Historia de una Familia – Capítulos 001 al 003

heranlu

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Historia de una Familia – Capítulo 001


Tras estar con Isabella, me encontraba en un estado de euforia absoluta. Haber sentido el deseo de esa jovencita de 19 años con su cuerpo escultural, haberla dominado completamente, había despertado en mí una bestia sexual insaciable. Aunque anhelaba repetir con ella, no podía sacarme de la cabeza a su madre, ni el comentario que Gus nos había hecho al despedirnos.

Ese viernes terminé temprano en el trabajo. Al llegar a casa, me despojé del traje y me puse unas bermudas holgadas y una camiseta de algodón, calzándome unas sencillas chanclas. Mi plan era tomar una cerveza junto a la piscina, pero al abrir el refrigerador descubrí que estaba vacío. Preparé una lista rápida y conduje hasta el Safeway cercano.

Los supermercados americanos son fascinantes - auténticos laboratorios de marketing donde cada producto está estratégicamente colocado. Comencé a llenar el carrito siguiendo mi lista, pero como siempre, terminé añadiendo varios artículos que no necesitaba, víctima del diseño inteligente de los pasillos.

Al acercarme a la sección de lácteos, noté a una mujer agachada en el estante inferior. Desde atrás, su figura era impresionante - un trasero perfectamente redondeado y piernas bronceadas que parecían interminables. Cuando se enderezó con un cartón de leche en mano, reconocí inmediatamente a Dominique.

Me acerqué rápidamente antes de que continuara su camino.

"¡Qué sorpresa!", exclamó Dominique con una sonrisa pícara. "No te hemos visto por la piscina desde el sábado. ¿Acaso no lo disfrutaste?"

"Jajaja, lo disfruté muchísimo", respondí, "aunque prefiero tomarme las cosas con más calma. Especialmente con una mujer como tú."

"¡Ay, qué delicia! Yo también, pero el tiempo era limitado", replicó con una mirada que prometía mucho más.

Nuestra conversación continuó llena de insinuaciones y dobles sentidos. Como ambos habíamos terminado nuestras compras, caminamos juntos hacia las cajas. Pagamos y me ofrecí a llevarla en mi coche - no podía permitir que caminara cargada con tantas bolsas.

Durante el corto trayecto, intercambiamos números telefónicos. Fue ella quien sugirió, con voz seductora: "Si quieres, puedo pasarme por tu casa esta misma tarde". El plan sonaba perfecto, así que acepté encantado.

De vuelta en casa, abrí una cerveza y comencé a guardar los víveres. Mientras lo hacía, una idea mejor comenzó a tomar forma en mi mente. Tomé mi teléfono y envié un mensaje a Isabella:

"¿Estarás en casa esta tarde? Podrías venir a mi casa."

Su respuesta fue inmediata: "Por supuesto. Solo dime la hora y estaré allí."

Mi siguiente mensaje dejó claro las reglas del juego: "Recuerda que eres mi zorra. Harás lo que diga, cuando lo diga y con quien lo diga. ¿Entendido?"

La respuesta de Isabella fue aún más provocativa: "Me acabo de mojar solo de leerte. Claro que soy tu zorra, mi amor."

"Perfecto. Cuando te avise, vendrás y entrarás sin llamar, en completo silencio. Te quitarás toda la ropa y observarás. No te acerques hasta que te lo ordene."

"Entendido. Estoy aún más mojada ahora. ¿Qué estás planeando?"

"Solo haz lo que te digo. Lo descubrirás pronto."

Justo cuando terminaba de guardar los últimos productos, otro mensaje llegó. Era Dominique: "Voy camino a tu casa. Llegaré en 5 minutos."

Me di una ducha rápida. Al salir, ya escuché golpes en la puerta. Era Dominique, vestida exactamente como en el supermercado: una minifalda vaquera ajustadísima y una camiseta negra igualmente ceñida que dejaba poco a la imaginación. Noté inmediatamente que había venido sin sostén - sus pezones erectos se marcaban claramente a través de la tela. Sus sandalias de tacón medio acentuaban la sensualidad de sus piernas bronceadas.

