le acariciaran la espalda de la misma manera, cosas así, era un copia más joven de Manuel.

Sgggg… sgggg… sggggg… succionaba Alma la hermosa pija de su hijo.

Se escuchó la perilla girar inútilmente. Luego un toque de puerta con los nudillos que ambos ignoraron. Tac, tac, tac, tac… Alma se la chupó con más fuerza.

Sggggggggg… sgggggggggg… sggggggggggg…

Mateo puso sus manos sobre la cabeza de Alma, respiró profundo, luego cerró los ojos y levantó el rostro. Que buen pete le estaba haciendo su vieja; no tenía desperdicio cada movimiento de lengua, cada succión, cada lamida, la forma en la que presionaba y luego lo dejaba respirar para entonces volver a chupar, todo se lo hacía bien.

El toqué de puerta desistió. Alma engullía la poronga de Mateo como si no hubiera un mañana, como envuelta en un frenesí animal haciendo un movimiento circular con su cabeza.

Mateo abrió los ojos y miró hacia abajo. Acarició como peinando la cabellera mojada de su madre. Alma tomó un respiro, miró hacia arriba. Sus miradas se encontraron.

—Ah… ah… —exclamó Mateo que al ver los ojos azules de su madre no pudo más.

Soltó un lechazo fuerte sobre su rostro que cayó sobre la mejilla y la nariz. Alma abrió la boca intentando atrapar todo el esperma que brotase de la pija de Mateo. Un chorro más salió, esta vez fue a parar en su lengua. Luego no dudó en chupar la punta de la pija mientras se metía dos dedos en el coño y se corría mientras se tragaba el semen de su hijo.

Madre e hijo comenzaron a pasarse la mano por sus propios rostros, removiendo el exceso de agua. Recién ahí cayeron en cuenta de lo que habían hecho.

Mateo sintió esa cruda sensación de aversión y culpa mientras se escuchaba el agua caer.

Alma se puso de pie. Mateo cerró la ducha y aun recuperando el aliento miró a su madre. Alma, aun tragando semen, pasaba sus manos por todo su cuerpo. Tenía toda la ropa mojada.

—Qué hice, loco… por dios… no puedo ser tan hijo de puta —pensó Mateo—. Le acabo de llenar la boca de leche a mi vieja.

—Estaba buena —dijo Alma refiriéndose a la miel emanada de la poronga de su hijo.

—Nooo… ma… pero que zorra que sos —pensó Mateo—. Te amo, vieja, te amo… —dijo después. De cierta forma ver a su madre complacida le hizo sentirse mejor.

A su madre se le iluminó el rostro y sonrió.

Mateo le sostuvo la cabeza y la besó en los labios. Fue un beso breve, un gesto para expresar su sincero y profundo agradecimiento por el placer que le había dado y por el cumplido que le acaba de hacer. Sin embargo, la sensación que a Mateo le quedó en los labios fue incluso más íntima que la propia mamada. No recordaba haber besado a su madre en los labios antes.

—Ahora cómo salimos de acá —dijo Mateo.

Alma abrió la mampara. Mateó salió primero y tomó el celular.

—Por qué no me abrís —decía un mensaje de Valentina.

Alma comenzó a desvestirse.

—No, ya fue —le escribió Mateo a su novia mientras se sentaba en el inodoro—. Tardaste mucho y me hice una. No te abrí porque estaba cagando. Jaja.

—Hey, hey, hey, hey… qué haces —dijo Mateo tapándose la vista con el brazo tras ver a su madre en pelotas.

Ya era tarde, de un solo golpe había visto a Alma desnuda; tetas grandes un poco caídas y pezones gruesos y marrones, un poco de grasa abdominal, cadera ancha, muslos voluminosos, vello púbico oscuro al natural, pero sin excesos, y en el medio una raja.

—Se me mojó toda la ropa —dijo Alma tomando la toalla.

Mateo jamás había visto a su madre desnuda, pero ahora, de un momento a otro le conocía todo el cuerpo. En una fracción de segundo su mente había sido corrompida por el escultural cuerpo maduro de su progenitora. Solía pensar que no había nada más íntimo que conocer cómo tiene el vello púbico una mujer; ahora conocía el de su madre.

Mateó volvió a mirar el celular al recibir una notificación de mensaje.

—Bueno, estoy ocupada terminando en la cocina —le puso Valentina.

—Ya está… —dijo Mateo—, Valentina está en la cocina. Es nuestro momento de salir de acá.

Mateo se puso de pie, abrió la puerta y se asomó por el pasillo. No había nadie.

—Toma —dijo Alma entregándole la toalla—. Tráeme algo de ropa. Te espero acá.

Sin pensárselo mucho Mateo tomó la toalla, se envolvió la cintura y se fue a la pieza que sus padres le tenían siempre reservada en casa.

Alma se sintió libre de liberar lo excitada que estaba. Ella no se reprochaba nada, estaba contenta con haberle chupado la poronga a su hijo. Tomó del suelo el slip de Mateo y lo olió hondamente.

—Que olor a pija por dios —pensó Alma y lo dijo en voz alta para excitarse más. No pudo evitar meterse dos dedos.

