Historia de una Familia – Capítulo 001
Tras estar con Isabella, me encontraba en un estado de euforia absoluta. Haber sentido el deseo de esa jovencita de 19 años con su cuerpo escultural, haberla dominado completamente, había despertado en mí una bestia sexual insaciable. Aunque anhelaba repetir con ella, no podía sacarme de la cabeza a su madre, ni el comentario que Gus nos había hecho al despedirnos.
Ese viernes terminé temprano en el trabajo. Al llegar a casa, me despojé del traje y me puse unas bermudas holgadas y una camiseta de algodón, calzándome unas sencillas chanclas. Mi plan era tomar una cerveza junto a la piscina, pero al abrir el refrigerador descubrí que estaba vacío. Preparé una lista rápida y conduje hasta el Safeway cercano.
Los supermercados americanos son fascinantes - auténticos laboratorios de marketing donde cada producto está estratégicamente colocado. Comencé a llenar el carrito siguiendo mi lista, pero como siempre, terminé añadiendo varios artículos que no necesitaba, víctima del diseño inteligente de los pasillos.
Al acercarme a la sección de lácteos, noté a una mujer agachada en el estante inferior. Desde atrás, su figura era impresionante - un trasero perfectamente redondeado y piernas bronceadas que parecían interminables. Cuando se enderezó con un cartón de leche en mano, reconocí inmediatamente a Dominique.
Me acerqué rápidamente antes de que continuara su camino.
"¡Qué sorpresa!", exclamó Dominique con una sonrisa pícara. "No te hemos visto por la piscina desde el sábado. ¿Acaso no lo disfrutaste?"
"Jajaja, lo disfruté muchísimo", respondí, "aunque prefiero tomarme las cosas con más calma. Especialmente con una mujer como tú."
"¡Ay, qué delicia! Yo también, pero el tiempo era limitado", replicó con una mirada que prometía mucho más.
Nuestra conversación continuó llena de insinuaciones y dobles sentidos. Como ambos habíamos terminado nuestras compras, caminamos juntos hacia las cajas. Pagamos y me ofrecí a llevarla en mi coche - no podía permitir que caminara cargada con tantas bolsas.
Durante el corto trayecto, intercambiamos números telefónicos. Fue ella quien sugirió, con voz seductora: "Si quieres, puedo pasarme por tu casa esta misma tarde". El plan sonaba perfecto, así que acepté encantado.
De vuelta en casa, abrí una cerveza y comencé a guardar los víveres. Mientras lo hacía, una idea mejor comenzó a tomar forma en mi mente. Tomé mi teléfono y envié un mensaje a Isabella:
"¿Estarás en casa esta tarde? Podrías venir a mi casa."
Su respuesta fue inmediata: "Por supuesto. Solo dime la hora y estaré allí."
Mi siguiente mensaje dejó claro las reglas del juego: "Recuerda que eres mi zorra. Harás lo que diga, cuando lo diga y con quien lo diga. ¿Entendido?"
La respuesta de Isabella fue aún más provocativa: "Me acabo de mojar solo de leerte. Claro que soy tu zorra, mi amor."
"Perfecto. Cuando te avise, vendrás y entrarás sin llamar, en completo silencio. Te quitarás toda la ropa y observarás. No te acerques hasta que te lo ordene."
"Entendido. Estoy aún más mojada ahora. ¿Qué estás planeando?"
"Solo haz lo que te digo. Lo descubrirás pronto."
Justo cuando terminaba de guardar los últimos productos, otro mensaje llegó. Era Dominique: "Voy camino a tu casa. Llegaré en 5 minutos."
Me di una ducha rápida. Al salir, ya escuché golpes en la puerta. Era Dominique, vestida exactamente como en el supermercado: una minifalda vaquera ajustadísima y una camiseta negra igualmente ceñida que dejaba poco a la imaginación. Noté inmediatamente que había venido sin sostén - sus pezones erectos se marcaban claramente a través de la tela. Sus sandalias de tacón medio acentuaban la sensualidad de sus piernas bronceadas.