La invité a pasar y le ofrecí algo de beber. Mientras nos dirigíamos a la cocina, no podía dejar de admirar su figura. Le serví una cerveza y me apoyé contra la encimera, estudiando cada curva de su cuerpo.

"Joder, Dominique, estás espectacular con cualquier cosa que lleves puesta."

"Gracias, cariño, pero tú también estás muy apetecible", respondió con una mirada llena de deseo.

Se acercó a mí, exactamente como esperaba. Dejó su cerveza sobre la encimera y comenzó a acariciarme - primero mis brazos, luego mis hombros, descendiendo gradualmente hasta mi pecho. Cuando llegó al borde de mi camiseta, la levantó sin ceremonias. Levanté los brazos para facilitarle la tarea y en un instante estaba desnudo de la cintura para arriba.

Su camiseta cayó al suelo mientras sus manos exploraban mi torso depilado. Jugueteó con mis pezones hasta que se endurecieron por completo, luego se inclinó para chuparlos con avidez.

Mientras disfrutaba de sus atenciones, noté cómo mi erección crecía bajo las bermudas. Dominique, siempre perceptiva, lo notó inmediatamente y comenzó a masajearme a través de la tela.

Con movimientos expertos, desabrochó mi pantalón y lo dejó caer al suelo. Como no llevaba ropa interior desde la ducha, mi miembro quedó completamente expuesto. Lo tomó en sus manos y comenzó una lenta y experta masturbación.

"Qué maravilla", susurró. "He pensado en esto toda la semana."

"Pues aquí lo tienes, a tu disposición. ¿Qué te apetece hacer con él?"

En lugar de responder con palabras, se arrodilló y comenzó a cubrirlo de besos y lamidas, comenzando por el glande y descendiendo gradualmente hasta mis testículos, que sostuvo con una mano mientras alternaba entre lamerlos y succionarlos suavemente.

Aprovechando su distracción, tomé mi teléfono y envié un mensaje rápido a Isabella: "Ven en 20 minutos exactos. Sé puntual."

Su respuesta afirmativa llegó de inmediato, lo que me permitió concentrarme completamente en Dominique.

La tomé por el pelo y la levanté hasta mis labios. Nuestro beso fue apasionado, y pude saborear mis propios fluidos en su boca. La intensidad de su deseo me excitó aún más. La tomé de la mano y la conduje al dormitorio, donde continuamos besándonos con furia.

Decidí tomar el control. La coloqué de pie frente a la cama y me situé detrás de ella. Le quité la camiseta, confirmando que efectivamente no llevaba sostén. Aparté su cabello y besé su cuello mientras mis manos recorrían sus brazos, sintiendo cómo se erizaba su piel bajo mis dedos.

Cuando mis manos encontraron sus senos, noté que sus pezones estaban duros como piedras. Su gemido al ser tocada confirmó su alto nivel de excitación. Desabroché su falda y la dejé caer hasta el suelo, revelando un tanga negro de algodón que acentuaba la perfección de su trasero.

Le quité las sandalias con cuidado y comencé a masajear sus pies, ascendiendo gradualmente por sus piernas. Ella se dejaba hacer, respirando entrecortadamente. Cuando abrió sus piernas en invitación, supe que estaba completamente mojada. Finalmente, le quité el tanga empapado y lo dejé a un lado.

"Acuéstate boca abajo", ordené, usando su propia camiseta como venda para sus ojos.

Complació sin resistencia. Comencé a explorar su cuerpo con manos y lengua, deleitándome especialmente con sus pies. Noté que había comenzado a masturbarse, pero rápidamente la detuve.

"Mi amor, por favor, cómeme", suplicó. "Estoy tan caliente... te necesito dentro."