Mateó se puso un short y una camisa de su equipo, el mismo que el de su padre, y luego fue a la habitación de sus padres. Abrió varias gavetas hasta encontrar una en la que se encontraba la ropa íntima de su madre. Era una colección enorme de todo tipo de prendas, desde bombachas bastante anchas, pasando por bragas, culotte de encajes de diferentes colores hasta un micro hilo pequeñísimo.

—Que puta que es mi vieja, ni Valentina usa algo así —pensó Mateo—. Le debe quedar todo el orto al aire con esto.

Tomó la bombacha ancha por respeto, seguía siendo su madre a pesar de que le había llenado la boca de leche hace nada. Quería salir de todo ese quilombo cuando antes, olvidar que había visto a su madre desnuda, olvidar que la misma mujer que lo había parido lo acababa de masturbar, que había puesto a mamar a quien lo había amamantado. Luego tomó un pantalón y una blusa al azar y fue hasta el baño.

Tac, tac, tac… tocó la puerta.

—Soy Mateo —dijo—. Abrí.

Mateo pensaba que su madre abriría la puerta a medias y entonces le entregaría su ropa y se marcharía, pero en lugar de eso tuvo que abrirla él y encontró a Alma de espaldas, inclinada hacia adelante, apoyando una de sus manos en el inodoro mientras que se metía dos dedos en la concha.

La imagen le pareció, ahora sí, morbosa, grotesca, la cosa más pornográfica que hubiese visto nunca; una mujer satisfaciendo sola su excitación. No cualquier mujer, su madre; y lo hacía con una actitud animal.

Alma lo miró sobre el hombro y se mordió el labio expresándole a su hijo lo necesitada que estaba de que este se hiciera cargo.

—Acá está la ropa —dijo Mateo dejándola caer al suelo y se marchó cerrando la puerta.

Tras cerrar la puerta Mateo se mareó. La imagen de su hermosa madre de rostro amable se había desquebrajado, ahora la había visto poseída, necesitada, y completamente dominada por su instinto animal más básico.

Sintió culpa, culpa por diferentes motivos, culpa por haber puesto a su madre a chuparle la pija, por correrse en su boca como si fuera una puta, pero también sentía culpa por abandonarla. ¿Debía ayudarla a acabar?, ¿debía darle una mano a su madre y ayudarle a llegar al orgasmo como ella lo había hecho con él?... Haberle hecho tragar su semen y luego irse dejándola a ella con la misma calentura incontrolable que hace un instante él mismo había padecido le hacía sentirse peor que por haber cometido incesto, esa sucesión de pensamientos le hizo pensar que cometiendo un acto aún más incestuoso, por ilógico que fuera, podría ayudarle a escapar de esa sensación de culpabilidad.

Volvió a abrir la puerta. Alma volteó asustada, no esperaba que Mateo regresara.

—Ah… sos vos —dijo Alma retomando el movimiento con sus dedos calmadamente.

—Mamá…

—Tranqui Mateo, no pasa nada… —dijo viéndolo por arriba de su hombro con una mirada lasciva, sabiendo que su hijo ya no estaba en la mismo estado mental sexual que estaba ella—. Solo quédate ahí parado y mostrame la pija.

Mateo cerró la puerta y se bajó el short y el slip hasta las rodillas, su poronga estaba flácida y caída, descansando con un aire de quien se ha duchado después del trabajo para acostarse en el mueble a ver una película.

Alma se metió dos dedos, pero luego fueron tres y después cuatro.

—Subite la remera —dijo Alma—. Déjame verte el abdomen.

Su hijo obedientemente se subió la remera hasta los pectorales. La vista de alma se perdió en el vello de su hijo, en como este se juntaba al pelo del abdomen. Se veía masculino.

Viendo el espectáculo que le daba su madre Mateo sintió que su pija se volvía a engrosar.

—¿Querés que te de una mano? —dijo Mateo.

—Ay bueno, sí, ajá… por favor… —dijo Alma—, pero no me la vayas a meter.

Mateo tomó a su madre de la cintura y le dio la vuelta.

—Ah… ¿no? —dijo—. ¿Entonces qué querés que haga?

—No sé Mateo no sé… méteme los dedos, cómeme la concha… lo que te salga forro —dijo Alma bajando la tapa del váter y sentándose sobre ella—, pero no me la metas, que soy tu madre.

Mateo la volvió a tomar de la cintura y la tiró hacia él, dejando a Alma con la cabeza y la espalda reposando contra el tanque del inodoro y con las piernas hacia arriba.

Mateo se agachó y miró la concha de su vieja de cerca. El vello se le entrelazaba al medio formando una leve cresta. Le separó los pequeños labios con los pulgares y vislumbró su clítoris. El aroma que expedía la concha de su madre lo excitó como un animal. Le dio una lamida.

—Mmmm… —gimió Alma. Nunca había imaginado tener a su único hijo lamiendo su clítoris.

Mateo degustó por un breve momento el sabor que le había dejado en la lengua. La tenía húmeda y salada.

Alma sonrió.

—¿Qué pasa? —dijo ella esperando a que su hijo no se fuera a quejar del sabor, algo que en ocasiones había hecho su esposo. Quería que le comiera la concha—. ¿No te gusta como sabe tu madre?

Mateo la miró y luego le comenzó a comer toda la almeja sin quitarle la mirada de encima a los azules ojos de Alma.

—Eso, eso… mmmmm… —dijo Alma acariciándose las tetas.

Mateo deslizó su lengua del clítoris hacia abajo y se la metió en el coño.

