Presentándome a su Depravada Familia

heranlu

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Mi nombre es Greta, que en sueco significa “perla”, y acompaño a mi novio Alberto a casa de sus padres para celebrar la Nochebuena. Aún no los conozco y supongo que al ser mi primera vez, seré la atracción de la noche.

Alberto, mi novio, me dijo que a la cena asistirían Margarita, su hermana y su esposo Ramón. Los dos hermanos de Alberto, que es trillizo de Julián y Oscar que vendría con su novia Andrea y los padres de Alberto por supuesto estarían detrás de la puerta esperando a que sonara el timbre.

No te he dicho que soy rubia, con el pelo largo a media espalda, pero no soy tonta, mido 1.80 cm, peso 62 kg, uso una 110 copa grande y culo proporcionado. Mi madre es sueca y mi padre andaluz. Buena mezcla. Soy creadora de contenidos.

Alberto es alto como yo. Bronceado de piel y pelo ondulado oscuro. Le gusta llevarlo corto. Vamos al gimnasio tres veces a la semana y corremos una hora al día. Mi novio es sicólogo.

En las presentaciones noté envidias y deseo. Llevaba un vestido azul oscuro con estampado discreto de galaxias. Escote palabra de honor y cinco dedos por encima de la rodilla. Nada exagerado, pero al sentarme acortaba desmesuradamente el largo. Tenía que poner algo sobre las piernas si no quería que me viesen el triángulo del tanga negro.

Me probé tres vestidos para que Alberto escogiera el que creyera más apropiado para conocer a su familia.

-Ponte el del firmamento. Es serio pero tiene algo de picante – dijo cuando desabrochó la cremallera de la espalda.

En el aperitivo, sentados en los sofás y butacas del gran salón del chalet de los Urdazi, todas las miradas recaían en mi tanga. Julián el trillizo menor, desde el momento en que me senté en la butaca se sentó un puf delante de mí para tener la mejor localidad. Embobado pasó la velada esperando el momento que tardé en ofrecerle. Cansada de tapar con la servilleta, el bolso y todo lo que pillaba para que no me vieran el triángulo, pasé de todo y de todos. Levanté la servilleta y separé las piernas perdiendo el pudor que hasta aquel momento me oprimía.

Julián carraspeó y su padre ladeó el cuerpo para tener mejor campo de visión. Mi novio me sonrió con la mirada.

En una de las pocas ocasiones que pude acercarme a mi novio, ya que su madre lo tenía secuestrado, le pregunté si era normal que su familia bebiera tanto antes de cenar. Volvió a sonreír.

Julián se acercó y me dio conversación. Le descubrí un sentido del humor verde impropio para su edad. No es que prestara demasiada atención a sus palabras, me fijaba más en sus manos que no dejaban se deslizarse por mis caderas y en ocasiones me aprisionaban la nalgas. Miré al alrededor y nadie le llamaba la atención aunque todos veían cómo me tocaba el culo.

-¡Julián! Deja en paz a Greta. Aún no sabe lo del juego – dijo el señor Urdazi.

¿Juego? ¿De qué juego habla? No entendí nada hasta que Alberto me tomó de una mano y me condujo al jardín para decirme:

-Tenemos una tradición familiar que viene de muy antiguo. Es una tontería pero tiene su gracia - comenzó diciendo mi novio. –En una caja especial, diseñada para esta noche, cada mujer que asistente a la cena de Nochebuena introduce una papeleta con su nombre. Se remueve la caja y se extrae una papeleta. A quien pertenezca la papeleta se tendrá que poner el vestido de Santa Claus. Lo llevará toda la velada, y a media noche entregará los regalos a los presentes.

Le miré con cara de, “vaya chorrada”, pero supongo que se reirán un montón de la que se tenga que poner las barbas y el barrigón.

Entramos en la casa. Hacía mucho frio en el exterior. Estaban más bebidos que cuando les dejamos cinco minutos antes. Las dos fotocopias de mi novio bailaban con la novia de uno de ellos. La hermana se daban el lote con su marido y la madre y el padre bailaban fuera de ritmo.

La mesa del gran comedor ya estaba dispuesta y el señor Urdaci hizo sonar el vaso de escocés con una cucharilla anunciando el momento en que las féminas debían de escribir su nombre en las tarjetas dispuestas sobre una mesita de centro.