"Shhh... tranquila. Todo a su tiempo."

Me concentré en su trasero, lamiéndolo y penetrándolo con un dedo mientras simultáneamente atendía su sexo con mi lengua. Sus gemidos se hicieron más frecuentes y urgentes.

Me monté sobre ella, sentándome a horcajadas mientras yacía boca abajo. "Levanta el culo", ordené, y ella obedeció inmediatamente, exponiendo completamente su sexo empapado. Guié mi miembro a su entrada y penetré lentamente hasta el fondo. Su interior estaba tan húmedo que no ofreció resistencia alguna. Ella ahogó un grito en la almohada.

La posición era perfecta - con sus piernas juntas, su canal vaginal estaba excepcionalmente estrecho. Comencé a moverme rítmicamente, sintiendo cómo cada empuje la hacía gemir más fuerte.

Fue entonces cuando noté movimiento en la puerta. Isabella había llegado, completamente desnuda como había ordenado, observando la escena con una mezcla de sorpresa y excitación. Le indiqué con un gesto que se acercara y se sentara en la cama.

Cuando reconoció a su madre bajo mí, sus ojos se abrieron como platos. Sus labios formaron silenciosamente las palabras: "¡Es mi madre!"

Asentí con la cabeza y le indiqué que me besara. Su beso fue salvaje, casi violento, mientras yo continuaba teniendo relaciones con Dominique. Con una mano acariciaba el trasero de Dominique, con la otra los senos de Isabella. La situación era surrealista, excitante más allá de lo imaginable.

Dio una palmada firme al trasero de Dominique, dejando una marca rojiza. "Qué culazo tan perfecto", murmuré. "Y va a ser mío también, ¿verdad?"

"Por supuesto, mi amor. Mi culo es todo tuyo", jadeó Dominique.

Otra palmada, y entonces cambié de posición. La levanté para colocarla de rodillas, atando sus manos a la espalda. Le indiqué a Isabella que se situara frente a su madre y pusiera su sexo ante la cara vendada de Dominique.

Cuando empujé la cabeza de Dominique hacia el sexo de Isabella, intentó resistirse brevemente, pero otra palmada la hizo obedecer. "¡Quieta! Cómete lo que tienes delante y no protestes, a menos que quieras que tu trasero quede marcado para siempre."

Comprendiendo la situación, Dominique comenzó a lamer a su hija con experiencia, haciendo que Isabella gimiera y agarrara el cabello de su madre. El ritmo de mis empujes se sincronizó con los movimientos de Dominique.

Finalmente, le quité la venda de los ojos. Aunque al principio pareció sorprendida al ver a su hija, rápidamente continuó su tarea, introduciendo incluso dos dedos en Isabella mientras la lamía. Isabella llegó al orgasmo primero, gritando como una poseída Le agarraba la cabeza a su madre y emitía pequeños gemidos. Estuvimos así varios minutos, y cuando ya estábamos todos bien sincronizados, fue cuando le solté las manos y le quité la camiseta de los ojos a Dominique.

Ni se inmutó. La miró hacia arriba para ver quien era pero no hizo ni siquiera amago de parar. Usó sus manos para abrirle más el coñito a su hija y le introdujo dos dedos de golpe. Siguió comiéndoselo igual que antes, solo que de repente empezó a gritar como una loca por que se corría. Yo aprovechando, aceleré el ritmo y le bombeé el coñito con violencia hasta que terminó su orgasmo.

D – Eres un cabrón, esto no se hace.

I – Calla y mira, que yo ya he mirado bastante. Ahora me toca a mí disfrutar de esa polla.

Isabella se puso a cuatro patas en el lugar de su madre y ella sola se metió mi polla hasta el fondo. Al principio Dominique nos miraba casi sin expresión, como enfadada, pero enseguida empezó a masturbarse mientras nos miraba. Le hice un gesto y se acercó para besarme mientras yo me follaba a su hija. Aquello me tenía fuera de mis casillas por completo. Notaba que no iba a poder aguantar mucho más, así que le dije que le hiciera un dedo a Isabella.