—Ay… Mateo… mmmm… mmm… debes tener la chota redura en este momento —dijo Alma entre gemidos, había quedado obsesionada con la pija de su hijo y no alcanzaba a mirársela desde ese ángulo—, pero no me la vayas a meter.

Mateo comenzó a mover su cabeza revolviéndole la lengua en el coño a Alma mientras le rozaba el clítoris con la nariz.

—Ah… mmm… ah… —gimió ella.

Alma llevó su mano a la cabeza de su hijo, hundiendo sus dedos en su cabellera y sujetándolo.

—Ay sí boludo… que bien me come la concha —pensó Alma llevando su otra mano a su entrepierna, frotándose ella misma el coño.

Entre espasmos Alma comenzó a retorcerse e hizo un movimiento repetitivo con el que golpeaba el rostro a su hijo con su concha. Mateo tuvo que tomar a su madre de la cintura para frenar sus conchazos y fijarla en un solo sitio y así poder mantener su lengua hurgando y relamiendo su distinguido coño.

En ese momento se abrió la puerta, pero antes de que lo hiciera por completo Mateo asustado alcanzó a reaccionar extendiendo su pierna hacia atrás, golpeando la puerta en la parte de abajo con la punta de sus dedos, cerrándola nuevamente.

—Está ocupado —dijo Mateo con el rostro empapado de los fluidos de su madre, a la cual aún tenida cogida de la cintura.

—¡Ah! Disculpa —escucharon la voz de Manuel—. Uso el otro que va a empezar la prórroga.

Mateo se puso de pie y le pasó el cerrojo a la puerta.

—Casi nos cachan —dijo.

Al darse la vuelta Mateo vio a Alma vencida sobre el váter, su mirada pedía clemencia, sus tetas estaban desparramadas y con los pezones firmes, su abdomen era una sucesión de rollos de carne, el vello púbico humedecido al igual que toda la zona pélvica formaba una pronunciada cresta punk, y sus piernas levantadas dejaban sus nalgas separadas, permitiendo que la vista de Mateo accediera con facilidad a su rugoso ano.

—No me la vayas a meter —suplicó Alma mirando a la cara su hijo.

Mateo tenía su poronga dura, colmada totalmente de sangre, las venas se le marcaban en el tronco como nunca antes y la cabeza definía su forma de manera marcada. Era la mejor erección de su vida.

La petición de su madre no hacía sino triplicar las ganas que tenía de meterle toda la chota en la concha.

—Mateo, hijo, no me la vayas a mater —imploró Alma asustada. Sabía que lo que habían hecho hasta el momento no estaba del todo bien, pero a su forma de ver todo eso no era más que un juego; los roces, las mamadas, metidas de lengua e incluso el acto de ingerir el semen de su hijo oralmente o de que este ingiriera los fluidos de la concha de ella eran solo una travesura, cosas picaras que no se cuentan y que se queda entre familia, era u juego incestuoso y moralmente ambiguo, pero no era incesto, no lo era, como sus pajas a los pacientes tampoco habían sido infidelidad. Hasta que Mateo no la penetrara no había incesto ni engaño a su marido, por eso no quería que se la metiera, pero al ver la erección de su hijo sabía que habían cruzado la línea de no retorno.

Mateo puso sus manos sobre las piernas de Alma, sujetándolas y dejándolas hacia arriba.

—No, Mateo, hijo, no… —suplicaba Alma con un tono que mezclaba la desesperación con la excitación sexual—, no me la metas que es incesto.

—No vieja… —dijo Mateo—, esto es incesto hace rato.

—No, Mateo, no lo… Mmmmmm…. —rompió sus palabras con un gemido.

Mateo se la enterró en la concha. Se la empujó toda hacia adentro a su madre y en el rostro de ella se evidenció el gocé que le proporcionó, pasando de una expresión facial contraída como de quien piensa que va a recibir un golpe a una mordiéndose la punta inferior del labio, cerrando los ojos y subiendo las cejas tanto como le es posible.

—Ay… sí… mmmm… —gimió Alma que deliraba de placer. Casi a sus cincuenta años es que había conseguido sentir adentro una pija que no fuera la de Manuel. A causa de su trabajo, el cual le permitía ver miembros masculinos con cierta asiduidad, siempre se preguntaba cómo se sentiría ser garchada por una pija diferente, no tanto por el tamaño o la forma sino por probar con otro hombre, pero jamás se había atrevido, no era una mujer infiel y en realidad su esposo siempre la había atendido bastante bien.

—Ah… ah… —gimió Mateo sintiendo como su madre le estrujaba la chota—. Apretame, vieja, apretame.

Alma sentía como la dureza de su hijo la empalaba y tiraba contra su vientre. Mateo bombeaba a ritmo pausado, pero constante, deslizándole toda la pija en la concha. Luego posó sus manos sobre las tetas de su madre y se la comenzó a garchar con más fuerza, provocando que la tapa del inodoro se soltara y comenzara a resbalar de un lado a otro.

—Ah, ah, para, para —exclamó Alma asustada pensando que terminaría cayendo adentro del inodoro.