La invité a pasar y le ofrecí algo de beber. Mientras nos dirigíamos a la cocina, no podía dejar de admirar su figura. Le serví una cerveza y me apoyé contra la encimera, estudiando cada curva de su cuerpo.
"Joder, Dominique, estás espectacular con cualquier cosa que lleves puesta."
"Gracias, cariño, pero tú también estás muy apetecible", respondió con una mirada llena de deseo.
Se acercó a mí, exactamente como esperaba. Dejó su cerveza sobre la encimera y comenzó a acariciarme - primero mis brazos, luego mis hombros, descendiendo gradualmente hasta mi pecho. Cuando llegó al borde de mi camiseta, la levantó sin ceremonias. Levanté los brazos para facilitarle la tarea y en un instante estaba desnudo de la cintura para arriba.
Su camiseta cayó al suelo mientras sus manos exploraban mi torso depilado. Jugueteó con mis pezones hasta que se endurecieron por completo, luego se inclinó para chuparlos con avidez.
Mientras disfrutaba de sus atenciones, noté cómo mi erección crecía bajo las bermudas. Dominique, siempre perceptiva, lo notó inmediatamente y comenzó a masajearme a través de la tela.
Con movimientos expertos, desabrochó mi pantalón y lo dejó caer al suelo. Como no llevaba ropa interior desde la ducha, mi miembro quedó completamente expuesto. Lo tomó en sus manos y comenzó una lenta y experta masturbación.
"Qué maravilla", susurró. "He pensado en esto toda la semana."
"Pues aquí lo tienes, a tu disposición. ¿Qué te apetece hacer con él?"
En lugar de responder con palabras, se arrodilló y comenzó a cubrirlo de besos y lamidas, comenzando por el glande y descendiendo gradualmente hasta mis testículos, que sostuvo con una mano mientras alternaba entre lamerlos y succionarlos suavemente.
Aprovechando su distracción, tomé mi teléfono y envié un mensaje rápido a Isabella: "Ven en 20 minutos exactos. Sé puntual."
Su respuesta afirmativa llegó de inmediato, lo que me permitió concentrarme completamente en Dominique.
La tomé por el pelo y la levanté hasta mis labios. Nuestro beso fue apasionado, y pude saborear mis propios fluidos en su boca. La intensidad de su deseo me excitó aún más. La tomé de la mano y la conduje al dormitorio, donde continuamos besándonos con furia.
Decidí tomar el control. La coloqué de pie frente a la cama y me situé detrás de ella. Le quité la camiseta, confirmando que efectivamente no llevaba sostén. Aparté su cabello y besé su cuello mientras mis manos recorrían sus brazos, sintiendo cómo se erizaba su piel bajo mis dedos.
Cuando mis manos encontraron sus senos, noté que sus pezones estaban duros como piedras. Su gemido al ser tocada confirmó su alto nivel de excitación. Desabroché su falda y la dejé caer hasta el suelo, revelando un tanga negro de algodón que acentuaba la perfección de su trasero.
Le quité las sandalias con cuidado y comencé a masajear sus pies, ascendiendo gradualmente por sus piernas. Ella se dejaba hacer, respirando entrecortadamente. Cuando abrió sus piernas en invitación, supe que estaba completamente mojada. Finalmente, le quité el tanga empapado y lo dejé a un lado.
"Acuéstate boca abajo", ordené, usando su propia camiseta como venda para sus ojos.
Complació sin resistencia. Comencé a explorar su cuerpo con manos y lengua, deleitándome especialmente con sus pies. Noté que había comenzado a masturbarse, pero rápidamente la detuve.
"Mi amor, por favor, cómeme", suplicó. "Estoy tan caliente... te necesito dentro."
"Shhh... tranquila. Todo a su tiempo."
Me concentré en su trasero, lamiéndolo y penetrándolo con un dedo mientras simultáneamente atendía su sexo con mi lengua. Sus gemidos se hicieron más frecuentes y urgentes.