Sin dejar de besarme y de masturbarse ella con su mano izquierda, metió su mano derecha por debajo de la tripa de Isabella, y empezó a masturbarle el clítoris. Aquello debía de ser muy intenso para las dos, porque ambas gemían en alto, sin preocuparse por el ruido, y de repente Isabella empezó a correrse pegando su cara al colchón y gritando contra él para silenciarse a sí misma. Al ver a su hija correrse, Dominique también empezó con otro nuevo orgasmo, doblándose y apoyando su cara sobre el culo y la espalda de su hija.

Y entre las contracciones del coñito de Isabella y aquella visión totalmente de ensueño, tuve que sacar mi polla y empecé a masturbarme y a correrme sobre el culo de Isabella y la cara de Dominique que estaba allí. Dominique no se inmutó, tan solo cerró los ojos y abrió la boca para recibir lo que le cayese. Cuando terminé de eyacular, acerqué mi polla a su boca y me la chupó hasta dejarla totalmente limpia.

No pude resistir la tentación de agacharme y con mi lengua lamer algunos de los restos de mi leche del culo de Isabella y llevarlos a la boca de Dominique. Nos fundimos en un beso muy vicioso.

Nos tumbamos los tres en la cama, y Dominique no paraba de decirme que era un cabrón, pero ya se notaba que no estaba enfadada, e Isabella no paraba de reírse, y le pinchaba a su madre diciéndole que era una putilla, que si no le daba vergüenza follarse a otro hombre estando casada, y encima comerle el coñito a su hija.

Yo estaba en el séptimo cielo, con esos dos bombones en mi cama. Besaba a una y a la otra, y las acariciaba a las dos. Pasamos un rato de lo más divertido allí los tres, y cuando mi polla empezaba a recobrar la vida, Dominique dijo que se tenía que ir, que Jessy estaba en casa con una amiga, y que tenía que hacer la cena, así que me dio un buen beso agarrándome la polla y le habló a Isabella.

D – Tú dale a este hombre lo que te pida, y no te vengas tarde a casa, que tu padre estará a punto de llegar y preguntará por ti.

Y mientras Isabella y yo nos abrazábamos y nos empezábamos a besar y a acariciarnos de nuevo, ella se vistió y se fue con una sonrisa en la cara.
 

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Historia de una Familia – Capítulo 002


El aire en mi apartamento olía a sexo y ambición. Isabela yacía desnuda sobre las sábanas de seda negra, sus uñas trazando caminos de fuego en mi pecho mientras relataba su último encuentro con Dominique. Fuera, el crepúsculo teñía las piscinas del complejo de un rojo líquido, como sangre diluyéndose en agua.

*"Jessy nos espió ayer… desde el armario del pasillo"*, susurró Isabela, los labios rozando mi oreja. *"Podía oler su coño mojado a través de la puerta."*

Yo: *"¿Y crees que está lista?"*

Isabela sonrió, lenta, como un cuchillo desenvainándose: *"Déjame demostrártelo."*

El timbre sonó.

Jessy estaba allí, vestida de inocencia—algodón blanco, sandalias sencillas—pero sus ojos oscuros delataban algo más. *Culpa. Anticipación. Hambre.*

*"Vine por mi libro de—"*

*"Mentirosa."*

Isabela no esperó. Con un movimiento felino, le arrancó el vestido. Los botones saltaron como balas contra el suelo. Jessy quedó al descubierto: tanga de encaje azul, piel de melocotón maduro, pezones ya erectos bajo la tela fina.

*"¡Basta, Isabela!"* —protestó, pero su voz quebró.