Mateó sonriendo pasó sus manos por cada lado de su madre y la levantó sujetándola de la espalda, dejándola ensartada en su pija, con los pies de ella enredados a su cintura. La abrazó fuerte contra sí y la besó en los labios mientras se giraba y la ponía contra la pared. Besar la boca de su madre lo ponía más que cualquier otra cosa, incluso más que sus ojos azules. Alma bajó sus pies, tocando el suelo. Mateo la tomó de la cintura mientras que su madre tensaba sus piernas y le acercaba la pelvis. Se la empujó así un par de veces.

—Ay… mmmm… sí… —gemió Alma—. ¿Y si nos vamos a un lugar más cómodo?

—¿A dónde? —dijo llevando sus manos a las nalgas de Alma.

—A mi pieza —dijo ella—. Tu padre está viendo el partido.

A Mateo se e iluminaron los ojos.

—Dale —dijo sacándosela.

Mateo recogió toda la ropa, incluso hasta la mojada que había dejado su madre. Alma abrió la puerta y se asomó por el pasillo.

—Apúrate —dijo Alma y salió rápidamente en dirección a su habitación. Mateo la siguió sigilosamente.

Alma entró a su pieza y sostuvo la puerta hasta que Mateo entró, luego la cerró y la aseguró. Mateo dejó caer la ropa al suelo y se encontró con su madre, se abrazaron y besaron como un par de enamorados, mientras lo hacían Mateo bajó sus manos nuevamente y le sujetó el orto a Alma, dejando que su pija tiesa golpeara contra su pelvis.

—Te gusta mi culo, eh —dijo Alma sonriendo.

Mateo sonrió.

—Ufff… ma… bueno… la verdad que sí —dijo apretándole las nalgas—. No me había fijado antes, pero tenes un buen orto.

—Bueno che, ¿me vas a coger? —dijo Alma—. Tampoco tenemos todo el día.

—Sí, sí, ponete —dijo Mateo soltándola.

Alma se tumbó sobre la cama.

—Cómo me queres —dijo Alma.

—Ponete en cuatro —dijo Mateo subiéndose a la cama.

Alma le alzó la cola a su hijo e inmediatamente sintió como este le sujetaba la cintura, después sintió como le deslizaba la pija entre sus nalgas, poniendo el tronco entre los dos cachetes y dejando la punta saliendo hacia afuera. Así comenzó a frotársela.

—Mateo, deja de jugar y métemela anda —suplicó Alma.

—Un momento vieja, espérate un momento —dijo Mateo—. Déjame disfrutar un poco de estos cachetes que tenés. ¿Qué pasó con lo de que si te la metía era incesto?

—Bueno, hace lo que quieras —dijo Alma quedándose quieta con resignación mientras su hijo usaba su culo como si fuera una objeto.

Mateo punzó la punta de su pija con el pulgar hasta llevarla a la entrada de la concha de su madre. Ahí se la metió.

—Oh… oh… —gimió Alma al sentir a su hijo penetrándola otra vez.

—Vieja... decime algo —dijo Mateo tomándola de la cintura—. ¿Tenés alguna fantasía sin cumplir?

—¿Una fantasía? —respondió Alma desconcertada mientras seguía concentrada en la sensaciones que le generaban los golpes de la chota de Mateo en su cajeta—. No… ninguna…

—Que lastima —pensó Mateo.

El joven preguntó eso con el deseo de que ella le confesara que quería probar con el sexo anal, para así él poder hacerle el orto también a su vieja aprovechando la ocasión.

—Bueno… —dijo Alma—. Me gusta el sesenta y nueve, pero lo hago muy poco con tu padre.

—¡Me sirve! —pensó Mateo. Le gustaba divertirse en la cama, probar diferentes posiciones y meterla por todos lados—. Dale vamos a hacerlo —dijo.

Se la sacó a su madre y se acostó a su lado. Alma solo se dio la vuelta y se subió sobre su hijo.

—Sentate en mi cara que te voy a comer el orto —dijo Mateo.

—Bueno… si vos lo pedís —pensó Alma y con una sonrisa en el rostro le aplastó la cara a su hijo con el culo. Hundiendo el colchón. Luego miró al frente y vio la pija dura de Mateo. Se la sujetó y comenzó a masturbarlo.

Alma estaba por llegar al orgasmo, podía sentir en su ano la respiración de Mateo mientras que este alcanzaba a darle unos lengüetazos erráticos a su coño.

—Que rico, che… Mmmmm… esto no me lo hace así su padre —pensó Alma. Su hijo le ponía más esmero que su esposo. Además el morbo de estar aplastándole la cara a su propio hijo con el orto era inmenso.

Alma lo masturbaba mientras él le seguía lamiendo. Mateo se ahogaba con el orto de su madre mientras ella jalaba y jalaba su chota.

—Aaaah… aaah… —exclamó Alma.

—Mmmm… Ammm… —exclamó Mateo.

Un fuerte chorro salió disparado de la punta de la pija de Mateo al mismo tiempo que Alma le llenaba la boca y toda la cara de los fluidos.

Finalmente Alma quitó su culo de encima de él y se acostó a su lado.

—Ma… —dijo Mateo—. Cómo llegamos a esto.

—No sé —respondió.

—Estuvo bueno —dijo Mateo tras tomar un bocado de aire.

—Seee —dijo Alma—. ¿Vos garchas siempre así con Valentina?

—Sí, todo el tiempo —dijo Mateo viniéndose arriba al ver a su madre satisfecha; no le iba a admitir otra cosa.