Julián, cómo no, era el encargado de acercar la caja especial, que era una simple caja de zapatos pintada de verde con topos rojos. -Que glamur, por dios – pensé en voz alta.

Sobre la mesa descansaban las cuatro tarjetas con los nombres

Margarita, Andrea, Greta y Eva.

La mano inocente de Julián las puso en la caja, la cerró, le dio unas vueltas en todas direcciones para comprobar que se mezclaban y cuando su padre le dijo que ya era suficiente, paró. Levantó una esquina de la tapa e introdujo dos dedos. Hizo demasiado largo el misterio.

-Mostró la tarjeta con el nombre de… GRETA rubricado con mi garabato. Querían que creyera que no hubo trampa, aunque sí cartón.

Aplausos, abrazos, felicitaciones, todos me besaron, estrujaron y más cosas.

Las mujeres de la casa me subieron al piso superior para convertirme en Santa Claus.

Bajé las escaleras mirando las caras de salidos que ponían los hombres de la casa. Las mujeres, mientras me vestían, me pusieron al corriente de lo que me esperaba. No tenían muy claro si les seguiría el juego o me achantaría ante semejante bajeza. Tenían las esperanzas puestas en mí, de lo contrario Santa Claus, aquella noche sería un fiasco.

Mientras bajaba escalón a escalón, despacio, levantándome la súper minifalda como para no pisarla, desde abajo centraban la mirada en si llevaba o no ropa interior.

-No. No lleva – dijo la madre de mi novio.

-Tampoco lleva sujetador – añadió Eva, mi futura cuñada.

En mi descanso observé al personal. El padre de mi novio, un seños sesentón, de barriga y poco agraciado. Su mujer, mi futura suegra era mona de cara, pechos grandes con los que a poco me ahogo entre ellos momentos antes. Pelo oscuro de peluquería y más baja que su esposo.

A Vicente y Oscar no los describo porque son la puta fotocopia de mi novio. Me pone cachonda pensar en montármelo con los trillizos a la vez.

Ramón parece el típico contable. Serio, poco hablador y pendiente en todo momento de su mujer.

Las chicas están mejor que ellos. Eva, la hermana de Alberto, es alta como nosotros, El pelo castaño ondulado le sobrepasa los hombros. Tiene menos pecho que yo pero más duro. Lo sé porque en la ducha se los comí bien comidos. Los pezones parecen garbanzos sobre las grandes areolas. Un espectáculo. El coño bien arreglado da gusto lamerlo.

Llegué a la planta y uno a uno se presentó a Santa. Mi futuro suegro fue el primero. Dos besos castos y un abrazo constrictor. A poco me estallan las tetas. El siguiente fue Julián. Era de esperar que no se comformaría con lo de su padre. Me metió la lengua hasta la campanilla mientras rebuscaba entre mis labios vaginales. Las mujeres me advirtieron de ello. Ramón fue el más casto. Un tímido pico en los labios guardando las distancias. Mi novio le increpó diciéndole – Si eres tan memo no te va a dejar regalos esta noche – le agarró de un brazo y lo atrajo a mí para que yo le diera un súper morreo mientras Alberto le metía las manos debajo de mi minifalda para que me tocara todo lo que me hubiese gustado que me tocara. Un aprobado justo.

Oscar se acercó con la mirada puesta en mis pechos. Al llegar a ellos, de un tirón me bajó el corsé rojo con reborde blanco para que saltaran mis dos preciosas tetas.

-¡OH! Sonó en la sala.

Mis areolas con personalidad, los pezones erectos desde que las mujeres jugaron con ellos en la habitación. Oscar se explayó en caricias y lametones. Para finalizar su presentación me besó con lengua.

Le tocó el turno a mi novio Alberto. Se acercó sonriendo y me besó. Sin demasiado frenesí pero susurró – ¿Te han dicho las mujeres que el único regalo de esta noche, para todos, eres tú?

-¿En un año que llevamos de novios no has tenido tiempo de contarme esta barbaridad?

-¿Hubieras aceptado venir a cenar? – preguntó.

- Cuando arriba me han dicho que me van a follar todos los miembros de tu familia, podía haber marchado. Sé que te hará feliz ver cómo me follan tus hermanos, tu padre, tu cuñado, tu madre, tu hermana y tu cuñada. Por eso no me he ido y estoy aquí, entre tus brazos. Quiero que seas feliz.