Me monté sobre ella, sentándome a horcajadas mientras yacía boca abajo. "Levanta el culo", ordené, y ella obedeció inmediatamente, exponiendo completamente su sexo empapado. Guié mi miembro a su entrada y penetré lentamente hasta el fondo. Su interior estaba tan húmedo que no ofreció resistencia alguna. Ella ahogó un grito en la almohada.
La posición era perfecta - con sus piernas juntas, su canal vaginal estaba excepcionalmente estrecho. Comencé a moverme rítmicamente, sintiendo cómo cada empuje la hacía gemir más fuerte.
Fue entonces cuando noté movimiento en la puerta. Isabella había llegado, completamente desnuda como había ordenado, observando la escena con una mezcla de sorpresa y excitación. Le indiqué con un gesto que se acercara y se sentara en la cama.
Cuando reconoció a su madre bajo mí, sus ojos se abrieron como platos. Sus labios formaron silenciosamente las palabras: "¡Es mi madre!"
Asentí con la cabeza y le indiqué que me besara. Su beso fue salvaje, casi violento, mientras yo continuaba teniendo relaciones con Dominique. Con una mano acariciaba el trasero de Dominique, con la otra los senos de Isabella. La situación era surrealista, excitante más allá de lo imaginable.
Dio una palmada firme al trasero de Dominique, dejando una marca rojiza. "Qué culazo tan perfecto", murmuré. "Y va a ser mío también, ¿verdad?"
"Por supuesto, mi amor. Mi culo es todo tuyo", jadeó Dominique.
Otra palmada, y entonces cambié de posición. La levanté para colocarla de rodillas, atando sus manos a la espalda. Le indiqué a Isabella que se situara frente a su madre y pusiera su sexo ante la cara vendada de Dominique.
Cuando empujé la cabeza de Dominique hacia el sexo de Isabella, intentó resistirse brevemente, pero otra palmada la hizo obedecer. "¡Quieta! Cómete lo que tienes delante y no protestes, a menos que quieras que tu trasero quede marcado para siempre."
Comprendiendo la situación, Dominique comenzó a lamer a su hija con experiencia, haciendo que Isabella gimiera y agarrara el cabello de su madre. El ritmo de mis empujes se sincronizó con los movimientos de Dominique.
Finalmente, le quité la venda de los ojos. Aunque al principio pareció sorprendida al ver a su hija, rápidamente continuó su tarea, introduciendo incluso dos dedos en Isabella mientras la lamía. Isabella llegó al orgasmo primero, gritando como una poseída Le agarraba la cabeza a su madre y emitía pequeños gemidos. Estuvimos así varios minutos, y cuando ya estábamos todos bien sincronizados, fue cuando le solté las manos y le quité la camiseta de los ojos a Dominique.
Ni se inmutó. La miró hacia arriba para ver quien era pero no hizo ni siquiera amago de parar. Usó sus manos para abrirle más el coñito a su hija y le introdujo dos dedos de golpe. Siguió comiéndoselo igual que antes, solo que de repente empezó a gritar como una loca por que se corría. Yo aprovechando, aceleré el ritmo y le bombeé el coñito con violencia hasta que terminó su orgasmo.
D – Eres un cabrón, esto no se hace.
I – Calla y mira, que yo ya he mirado bastante. Ahora me toca a mí disfrutar de esa polla.
Isabella se puso a cuatro patas en el lugar de su madre y ella sola se metió mi polla hasta el fondo. Al principio Dominique nos miraba casi sin expresión, como enfadada, pero enseguida empezó a masturbarse mientras nos miraba. Le hice un gesto y se acercó para besarme mientras yo me follaba a su hija. Aquello me tenía fuera de mis casillas por completo. Notaba que no iba a poder aguantar mucho más, así que le dije que le hiciera un dedo a Isabella.