—Ah… —exclamó Alma mirando hacia otro lado.

—Pero vos estás mejor —dijo Mateo agitándole una teta.

Alma sonrió.

—Tenes un olor a orto… —le dijo Alma sonriendo.

—Al tuyo —dijo Mateo sonriendo—, pero ya me inmunicé a ese olor.

—Jaja —rió Alma—. Bueno, eso tenes por pedirme que me sentara en tu cara.

—Nah… estuvo bueno —dijo Mateo—. Encima me quedó un sabor a concha en la boca delicioso.

—Jaja —rió Alma.

—Vamos a darnos un ducha —dijo Mateo levantándose.

—Ay sí —dijo Alma—. Pero en el baño de acá de la pieza... y rápido porque ya nos pasamos de tiempo.

Ambos se metieron bajo la ducha. Alma tomó el jabón.

—¿Te acordás cuando te duchaba de niño? —dijo Alma.

—Sí —dijo Mateo recordando y sonriendo—. Lo hacía con vos. Recuerdo que me lavabas la chota por eso de que no fuera a tener fimosis.

Alma sonrió.

—Vení —dijo Alma y comenzó a enjabonarle la pija a Mateo—. Lo hacía porque a vos no te gustaba lavartela bien.

—En ese entonces no sentía nada —dijo Mateo—, ahora se siente mejor.

Sonrieron. Luego se dieron un beso.

—Che vieja parecemos una pareja —dijo Mateo.

—Lo somos —dijo Alma—. Una pareja madre e hijo.

—¿Madre e hijo que garchan? —dijo Mateo sonriendo.

Alma contuvo un poco la sonrisa, se le ruborizó el rostro y luego sonrió.

Mateo sonrió y luego la volvió a besar.

—Deja que te ayude a vos también —dijo Mateo tomando el jabón y pasándolo sobre el vello púbico de su madre. Frotándolo lentamente.

—Ya… para que me calentas de nuevo —dijo Alma.

—Eso quiero —dijo Mateo dejando caer el jabón al suelo y luego metiéndole dos dedos en el coño, atrapándolo.

—Mmmmm… —gimió Alma.

Mateo tiró con esos dedos fuertemente, haciendo presión en la parte interna de la concha de Alma y como podía frotaba el clítoris con su pulgar.

—Tenes una concha divina —dijo Mateo—. Lubrica bien, huele bien, sabe bien… aprieta bien.

—Oh… ah… —gimió Alma buscando atrapar un bocado de aire con la boca.

La química con Mateo era innegable, le recordaba a lo que había tenido con Manuel en su juventud. Tuvo un intenso orgasmo y las piernas le comenzaron a temblar. Sujetó a su hijo del hombro y del brazo para evitar resbalar.

—Oh… oh… oh… —gimió Alma—. Che, no más, para —dijo.

Mateo le sacó la mano del coño. La pija se le había puesto dura otra vez. La miró a los ojos pidiéndole con la mirada que le hiciera el favor de vuelta.

Alma bajó la vista y cuando vio que Mateo la tenía dura se inmediatamente se agachó y de un bocado se la metió en la boca. Enterró sus dedos en las nalgas de su hijo mientras se la metía hasta la garganta.

Glaggggg…. Glagggg… glagggg… glaggg… glaggg….

—Aaaah… aaah… —gimió Mateo y acabó en la boca de su madre por segunda vez.

Alma se la sacó de la boca tragando un poco y escupiendo otro poco.

—Bueno ya está, no más —dijo Alma—. No más por ahora —acotó.

Ambos salieron de la ducha. Se estaban secando con la toalla en la habitación. Mateo sentando en la cama y Alma de pie.

Cuando Alma cogió del suelo la bombacha que Mateo había escogido para ella este la detuvo haciéndole un gesto con la mano.

—Ponete esa que tenes allá —dijo Mateo secándose el cabello con la toalla.

—¿Cuál? —dijo Alma.

—El hilo pequeño que tenes en la gaveta —dijo Mateo—. A ver cómo se te ve el orto con esa tira de hilo entre los cachetes. Tengo curiosidad.

—Mateooo —exclamó Alma sonriendo—, como te atreves a decirme eso. Soy tu madre.

—Ay sí vieja, dale anda —pensó Mateo—. Sabes que queres complacerme. No te hagas de rogar.

—Me lo voy a poner —dijo Alma cogiéndolo de la gaveta—, pero no me vayas a perder el respeto. Que aún soy tu madre, eh. El sexo es una cosa y que me veas como una puta es otra.

Alma se puso el microhilo, caminó hasta quedar frente a Mateo y sujetándose la cintura se puso después de perfil y le sacó un poco la cola.

—Acá lo tenes —dijo Alma.

Un hilo de un color amarillo fluorescente pasaba entre sus cachetes y subía hasta casi llegar a la parte baja de la espalda.

—Mi viejo se debe poner como loco cuando te ve usando eso —dijo Mateo.

—Me garcha —dijo Alma—. Si tu padre me ve con esta facha en la que vos me ves ahora me la pone toda.

—Puedo imaginarlo —dijo Mateo—. Si vos fueras mi mujer… —dijo inclinándose hacia adelante y tomando a su madre de las caderas atrayéndola hacia él—. Si valentina estuviera así de buena... si tuviera un orto así como el tuyo…

—Qué… —dijo Alma haciendo un gesto desafiante levantando el mentón.