No. No me lo dijeron pero ya te he dicho al comienzo de la historia que soy rubia pero no tonta. ¿Tú te imaginabas que yo sería el regalo de la Nochebuena? Pues imagínate yo, que me suben las mujeres de la casa a la habitación, me despelotan, se meten conmigo en la ducha, me duchan, me secan, me magrean, me meten los dedos por todos los agujeros, las lenguas en la boca, en el coño, se sientan en mi cara para que se los coma y todo lo que le hacen cuatro mujeres a una desamparada rubia.

Creo que pasaré muchas noches buenas con esta familia.

Ellas ya se habían presentado a Santa en la cama de matrimonio pero los morreos en la presentación en el salón no se los ahorraron.

Yo me pregunto qué se debe sentir cuando le toca hacer de Santa Claus a la señora madre de familia.

Me sentaron entre los hermanos de mi novio. Eran los hermanos mancos. A Oscar le desapareció el brazo derecho y a Julián el izquierdo. Se desarrollaban verdaderas batallas dactilares en mi entrepierna. Todos los dedos entraban y salían sin orden. El chapoteo acompañaba el sonido de sorber la sopa.

Mi novio, que estaba sentado entre su hermana Margarita y su Andrea, la novia de Oscar, aratos también parecía manco y sin disimulo. Al subir la mano a la mesa, se relamía los dedos tanto si los jugos eran de su cuñada como si eran de su hermana.

La gran mesa permitía sentarse tres en cada lado. Dos de ellos ya te los he descrito y el tercero lo ocupaban en el centro mi futura suegra, a su derecha su marido Amadeo y a su izquierda su yerno Ramón. La señora de la casa era honrada con el placer de los dedos de sus vecinos de mesa.

La cena fue ligera y veloz. Me quedé con hambre pero supuse que me pasaría toda la noche ingiriendo nutrientes de índoles diversas.

Las copas y demás substancias se tomarían en el estudio donde se habilitó una cama redonda, enorme y de la altura adecuada para el fin que se busca.

Me hicieron pasar delate para verme de espaldas. Les di lo que querían. Contoneo de caderas y a cada dos pasos un stop y levantamiento de falda con culo respingón.

De nuevo un ¡OH!, y algún aplauso de mi novio.

Amadeo, mi futuro suegro, me ayudó a subir a la cama dejándome a cuatro y con la falda doblada hasta la cintura. Mis nalgas relucían en la penumbra de las velas. Amadeo se puso de rodillas frente a mí. Se sacó el miembro y me lo entregó. Acerqué mi boca y lo lamí mirando fijamente a mi novio que se encontraba al lado de su padre.

Comencé a lamer y chupar la polla de Amadeo, el padre de mi novio, hasta que creció en tamaño, grosor y dureza. Ahora la podía comer como a mí me gusta, sintiéndola en mi boca y deslizando la lengua por ella.

Julián se dedicó a lubricar mi ya encharcado coño con una mano. La otra la tenía dentro de su hermana Eva. Nos follaba con las manos a las dos a la vez.

Ramón, ya desnudo, indicó a Andrea, su futura cuñada, que se la chupara. Mientras se la ponía en la boca, Margarita, la señora de la casa, se tumbaba debajo de Andrea para saborear los jugos de su coño. Oscar al ver a su madre comiéndose a su novia, metió la cabeza entre las piernas de su madre para romperle el clítoris a lengüetazos. La orgía continuó en todas las variaciones imaginables.

A la voz del señor Urdaci, se deshizo la figura que estábamos formando todos contra todos.

Oscar barajó un grupo de nueve cartas formando un abanico para que cogiéramos una cata cada uno.

Sabían que, como en cada Nochebuena, ahora tocaba el uno a uno. Se encendieron varias luces para que se viera con detalle lo que sucediera en aquella cama redonda.

La carta con el número uno correspondió al padre se tumbó sobre la cama. El número dos lo tenía su hija que le montó en postura de misionero. Transcurridos unos minutos, la hija fue evolucionando sobre su padre pasando por todas las posturas posibles con él tumbado. Se folló a su hija por todos los lados a ojos de su esposa y del marido de la hija. Todos, a escasos centímetros de los cuerpos, no perdíamos detalle de la maestría conque la hija se follaba a su padre.

En los cambios de postura ella se la limpiaba con la lengua mostrándonos cómo jugaba con los hilos de flujo que estaban pegados a la polla de su padre.