Yo: *"Callarás cuando te hablen, puta."*

La empujé contra la pared, mi cuerpo desnudo presionándola contra el frío de la pintura. Noté cómo temblaba—*¿miedo? ¿excitación?*—su respiración entrecortada calentaba mi cuello. Isabela tomó mi cinturón de cuero y ató sus muñecas sobre su cabeza con la precisión de una asesina.

*El sudor frío de Jessy resbalaba entre sus pechos como mercurio, brillando bajo la luz mortecina. Jadeaba, pero no luchaba. No realmente. Sus muslos se apretaban uno contra otro, frotándose en un ritmo involuntario. El aire se espesó con el olor de su miedo—y algo más profundo, más dulce, como vainilla mezclada con metal. Su cuerpo no mentía.

Yo le mordí el hombro—*duro*—y un gemido escapó de sus labios.

*"Dilo"*, ordené, mis dedos cerrando alrededor de su garganta sin apretar todavía. *"Dime que no quieres esto."*

Jessy cerró los ojos. Tragó saliva.

Y entonces, en un susurro casi inaudible:

*"…Dentenganseeee, por favor ."*

Llevamos a Jessy a la cocina donde la encimera de mármol negro estaba fría bajo el torso desnudo de Jessy. Isabela encendió tres velas rojas de cera de soja -más caliente, menos lesiva- mientras yo forzaba sus muslos abiertos contra el borde helado. Sus pezones rozaban el mármol con cada jadeo.

"¡No hagas esto Isabela! ¡Soy tu hermana!" gritó Jessy, pero sus caderas se arqueaban hacia mis manos que sujetaban sus nalgas.

"Por eso es mas excitante", no lo crees así hermanita rugí mientras inclinaba la primera vela.

La cera cayó en gruesas gotas ámbar sobre su abdomen inferior, justo donde su depilado monte de Venus terminaba y su clitoris aparecía. Un grito animal rasgó el aire -medio dolor, medio éxtasis-mientras su cuerpo se tensaba como un arco.

Sentí su vagina palpitar húmeda contra mi muslo.

Isabela aprovechó la distracción:

"Estás goteando, hermanita", , susurró

mientras colocaba pinzas de acero con puntas de goma en sus pezones. Jessy gimió al sentir los dientes diminutos morder su carne erecta. Las pinzas temblaban con cada latido de su corazón.

Yo desenvainé la fusta de cuero de trenzado doble. El primer azote cruzó sus muslos con un ¡CRACK! seco. Una línea carmesí floreció en su piel lechosa.

"¡Ahhh! ¡Malditos!" gritó Jessy, pero sus fluidos vaginales ya manchaban el mármol en un círculo brillante. Isabela deslizó una mano entre mis piernas, encontrando mi erección. "Quiere más",', jadeó mientras untaba mi glande con sus fluidos.

La penetración fue brutal:

Entré en Jessy por detrás mientras Isabela tiraba de las pinzas. Su canal vaginal

-estrecho y ardiente- me envolvió con espasmos de resistencia fingida. Cada embestida la empujaba contra el mármol donde la cera se agrietaba.

"Mírala", ordené a Isabela. "Abre esa boquita llorona."

Mientras yo follaba a Jessy con ritmo de martillo, Isabela arrodillada lamía su clítoris en circulos rápidos. Jessy gritaba entre sollozos:

*"¡No puedo... soltadme malditos!!!!

  • El schlick-schlick de mi polla bombeando su coño empapado, mezclado con el chasquido de las pinzas.
  • Las contracciones vaginales de Jessy como un puño caliente apretando mi verga en cada orgasmo reprimido.
  • El cordón de saliva que unía la boca de Isabela al clítoris hinchado de Jessy.
  • Aroma almizclado de sus sudores mezclados con cera fundida.
Isabela insertó dos dedos en el ano de Jessy mientras yo aceleraba mis embestidas. La triple estimulación estuvo a punto de la quebrarla

"¡Sí! ¡Joder!" gritó, su espalda arqueándose en éxtasis.