Mateo tenía las tetas de su madre frente a la cara.

—La parto… —dijo Mateo—, la parto por la mitad. Le rompo el orto.

Alma se había calentado de nuevo. ¿Qué era esto?, ¿Qué era todo este juego morboso con su hijo que la había hecho olvidarse de todo lo demás y la calentaba tanto?

—Rómpemelo a mí —dijo Alma.

Mateo tiró de la cadera de Alma con fuerza, tumbándola sobre la cama en el mismo movimiento con el que él se ponía de pie y luego metió su cara entre los cachetes del orto, oliendo primero y después lamiendo sobre el ano, moviendo de lado a lado el hilo de tela como si fuera la cuerda de una guitarra. Si su señora madre le iba a entregar el ojete sin ponerle trabas ni hacerle pasar por trámites lo mínimo era darle una buena chupada en el nudo del globo.

—Mmmm… mmmm… —gemía Alma estirando sus manos hacia atrás intentando cogerle la cabeza a Mateo.

—Mira como te encanta comer orto a vos…. Mmmm… ah… —gimió Alma—. Lo haces muy bien.

Mateo sacó su cara de las nalgas de su madre por un momento, respiró y luego le separó los cachetes y el hilo dejando expuesto el aguajero.

—¿Lo hago? —pensó. Estaba dudando. Solo había lamido culos, pero jamás se había atrevido a ir más allá.

Alma miró hacia atrás tratando de comprender qué pasaba. No entendía por qué Mateo había parado de comerle el orto.

—Sí, ya fue… —pensó Mateo—, es mi mamá.

Mateo abrió la boca como si se fuera a comer un choripán de un bocado, pero le comió fue el ano a su madre, metiéndole la lengua hacia adentro.

—Mmmmm… ah… —gimió Alma. Jamás le habían follado el culo con la lengua.

Mateo sintió el impulso de sacarla inmediatamente, pero se aguantó al ver que lo que había hecho volvía loca a Alma. Le apretó cada nalga con una mano y comenzó a mover su cabeza hacia atrás y luego hacia adelante, picoteándole el ano con la punta de la lengua, la cual no salía nunca del todo.

La perilla de la puerta giró de un lado al otro topándose con el seguro. Los dos voltearon hacia la puerta asustados, Alma acostada y Mateo con la lengua metida en el orto de su vieja.

—Alma —llamó a la puerta Manuel.

Ella sabía que no era costumbre de ninguno en la casa cerrar la puerta con seguro.

—¿Qué hacemos? —dijo Mateo retirando la cara del orto de Alma.

—Metete debajo de la cama —dijo Alma—. Y disfruta de lo que vas a escuchar.

Mateo miró a su madre. ¿Qué era lo que acababa de decir? No había tiempo, se metió debajo de la cama sin saber muy bien que planeaba su madre, lo hizo llevando sus prendas consigo. Alma se quitó el hilo rápidamente, lo metió en la gaveta, tomó un lubricante y un consolador que tenía oculto en el bolsillo de un abrigo que se encontraba en el armario. Los dejó sobre la cama y le abrió la puerta a su marido.

—¿Qué haces? —dijo Manuel. Parecía molesto—, ¿por qué cerras la puerta con seguro y qué haces en bolas?

—¿Término el partido? —dijo Alma.

—Si —respondió Manuel—. Jugaron como el orto.

—Bueno… —respondió Alma—. Eso está bien… porque tengo un rato acá preparándome para algo especial.

Manuel vio el objeto y el lubricante sobre la cama y estado de ánimo cambió inmediatamente.

—Estoy lista —dijo Alma quintándole el cinturón a su esposo.

—¿Lista, lista? —dijo Manuel.

—Sí —respondió ella—. Solo me hace falta tu pija.

Le bajó los pantalones a su esposo y le comenzó a comer la poronga. La tenía flácida todavía.

—MmmmMMMmmm… —gimió Manuel. Había tenido amantes, pero su esposa era su esposa, ninguna de las otras se la sabía chupar como ella.

La pija de Manuel se engrosó en la boca de Alma.

—Se la está mamando —pensó Mateo viendo que su padre tenía el pantalón en los tobillos y que su madre estaba de rodillas.

Alma se sacó la pija de su marido de la boca y la miró con cuidado, comparándola mentalmente con la de Mateo.

—Son muy parecidas —pensó Alma—. La de Manuel es ligeramente más larga y la de Mateo un poco más gruesa, pero las dos son perfectas. Como me gustaría chupar las dos a la vez. Ufff… que bueno estaría —pensó volviendo a meterse en la boca la chota de su esposo—. Estoy hecha toda una zorra, pero como me gustaría que mis dos hombres me la metieran al mismo tiempo; Mateo por la concha y Manuel por el orto o como ellos prefieran, me da igual. En este punto ya no me importa dejar que mi hijo me la meta en el orto, se lo había ofrecido antes de que llegara Manuel. Ahora mismo debe estar escuchando como se la chupo a su padre y en breve también va a escuchar como este me la clava en el ojete que él mismo estuvo estimulando con la lengua. Ufff… como me la metía. Tener la lengua de mi hijo Mateo metida en el orto ha sido una de las mejores experiencias de mi vida; sin dudas la más morbosa.