Llevaba diez minutos saltando sobre la polla de Amadeo y ya me estaba cansando del espectáculo. Mi novio notó mi cara de aburrimiento y al entregarme una copa me preguntó -¿Qué número te ha tocado?

-El tres – respondí.

– Ahora tendrás que ayudar a mi hermana. Mi padre se correrá en vuestra boca. Luego te quedas ahí arriba que te toca a ti con Andrea, la novia de mi hermano, que he visto que tiene el cuatro.

Mi futuro suegro no se corría. Se la comíamos a la vez su hija y su futura nuera. Para animarlo, nos besábamos, chupábamos las lenguas. Nos lamíamos los pechos, mordíamos los pezones mientras se la meneábamos a dos manos. Su hija le escupía en el capullo y yo lamía el escupitajo. Nos pasábamos babas la una a la otra hasta que por fin comenzó a tener espasmos de corrida. Me la metí en la boca y seguí succionando hasta que exploto. Su hija me la quitó de la boca y siguió mamándosela. Me acerqué a la cara de mi futuro suegro, le indiqué que abriera la boca, le escupí la leche que no terminé de tragar y me lo morreé como lo hago con su hijo cuando también le paso su leche. Me gustó que le gustara.

Se retiraron el padre y la hija y me terminé de desnudar. Andrea, la novia de Oscar, es una chica de 22 años. Pelirroja con poco pecho y muchas pecas. Leva el sexo afeitado, como yo. Los labios rojos como los de arriba. Nunca me había comido un coño rojo.

La madre de Alberto nos entregó una taza de ponche. Bebimos y yo sentí un estallido dentro de mi cabeza. No recuerdo nada más de aquella noche.

Alberto me despertó con besos y caricias a mediodía. Estábamos en su habitación de soltero desnudos sobre la cama.

-¿Qué ha pasado? ¿No estaba en la cama redonda para follar con tu cuñada? –Pregunté confundida.

-Te desmayaste cuando estabas con Andrea. Te subimos aquí. Ellos siguieron con el juego.

-¿Tú te quedaste aquí conmigo hasta ahora?

-Sí.

-¿No entró nadie para follarme? Le pregunté con cara de niña pícara.

-¿Te hubiera gustado?

-Aún tengo el coño hambriento. Nadie me ha follado como me gusta que me follen, y tú parece que no estés en esa fiesta.

Me dio como escusa que cada año detesta más esa tradición. - Cada año me tengo que follar a mi madre y a mi hermana. Ahora Oscar parece que va en serio con Andrea pero cada año traía una chica diferente. Eso no es serio.

Nos duchamos, vestimos y bajamos para reunirnos con la familia. Era hora de comer algo. Seguía algo mareada. Todos me observaban cuando bajaba las escaleras. Se interesaron por mí.

Comeremos algo y nos vamos para casa. Aún está algo mareada.

-Está nevando. No creo que sea buena idea- dijo Amadeo.

-Seguirá nevando tres días seguidos, papá.

-Alberto es prudente y hemos reservado habitación en un hostal cerca de León.

-No os dejéis el vestido de Santa Claus. Es para que ahora lo disfrutéis vosotros- Dijo Margarita entregándome la bolsa del disfraz.

-Cada año estrenamos uno. Lo compran de la talla de la nueva.

-Ya vi el truco al sacar la tarjeta con mi nombre. Pero callé como una puta porque sabía que acabaría siendo el juguete de todos.

-¿En serio te diste cuenta?

No quise seguir con el tema de la encerrona. Si le tengo que decir que también sé que me pusieron mini dosis de burundanga desde que llegamos a la casa y un buen chorro en el ponche para tenerme a merced de todos durante las horas que quisieran, igual Alberto pensaría que me iba el rollo.
El Seat León de Oscar, que ya era mayor de edad, no arrancó cuando antes de cenar le puso el anticongelante. Al ver que Alberto y yo nos íbamos por la tarde, nos pidieron que les lleváramos hasta Valladolid.

Las pastillas y salir de aquella casa me calmaron el mareo. Seguía nevando y el camino se hacía eterno. Salimos de Villa Urdazi a las cinco de la tarde y llevábamos cinco horas conduciendo bajo la persistente nevada.

-Recuerdo un viejo bar de carretera a pocos kilómetros de aquí – dijo Oscar.

-Por dios, necesito un cuarto de baño como el aire que respiro- le dije a Alberto.