Sin dejar de besarme y de masturbarse ella con su mano izquierda, metió su mano derecha por debajo de la tripa de Isabella, y empezó a masturbarle el clítoris. Aquello debía de ser muy intenso para las dos, porque ambas gemían en alto, sin preocuparse por el ruido, y de repente Isabella empezó a correrse pegando su cara al colchón y gritando contra él para silenciarse a sí misma. Al ver a su hija correrse, Dominique también empezó con otro nuevo orgasmo, doblándose y apoyando su cara sobre el culo y la espalda de su hija.
Y entre las contracciones del coñito de Isabella y aquella visión totalmente de ensueño, tuve que sacar mi polla y empecé a masturbarme y a correrme sobre el culo de Isabella y la cara de Dominique que estaba allí. Dominique no se inmutó, tan solo cerró los ojos y abrió la boca para recibir lo que le cayese. Cuando terminé de eyacular, acerqué mi polla a su boca y me la chupó hasta dejarla totalmente limpia.
No pude resistir la tentación de agacharme y con mi lengua lamer algunos de los restos de mi leche del culo de Isabella y llevarlos a la boca de Dominique. Nos fundimos en un beso muy vicioso.
Nos tumbamos los tres en la cama, y Dominique no paraba de decirme que era un cabrón, pero ya se notaba que no estaba enfadada, e Isabella no paraba de reírse, y le pinchaba a su madre diciéndole que era una putilla, que si no le daba vergüenza follarse a otro hombre estando casada, y encima comerle el coñito a su hija.
Yo estaba en el séptimo cielo, con esos dos bombones en mi cama. Besaba a una y a la otra, y las acariciaba a las dos. Pasamos un rato de lo más divertido allí los tres, y cuando mi polla empezaba a recobrar la vida, Dominique dijo que se tenía que ir, que Jessy estaba en casa con una amiga, y que tenía que hacer la cena, así que me dio un buen beso agarrándome la polla y le habló a Isabella.
D – Tú dale a este hombre lo que te pida, y no te vengas tarde a casa, que tu padre estará a punto de llegar y preguntará por ti.
Y mientras Isabella y yo nos abrazábamos y nos empezábamos a besar y a acariciarnos de nuevo, ella se vistió y se fue con una sonrisa en la cara.
Tras estar con Isabella, me encontraba en un estado de euforia absoluta. Haber sentido el deseo de esa jovencita de 19 años con su cuerpo escultural, haberla dominado completamente, había despertado en mí una bestia sexual insaciable. Aunque anhelaba repetir con ella, no podía sacarme de la cabeza a su madre, ni el comentario que Gus nos había hecho al despedirnos.
Ese viernes terminé temprano en el trabajo. Al llegar a casa, me despojé del traje y me puse unas bermudas holgadas y una camiseta de algodón, calzándome unas sencillas chanclas. Mi plan era tomar una cerveza junto a la piscina, pero al abrir el refrigerador descubrí que estaba vacío. Preparé una lista rápida y conduje hasta el Safeway cercano.
Los supermercados americanos son fascinantes - auténticos laboratorios de marketing donde cada producto está estratégicamente colocado. Comencé a llenar el carrito siguiendo mi lista, pero como siempre, terminé añadiendo varios artículos que no necesitaba, víctima del diseño inteligente de los pasillos.
Al acercarme a la sección de lácteos, noté a una mujer agachada en el estante inferior. Desde atrás, su figura era impresionante - un trasero perfectamente redondeado y piernas bronceadas que parecían interminables. Cuando se enderezó con un cartón de leche en mano, reconocí inmediatamente a Dominique.
Me acerqué rápidamente antes de que continuara su camino.
"¡Qué sorpresa!", exclamó Dominique con una sonrisa pícara. "No te hemos visto por la piscina desde el sábado. ¿Acaso no lo disfrutaste?"
"Jajaja, lo disfruté muchísimo", respondí, "aunque prefiero tomarme las cosas con más calma. Especialmente con una mujer como tú."
"¡Ay, qué delicia! Yo también, pero el tiempo era limitado", replicó con una mirada que prometía mucho más.
Nuestra conversación continuó llena de insinuaciones y dobles sentidos. Como ambos habíamos terminado nuestras compras, caminamos juntos hacia las cajas. Pagamos y me ofrecí a llevarla en mi coche - no podía permitir que caminara cargada con tantas bolsas.