—Ya está, ya está —dijo Manuel—. Ya la tengo bien dura. Ponete sobre la cama.

Sggggggg… Alma se sacó la pija de su esposo de la boca. La dejó completamente ensalivada. Luego se puso de pie, dio dos pasos hacia la cama y se tiró sobre la misma dejando sus piernas extendidas por afuera del colchón.

—¡Le va hacer el orto, le va hacer el orto! —pensó Mateo—. Mi viejo le va a romper el culo a mi vieja en mi presencia.

Manuel se puso atrás de Alma.

—Acércame el lubricante, por favor —dijo Manuel mirándole la cola a su mujer. Que buen orto tenía, por dios… No se cansaba de él, nunca lo haría.

Alma le pasó el frasco de lubricante. Luego sintió como su marido se lo untaba en el ano usando dos de sus gruesos dedos.

—Mmmmm… —gimió al sentir que Manuel la penetró con la punta de uno de sus dedos. Lo hizo para aplicarle lubricante a la entrada.

—Lo pibes jugaron mal hoy —dijo Manuel aplicándose también un poco de lubricante en la poronga—. Voy a requerir que me disculpes si soy un poco más agresivo que de costumbre, cariño; es que estoy algo tenso.

Eso significaba que le iba a doler.

—No te preocupes —dijo Alma. Quería que Mateo escuchara eso—. Rómpeme el orto.

Manuel sonrió al escuchar a su mujer con tanta iniciativa. Siempre había sido una mujer liberal en la cama, ella nunca se había negado a probar las diversas prácticas que él sugería y por ese motivo a él tampoco le había pesado emocionalmente ser el sostén económico de la casa. Sin embargo, jamás había demostrado tanta iniciativa como ahora. A su mujer algo le pasaba, pero no era el momento de averiguarlo sino de disfrutarlo.

—¿Te pasó algo hoy? —dijo Manuel usando un tono calmado mientras ponía su miembro en entrada del ano de su mujer—. Te ves más atractiva que de costumbre.

Manuel también reconocía que su mujer estaba especialmente deslumbrante. Había algo en ella que irradiaba sexualidad.

—Ay… mmmm… ¿en serio? —exclamó y gimió Alma—... no sé, no sé, me siento muy bien.

Manuel comenzó a hundirle la pija en el ojete. Alma sintió como la poronga de su esposo se abría paso ensanchándole el conducto entre sus glúteos. No se había hecho enema, la lamida de orto que le había dado su hijo Mateo con metida de lengua incluida y el lubricante anal con benzocaína eran sus únicas preparaciones.

—Ufff… sí… métemela toda —exclamó Alma.

Manuel la tomó de la cadera con ambas manos y se la empujó a su mujer hasta el fondo.

—Che, qué le pasa a mi mujer —pensó Manuel—. Es raro cuando me entrega el rosquete, encima no lo hace si yo no se lo pido primero, pero hoy se preparó sola y me lo ofreció. Mira qué bárbaro, no me la creo. Seguro habló con alguna amiga a la que le hicieron el orto de muy buena manera y le entraron ganas, no sé, alguna explicación tiene que haber.

Alma se mordía el labio inferior con cada centímetro que ganaba la poronga de su esposo en su ano. Al mismo tiempo caía en cuenta de que Manuel estaba disfrutando de su culo acosta de Mateo. La situación entre los dos se había dado vuelta. Encima estaba humillando su pobre hijo al dejarlo debajo de la cama escuchando. Esperaba que no se ofendiera. Tenía que recompensárselo; por eso intentaba decir cosas y gemir para que este escuchara y así pudieran tener esa complicidad con lo que estaba ocurriendo, para hacerle saber que solo le estaba entregando el culo a su padre por compromiso y para que no los descubrieran, dejarle claro que lamentaba que le hubiesen robado la oportunidad de esa cogida de culo tan especial, pero habrían más… habrían más oportunidades, otras ocasiones en el futuro en las que podría ofrecerle el orto otra vez para que se lo lamiera y lo usara, pero por ahora debía esperar, debía conformarse con escuchar como su padre lo tomaba creyendo que aún era el dueño absoluto de su culo.

Manuel disfrutaba del orto de su mujer como nunca lo había hecho; se encontraba bien dilatado y Alma gemía en lugar de quejarse.

—Rómpemelo Manuel, rómpemelo —exclamó Alma para que escuchara Mateo.

Manuel comenzó a empujar con fuerza, estaba apretado. Tomó más lubricante e iba aplicando de forma excesiva con cada sacada y metida hasta que fue deslizando mejor.

—Ya está, ya está —pensó Manuel—, ya está cediendo. Alma tiene el orto igual que su madre.

Manuel nunca estuvo ni siquiera cerca de tener intimidad con su suegra, pero siempre le había admirado el orto. Durante su noviazgo con Alma, cuando apenas comenzaron a salir, jugaba con la idea de que con los años a Alma iba a lucir igual o similar a como su suegra lucía, especialmente en la forma del orto, y así fue. Era un hombre satisfecho con la vida.