-Allí podrás entrar en calor – me dijo Oscar

-No si en calor ya estoy –Comencé diciendo, mirando a mi novio Alberto. - ¿Recuerdas cuando te dije que tenía el coño hambriento?

-Sí, lo recuerdo. ¿Pero eso a que viene ahora? - Preguntó extrañado.

-¿Y que tenía ganas de que me follaran como a mí me gusta que me lo hagan?

-Que sí, Greta, que lo recuerdo,

-Pues si he aguantado vuestra cena de Nochebuena, ahora tú aguantarás mi Noche Buena – dije relamiéndome el dedo índice a la vez que me restregaba por debajo del vestido.

Mis futuros cuñados reían en silencio.

Envié un mensaje de texto a Andrea contándole mi plan. También le decía que se cambiara de ropa. Los pantalones de pana no eran para nada sexi y teníamos que hacer las guarras. Me respondió con el emoticono de ok.

El aparcamiento del BAR EL CAMINO destellaba entre la nevada. Bastantes coches medio sepultados daban a entender que había ambiente.

-Ir pasando que las chicas tenemos que hablar de una cosa – dije a los hermanos fotocopias.

Se extrañaron pero salieron del vehículo y nosotras abrimos el maletero y las maletas. Hacía un frio de cojones pero nos daba igual. La idea que propuse a Andrea nos calentaba lo suficiente.

Andrea sacó de la maleta el camisón corto, lencero, color burdeos, transparente en la parte superior. Sin sujetador y con un tanga de hilo. Los zapatos de tacón de aguja la hacían más alta.

Yo, me enfundé el traje de Santa Claus que ya conoces. Corto, que justo cubría el final de mis nalgas. A poco que me inclinara subía dejando ver medio culo a quien le interesara mirar. El escote prominente y suelto era propicio a mostrar hasta los pezones.

Salimos del coche y entramos en el BAR EL CAMINO.

No pasamos desapercibidas al cruzar el local hasta llegar a la barra. Unas diez mesas, algunas con comensales disfrutando de algo de cenar, otras vacías. En la barra cinco hombres separados entre sí tomando cervezas y un grupo de tres que sí estaban juntos compartiendo unas botellas de sidra.

Nuestros novios estaban sentados en una mesa. Pasamos junto a ellos cuando cruzamos el local. Nos quedamos de pie a tres taburetes del grupo. No vi a ninguna mujer. Andrea y yo éramos el blanco de todas las miradas.

Del grupo salió un:

–“Ha venido Santa Claus para que le pidamos deseos”

Les gustaron nuestras sonrisas

-Ahora nos toca a nosotras pedir unos gin tonic. Luego ya admitiremos peticiones.

Repasé el local con la mirada. En la pared de delante de la barra, una máquina de discos. Frete a ella, una chapa metálica en el suelo hacía de pista de baile, y al fondo, en la penumbra vi una mesa de billar.

Me acerque a mi novio y le pedí monedas para la máquina de discos.

-¿Ahora quieres que bailemos?

-Si tú no quieres, bailo con tu hermano- no terminé de decir hermanos que ya estaba en pie cogiéndome de la mano para ir a elegir la canción.

Nos cogimos bien apretados y comenzaron los primeros acordes de HOW DEEP IS YOUR LOVE de BEE GEES.

Mi cuñado, al subir la mano por dentro del vestido lo iba levantando, de modo que todos me estaban viendo las nalgas al completo. Acompañaba las caricias a mis glúteos con un caliente y húmedo beso con lengua.

Los que nos observaban, al ser la primera vez que nos veían juntos creían que éramos pareja de verdad. Las dos manos de mi cuñado ya se habían apoderado de mis dos nalgas. Le pedí que cuando yo quedara de espaldas al público, exagerara las caricias. Que dejáramos de girar me abriera las nalgas.

-Puedes meterme los dedos donde quieras. Pero que lo vean.

-Será un placer, cuñada.

El camarero encendió las luces de colores que rebotaban en la bola de espejos que colgaba sobre la pista y una espacie de cañón de luz tenue que iluminó las manos de mi cuñado, mis nalgas y los dedos entrando y saliendo de mi cuerpo.