Durante el corto trayecto, intercambiamos números telefónicos. Fue ella quien sugirió, con voz seductora: "Si quieres, puedo pasarme por tu casa esta misma tarde". El plan sonaba perfecto, así que acepté encantado.
De vuelta en casa, abrí una cerveza y comencé a guardar los víveres. Mientras lo hacía, una idea mejor comenzó a tomar forma en mi mente. Tomé mi teléfono y envié un mensaje a Isabella:
"¿Estarás en casa esta tarde? Podrías venir a mi casa."
Su respuesta fue inmediata: "Por supuesto. Solo dime la hora y estaré allí."
Mi siguiente mensaje dejó claro las reglas del juego: "Recuerda que eres mi zorra. Harás lo que diga, cuando lo diga y con quien lo diga. ¿Entendido?"
La respuesta de Isabella fue aún más provocativa: "Me acabo de mojar solo de leerte. Claro que soy tu zorra, mi amor."
"Perfecto. Cuando te avise, vendrás y entrarás sin llamar, en completo silencio. Te quitarás toda la ropa y observarás. No te acerques hasta que te lo ordene."
"Entendido. Estoy aún más mojada ahora. ¿Qué estás planeando?"
"Solo haz lo que te digo. Lo descubrirás pronto."
Justo cuando terminaba de guardar los últimos productos, otro mensaje llegó. Era Dominique: "Voy camino a tu casa. Llegaré en 5 minutos."
Me di una ducha rápida. Al salir, ya escuché golpes en la puerta. Era Dominique, vestida exactamente como en el supermercado: una minifalda vaquera ajustadísima y una camiseta negra igualmente ceñida que dejaba poco a la imaginación. Noté inmediatamente que había venido sin sostén - sus pezones erectos se marcaban claramente a través de la tela. Sus sandalias de tacón medio acentuaban la sensualidad de sus piernas bronceadas.
La invité a pasar y le ofrecí algo de beber. Mientras nos dirigíamos a la cocina, no podía dejar de admirar su figura. Le serví una cerveza y me apoyé contra la encimera, estudiando cada curva de su cuerpo.
"Joder, Dominique, estás espectacular con cualquier cosa que lleves puesta."
"Gracias, cariño, pero tú también estás muy apetecible", respondió con una mirada llena de deseo.
Se acercó a mí, exactamente como esperaba. Dejó su cerveza sobre la encimera y comenzó a acariciarme - primero mis brazos, luego mis hombros, descendiendo gradualmente hasta mi pecho. Cuando llegó al borde de mi camiseta, la levantó sin ceremonias. Levanté los brazos para facilitarle la tarea y en un instante estaba desnudo de la cintura para arriba.
Su camiseta cayó al suelo mientras sus manos exploraban mi torso depilado. Jugueteó con mis pezones hasta que se endurecieron por completo, luego se inclinó para chuparlos con avidez.
Mientras disfrutaba de sus atenciones, noté cómo mi erección crecía bajo las bermudas. Dominique, siempre perceptiva, lo notó inmediatamente y comenzó a masajearme a través de la tela.
Con movimientos expertos, desabrochó mi pantalón y lo dejó caer al suelo. Como no llevaba ropa interior desde la ducha, mi miembro quedó completamente expuesto. Lo tomó en sus manos y comenzó una lenta y experta masturbación.
"Qué maravilla", susurró. "He pensado en esto toda la semana."
"Pues aquí lo tienes, a tu disposición. ¿Qué te apetece hacer con él?"
En lugar de responder con palabras, se arrodilló y comenzó a cubrirlo de besos y lamidas, comenzando por el glande y descendiendo gradualmente hasta mis testículos, que sostuvo con una mano mientras alternaba entre lamerlos y succionarlos suavemente.
Aprovechando su distracción, tomé mi teléfono y envié un mensaje rápido a Isabella: "Ven en 20 minutos exactos. Sé puntual."