Comenzó a castigar el hoyo de su mujer como solo lo había visto en el porno. Alma tenía ganas de eso, en esta ocasión le apetecía dejarse lastimar el orto. Capaz y esa era su forma de expiar la culpa que sentía por haberle sido infiel a Manuel… o al contrario, tal vez su hijo la había dejado tan caliente que quería que todo lo que estaba pasando trascendiera de alguna forma física, así al día siguiente cuando despertase el dolor le recordara que todo lo que había pasado no lo había soñado, que había sido real, que su hijo la había empotrado en el baño, que se la había mamado, que aunque su esposo había sido el que terminó el trabajo, había sido su muchacho el que le había comido el culo y le había metido la lengua. Todo eso la ponía muy burra, su concha se comenzó a contraer, apretando y soltando, expulsando un poco del semen de Mateo en el proceso. Manuel estaba muy ocupado destrozándole el orto como para darse cuenta.

—Ah… ah… ah… ah… —gimió Manuel.

La cama se movía mucho. Mateo comenzó a pensar que a su padre se le había pasado la mano; iba a dejarle a su madre hecha trizas, se había tomado lo de romperle el orto de forma literal.

Manuel expulsó todo en un torrente eyaculatorio que dejó harto el ano de Alma.

—Aaaaaaaaah… —exhaló. Luego le dio un beso en la parte alta de la espalda a su mujer, le sacó la poronga del orto y se tumbó en la cama. No checó que Alma estaba chorreando semen de los dos orificios.

Alma se apoyó en el colchón con sus manos y se puso lentamente de pie. Mateo miró como una gota de semen cayó en el suelo; su madre estaba chorreando semen como una puta. Imaginó que era de su padre, pero en realidad pudo haber sido de cualquiera de los dos.

La habitación quedó en silencio un rato.

—¿Se durmieron? —pensó Mateo—. Valentina debe estar afuera preguntándose qué mierda nos hicimos todos.

La cama sonó al perder peso. Su padre se había levantado.

—Alma vamos a comer —dijo Manuel—. Los muchachos nos deben estar esperando afuera.

—Sí, sí —pensó Mateo—. Dale, muévanse, carajo.

—Me duele ojete —dijo Alma.

—Vamos mujer —dijo Manuel dándole una palmada en las nalgas—. No fue para tanto.

Alma se sentó en la cama.

—Bueno… —dijo levantando los hombros.

Alma se puso de pie, luego ella y su esposo comenzaron a limpiarse y a vestirse entrando y saliendo de baño y caminando por toda la pieza.

—¿Qué le voy a decir a Valentina ahora? —pensó Mateo. No se le ocurría ninguna excusa.

No tenía mensajes de Valentina. Mateo puso su celular en silencio por si lo llegaban a llamar en ese momento. Se le había olvidado por completo que lo tenía encima mientras que su padre se culeaba a su madre, ¡menos mal que no sonó!

Zasss… a Mateo le golpeó en la cara un pedazo de tela. Lo tomó y lo vio; era el hilo fluorescente de su madre. Alma se lo había arrojado sin que su esposo lo notara. Mateo lo olió.

—Ufff.. que rico —pensó Mateo. Olía al orto y a la concha de su vieja.

Alma y Manuel salieron de la habitación. Mateo le escribió un mensaje a su madre.

—Decime cuando pueda salir —le puso—. No sea que Valentina esté en mi pieza.

—Salí tranquilo de la pieza —le respondió Alma—, pero la nena está acá con nosotros en el comedor. Acaba de terminar la cena. Se está preguntando qué te hiciste vos, dijo que no te vio salir de la casa, pero que te buscó en todos lados y no te encontró. Vas a tener que salir y volver a entrar.

Mateo se vistió, guardó el hilo que le arrojó su madre en el bolsillo y salió de la pieza de sus padres. Iba a tener que salir por la puerta trasera sin ser visto, pero para eso tenía que pasar por el comedor; se estaba preguntando cómo le iba hacer, solo podría hacerlo con ayuda de su madre.

—¡Ya sé! —pensó Mateo. Se le ocurrió una idea.

Sacó su móvil y pidió helado.

—Pedí algo —le escribió a su madre—. Deja que sea mi viejo el que lo reciba y distrae a Valentina.

—Ok —le respondió Alma.

Listo, ahora solo tenía que esperar a que apareciera el repartidor. Esperó alrededor de media hora. Valentina le escribió y también intentó llamarle, pero Mateo no miró los mensajes ni atendió las llamadas. Cuando el repartido llegó Alma le pidió a su esposo que saliera, Valentina también fue a mirar desde la puerta pensando que podía tratarse de Mateo. En ese momento Alma volteó hacia el pasillo y vio a Mateo directo a la cara.

—¡Dale! —le dijo con los ojos.

Rápidamente Mateo atravesó el comedor en dirección a la puerta trasera.

—Helado —dijo Manuel regresando de nuevo al interior de la casa.

—¿Me vieron? —le escribió Mateo estando la parte trasera de la casa.

—No, no creo —respondió Alma.

Mateo le dio la vuelta a la casa y entró. Tuvo que enfrentar preguntas, se excusó diciendo que había ido por helado, pero que cómo no encontró de maní se le ocurrió luego encargar uno, que no sabía por qué no lo pensó antes y que en el camino se encontró a un viejo amigo del colegio al que tenía años sin ver y con el cual comenzó a charlar y que ni chance de mirar el celular le dio.

Alma sonreía con cada explicación de Mateo. En realidad le sorprendió la naturalidad con la que su hijo estaba mintiendo; era una habilidad que les iba a servir de mucho de ahora en adelante.
 
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