Los hermanos GEES callaron pero nosotros permanecíamos inmóviles. Besándonos y recibiendo placer. Mi novio Alberto se levantó de la silla y agarró a su cuñada. Puso unas monedas en la máquina y se colocaron a nuestro lado. BAILAR PEGADOS nos tocó bailar. Solo entrar en la pista, mi novio se fundió en la boca de su cuñada. Una mano agarró un pecho y la otra le acariciaba el culo. Oscar dejó de estar dentro de mí. Me dio sus dedos para que los lamiera. Luego lo hizo él. Mi novio vio cómo nos comíamos mis flujos. Cuando SERGIO se esforzaba en rasgar la voz, mi novio hizo que cambiáramos de pareja. Sólo agarrarnos, las dos parejas nos comimos las bocas. Susurros en la sala.

-Joder, vaya gente – decía uno.

-¿Pero aquí quién es de quién?- preguntaba otro.

Jorge me miraba con cara de vicio. Me veía más puta, en su deseo de lo que soy.

-También mi novio me perforó y a Amparo el suyo.

Después de SRGIO bailamos con SERGE GAINSBOURG y JANE BIRKIN. Cuando terminó JE T´AIME… MOI NON PLUS, Andrea me acompañó al baño. Estábamos chorreando. No limpiamos, retocamos maquillaje y nos quedamos junto a los taburetes.

-¿Alguien juega en aquella vieja mesa? -Pregunté al señor de detrás de la barra que al tiempo que aguaba la ginebra con la tónicas. Respondió que jugar, poco y saber, menos.

Pregunté a Andrea si había jugado alguna vez. Dijo que no. – Yo te enseñaré.

El grupo de la barra, que pasaron de sidra a cubatas, rió.

El chulito provocador se acercó a nosotras y bajando la mirada hasta detenerse en el generoso escote de mi disfraz, dijo –Me pido el próximo baile.

-¿Con quién de los cuatro?

-Con las dos a la vez. A ellos les gustará ver cómo os meto los dedos – reímos las dos.

- ¿No me diréis que sabéis jugar al billar?

-Ahora no, pero dentro de cuatro ginebras sabremos jugar a todo.

-Se acercó más a mí y pasándome una mano por la cintura me dijo al oído – Me gusta tu estilo, Santa Claus.

Mientras me deleitaba el oído con aquellas seis palabras, una mano se deslizó entrando bajo la minifalda. La mano sólo se posó sobre mi nalga, como esperando permiso para moverse por ella. Le miré a los ojos y separé unos centímetros mis piernas para darle a entender que mi carne era para él.

Alberto y Oscar desde la distancia, no perdían de vista las manos del provocador.

Andrea se separó unos centímetros para ver cómo me manoseaba. Puso cara de guarra y se mordió el labio. La mano del provocador comenzó a acariciar mis dos nalgas para recorrer la raja que las separa. Luego, muy despacio, recorrió toda mi vulva. No dejamos de mirarnos a los ojos ni un instante. Vio el placer en ellos cuando me presionó sobre el clítoris.

Oscar le dijo a su hermano Alberto – se va a liar gorda esta noche. ¿Parece que tu novia no ha tenido bastante sexo en casa?

-Déjala. Si disfruta ella disfrutamos todos – decía mi Alberto – y si ese chulo se la folla aquí en medio, tú y yo nos follamos a tu novia.

-Vale. De acuerdo – dijo el hermano gemelo de mi novio.

Los compañeros del que me estaba metiendo mano, tampoco se perdían detalle.

-Jorge, enséñale a jugar al billar, que la chica tiene ganas.

-Doy por hecho que sabes jugar ¿No? – me preguntó Jorge.

-Y porqué lo das por hecho. Yo en ningún momento he dicho que supiera jugar – le dije sonriendo.

-Pero ahora es nuestro turno. Ponte en la cola – dije tomando la mano de Andrea para llevarla hasta el fondo del local.

La mesa estaba tapada por una sábana polvorienta. De un tirón descubrí el tapete verde y una nube flotó sobre la mesa.

El camarero, desde la barra, encendió varias luces cercanas a la zona del billar y la lámpara que colgaba sobre el tapete.

El grupo de amigos de Jorge se sentaron a escasos dos metros de la mesa de billar, delante de la banda de salida. Alberto y Oscar cogieron unas de las sillas cercanas y se unieron al grupo de espectadores.

-¿No les importa que miremos a sus novias, cierto?

-Lo importante es que se diviertan al billar- respondió Oscar.

-Ya son mayorcitas para hacer lo que quieran, señor mío – dijo Alberto ladeando la cabeza.

Le entregué el taco a Andrea y me puse detrás de ella. La obligué con dulzura a que se inclinara sobre el paño verde y notó una mano que separaba sus muslos.