Su respuesta afirmativa llegó de inmediato, lo que me permitió concentrarme completamente en Dominique.
La tomé por el pelo y la levanté hasta mis labios. Nuestro beso fue apasionado, y pude saborear mis propios fluidos en su boca. La intensidad de su deseo me excitó aún más. La tomé de la mano y la conduje al dormitorio, donde continuamos besándonos con furia.
Decidí tomar el control. La coloqué de pie frente a la cama y me situé detrás de ella. Le quité la camiseta, confirmando que efectivamente no llevaba sostén. Aparté su cabello y besé su cuello mientras mis manos recorrían sus brazos, sintiendo cómo se erizaba su piel bajo mis dedos.
Cuando mis manos encontraron sus senos, noté que sus pezones estaban duros como piedras. Su gemido al ser tocada confirmó su alto nivel de excitación. Desabroché su falda y la dejé caer hasta el suelo, revelando un tanga negro de algodón que acentuaba la perfección de su trasero.
Le quité las sandalias con cuidado y comencé a masajear sus pies, ascendiendo gradualmente por sus piernas. Ella se dejaba hacer, respirando entrecortadamente. Cuando abrió sus piernas en invitación, supe que estaba completamente mojada. Finalmente, le quité el tanga empapado y lo dejé a un lado.
"Acuéstate boca abajo", ordené, usando su propia camiseta como venda para sus ojos.
Complació sin resistencia. Comencé a explorar su cuerpo con manos y lengua, deleitándome especialmente con sus pies. Noté que había comenzado a masturbarse, pero rápidamente la detuve.
"Mi amor, por favor, cómeme", suplicó. "Estoy tan caliente... te necesito dentro."
"Shhh... tranquila. Todo a su tiempo."
Me concentré en su trasero, lamiéndolo y penetrándolo con un dedo mientras simultáneamente atendía su sexo con mi lengua. Sus gemidos se hicieron más frecuentes y urgentes.
Me monté sobre ella, sentándome a horcajadas mientras yacía boca abajo. "Levanta el culo", ordené, y ella obedeció inmediatamente, exponiendo completamente su sexo empapado. Guié mi miembro a su entrada y penetré lentamente hasta el fondo. Su interior estaba tan húmedo que no ofreció resistencia alguna. Ella ahogó un grito en la almohada.
La posición era perfecta - con sus piernas juntas, su canal vaginal estaba excepcionalmente estrecho. Comencé a moverme rítmicamente, sintiendo cómo cada empuje la hacía gemir más fuerte.
Fue entonces cuando noté movimiento en la puerta. Isabella había llegado, completamente desnuda como había ordenado, observando la escena con una mezcla de sorpresa y excitación. Le indiqué con un gesto que se acercara y se sentara en la cama.
Cuando reconoció a su madre bajo mí, sus ojos se abrieron como platos. Sus labios formaron silenciosamente las palabras: "¡Es mi madre!"
Asentí con la cabeza y le indiqué que me besara. Su beso fue salvaje, casi violento, mientras yo continuaba teniendo relaciones con Dominique. Con una mano acariciaba el trasero de Dominique, con la otra los senos de Isabella. La situación era surrealista, excitante más allá de lo imaginable.
Dio una palmada firme al trasero de Dominique, dejando una marca rojiza. "Qué culazo tan perfecto", murmuré. "Y va a ser mío también, ¿verdad?"
"Por supuesto, mi amor. Mi culo es todo tuyo", jadeó Dominique.
Otra palmada, y entonces cambié de posición. La levanté para colocarla de rodillas, atando sus manos a la espalda. Le indiqué a Isabella que se situara frente a su madre y pusiera su sexo ante la cara vendada de Dominique.
Cuando empujé la cabeza de Dominique hacia el sexo de Isabella, intentó resistirse brevemente, pero otra palmada la hizo obedecer. "¡Quieta! Cómete lo que tienes delante y no protestes, a menos que quieras que tu trasero quede marcado para siempre."