-Dobla un poco la rodilla y apuntarás mejor- le dije acariciando su entrepierna. Le gustó. A los espectadores también les gustó ver mi mano entrar entre sus muslos.

Creí oír la respiración agitada de nuestros novios. En aquel momento les imaginé tocándose por encima del pantalón.

La minifalda del disfraz de Santa ya sabes lo corta que era. Tan corta que justo cubría el final de mis nalgas. A poco que me inclinara subía dejando ver medio culo a quien le interesara mirar. El escote prominente y suelto era propicio a mostrar hasta los pezones cuando me agachara para lanzar el taco. Yo lo sabía y me animaba a eternizar las posturas.

Nadie sería capaz de creer de donde procedía y qué había sobrevivido aquel disfraz que ya de Santa no tenía nada. Ahora era el vivo vestuario de la Puta Greta.

Liberé las bolas de dentro del triángulo y guié a Andrea para lanzar. Mi postura exagerada agradó al público. Separé más las piernas y pregunté a mi novio si le gustaba cómo estaba enseñando a jugar a su cuñada. Todos se rieron.

Lancé, y las bolas se dispersaron. Tres entraron en las troneras. Aplausos.

Estábamos en la banda de fondo. La puse de espaldas a la mesa para que no vieran cómo me acariciaba el sexo. Comentó la exquisitez del rasurado. – Disfruté comiéndolo – dijo en voz baja.

-Laser. Todo mi cuerpo al laser – le dije.

-Bueno, aquí se juega al billar o vais a pasar la noche haciendo manitas- dijo el camarero.

Mi novio se levantó y dijo – Propongo que se jueguen algo los jugadores y que el público haga apuestas.

-Las normas del juego son – comencé diciendo. – Si uno de nosotros mete tres bolas seguidas, tiene como premio un beso del rival.

Aplaudió hasta de mi novio.

-Gracias, gracias. Sigo. Si la partida la gana mi cuñada Andrea, os la podréis follar todos.

Me interrumpieron los aplausos. Seguí.

-Pero si gano yo, nos folláis a las dos.

Gritos, aplausos, silbidos.

Era evidente que interesaba que ganara yo, porque aunque sea rubia…

Comenzó la partida. Cuando metí la primera bola me acerqué a mi cuñada y le di un buen morreo.

Aplausos, incluidos los de nuestros novios.

Me esforzaba para que la blanca quedara en la banda corta de saque para que disfrutaran de nuestras piernas en toda su extensión. Cuando marcaba la postura me vitoreaban. Me giraba a ellos y me inclinaba tirando del bajo de la minifalda para que asomaran los pezones.

Tardaba en lanzar porque en ocasiones montaba la pierna sobre la mesa para que se viera mejor lo que ellos querían ver. A veces, con las dos manos separaba las nalgas para mostrarles el ojete. Otras subía a la mesa, abría las piernas y me separaba los labios diciendo – Ir haciendo boca que esto es para vosotros.

Entonces mi cuñada me metía la lengua para dar más brillo.

Seguía entrando bolas en las troneras. Entré tres seguidas y Andrea me sentó sobre la mesa para besarme, pero esta vez no lo hizo en los labios. Me bajó el vestido dejando mis pechos a la vista de todos y los besó. Los lamió y mordió hasta que me sacó un grito de placer.

Aquello me animó entrar dos bolas más. Sólo quedaba la negra. Estaba próximo el desenlace. Estaba cerca de vengarme por ser obligada a ser el juguete sexual de la familia Urdazi. Y lo haría delante de mi novio que, para mí, representaba a toda la familia.

Aparte de Jorge y dos más, el resto de los hombres que aún permanecían sentados viendo como estaba forjando mi venganza, eran viejos o gordos y la mayoría, desagradables. Pero aquellas quince pollas me harían feliz aquella blanca noche. Andrea quiso entrar la negra en la tronera cuatro, pero entre la excitación y que era la primera vez que cogía un “palo”, falló.

Coloqué la negra en la uno y me quité el disfraz de Santa Claus para que vieran a la Puta Greta. Subí a la mesa me puse a cuatro, le dije a Andrea que me imitara y grité – “De dos en dos”.

Los primeros fueron Alberto, que llenó el coño de su cuñada y Oscar que me destrozó el culo. Los que nos lo comieron luego se tragaron la lefa de los hermanos fotocopia.
 
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