Comprendiendo la situación, Dominique comenzó a lamer a su hija con experiencia, haciendo que Isabella gimiera y agarrara el cabello de su madre. El ritmo de mis empujes se sincronizó con los movimientos de Dominique.
Finalmente, le quité la venda de los ojos. Aunque al principio pareció sorprendida al ver a su hija, rápidamente continuó su tarea, introduciendo incluso dos dedos en Isabella mientras la lamía. Isabella llegó al orgasmo primero, gritando como una poseída Le agarraba la cabeza a su madre y emitía pequeños gemidos. Estuvimos así varios minutos, y cuando ya estábamos todos bien sincronizados, fue cuando le solté las manos y le quité la camiseta de los ojos a Dominique.
Ni se inmutó. La miró hacia arriba para ver quien era pero no hizo ni siquiera amago de parar. Usó sus manos para abrirle más el coñito a su hija y le introdujo dos dedos de golpe. Siguió comiéndoselo igual que antes, solo que de repente empezó a gritar como una loca por que se corría. Yo aprovechando, aceleré el ritmo y le bombeé el coñito con violencia hasta que terminó su orgasmo.
D – Eres un cabrón, esto no se hace.
I – Calla y mira, que yo ya he mirado bastante. Ahora me toca a mí disfrutar de esa polla.
Isabella se puso a cuatro patas en el lugar de su madre y ella sola se metió mi polla hasta el fondo. Al principio Dominique nos miraba casi sin expresión, como enfadada, pero enseguida empezó a masturbarse mientras nos miraba. Le hice un gesto y se acercó para besarme mientras yo me follaba a su hija. Aquello me tenía fuera de mis casillas por completo. Notaba que no iba a poder aguantar mucho más, así que le dije que le hiciera un dedo a Isabella.
Sin dejar de besarme y de masturbarse ella con su mano izquierda, metió su mano derecha por debajo de la tripa de Isabella, y empezó a masturbarle el clítoris. Aquello debía de ser muy intenso para las dos, porque ambas gemían en alto, sin preocuparse por el ruido, y de repente Isabella empezó a correrse pegando su cara al colchón y gritando contra él para silenciarse a sí misma. Al ver a su hija correrse, Dominique también empezó con otro nuevo orgasmo, doblándose y apoyando su cara sobre el culo y la espalda de su hija.
Y entre las contracciones del coñito de Isabella y aquella visión totalmente de ensueño, tuve que sacar mi polla y empecé a masturbarme y a correrme sobre el culo de Isabella y la cara de Dominique que estaba allí. Dominique no se inmutó, tan solo cerró los ojos y abrió la boca para recibir lo que le cayese. Cuando terminé de eyacular, acerqué mi polla a su boca y me la chupó hasta dejarla totalmente limpia.
No pude resistir la tentación de agacharme y con mi lengua lamer algunos de los restos de mi leche del culo de Isabella y llevarlos a la boca de Dominique. Nos fundimos en un beso muy vicioso.
Nos tumbamos los tres en la cama, y Dominique no paraba de decirme que era un cabrón, pero ya se notaba que no estaba enfadada, e Isabella no paraba de reírse, y le pinchaba a su madre diciéndole que era una putilla, que si no le daba vergüenza follarse a otro hombre estando casada, y encima comerle el coñito a su hija.
Yo estaba en el séptimo cielo, con esos dos bombones en mi cama. Besaba a una y a la otra, y las acariciaba a las dos. Pasamos un rato de lo más divertido allí los tres, y cuando mi polla empezaba a recobrar la vida, Dominique dijo que se tenía que ir, que Jessy estaba en casa con una amiga, y que tenía que hacer la cena, así que me dio un buen beso agarrándome la polla y le habló a Isabella.
D – Tú dale a este hombre lo que te pida, y no te vengas tarde a casa, que tu padre estará a punto de llegar y preguntará por ti.
Y mientras Isabella y yo nos abrazábamos y nos empezábamos a besar y a acariciarnos de nuevo, ella se vistió y se fue con una sonrisa en la cara.