Semen y jugo vaginal chorrearon sobre el mármol cuando explotamos juntos. Yo vacié mis testículos en su útero mientras Isabela bebía sus orgasmos directamente de la fuente.

Jessy cayó jadeando sobre las velas apagadas, sonriendo por primera vez.

Trasladamos a Jessy hasta el ****** El cuero negro del sofá brillaba bajo la luz de las velas, frío como una losa mortuoria. Jessy yacía boca abajo sobre él, sus muñecas atadas a las patas del mueble con correas de terciopelo. Cada respiración suya levantaba la curva de sus costillas, marcando el ritmo de un pánico que empezaba a transformarse.

Isabela emergió de las sombras, el strapon doble en sus manos: dos haces de silicona negra que reflejaban la luz como obsidiana pulida. Con movimientos deliberadamente lentos, se lo ajustó al cuerpo, deslizando primero la base más pequeña dentro de su propia vagina con un gemido gutural que no era fingido.

"Mira cómo me perteneces, hermanita", susurró, acariciando la nuca de Jessy con una uña afilada. "Mi turno."

La penetración fue una ceremonia cruel:

Isabela empujó la punta mayor contra el cuerpo tenso de Jessy, resistido, seco. Hasta que un frasco de lubricante apareció en mi mano-aceite de coco tibio, aroma dulzón-que derramé sobre la silicona y su coño depilado, tan limpio como una quinceañera. "Para que no te rompa... todavía",

murmuré.

La punta negra entró entonces.

El aullido de Jessy desgarró el aire-agudo, animal, desesperado-pero su espalda se arqueó en una contradicción viva, empujando hacia atrás mientras sus sus caderas temblaban.

Ahí actué yo:

Envolví mi correa de cuero alrededor de su cuello como una serpiente, apretando solo los laterales donde la sangre canta bajo la piel.

Su respiración se volvió jadeos rasgados, sordos.

"¡Suelta! ¡Asesino!", gritó, pero sus uñas arañaban el cuero del sofá hacia abajo, anclándose, no intentando liberarse.

Isabela embestía ahora con ritmo de martillo,

cada embestida más profunda. Los músculos de su espalda brillaban de sudor.

El chasquido húmedo del strapon era un tambor primal-schlupp-schlupp-schlupp-mezclado con los estertores de Jessy:

gargantas ahogadas, sollozos quebrados, el crujido del cuero bajo sus dedos. Pero bajo todo... un ronroneo profundo, casi inaudible, que nacía de su garganta cada vez que Isabela llegaba al fondo.

Sentí sus músculos abdominales contra mi pierna: primero acerados, resistiendo; luego flojos, ondulantes; al final espasmódicos, bailando al ritmo del strapon. El olor-sal, cera derretida y algo agrio-dulce-impregnaba la habitación.

"¡Basta! ¡Por favor!", lloriqueó Jessy, pero su cuerpo hizo lo opuesto:

Se abrió más, levantó las caderas, y un hilo de saliva cayó del sofá al suelo.

"¿'Por favor' qué?", le mordí la oreja. "¿'Por favor... no pares'?"

Ella gimió. Un sonido largo, profundo, que terminó en un susurro de satisfacción.

La Cama Real

El dosel de terciopelo púrpura envolvía el lecho como un útero profano. Isabela ajustó el arnés de cuero negro, la doble hilera de correas acentuando sus caderas mientras el consolador de obsidia relucía bajo la luz de las velas. Jessy yacía desnuda sobre las sábanas arrugadas, sus muslos temblorosos ya manchados de sus propios fluidos.

"¡NO POR AHI!" gritó cuando mis dedos, lubricados con hielo derretido y saliva espesa, se cerraron alrededor de su ano.

"Te abriré donde más te duele", susurré, mordiendo su muslo interno hasta dejar un óvalo carmesí. "Y luego te coseré con placer."

La penetración fue una sinfonía de violencia y gracia:

Isabela empujó hacia adentro en un movimiento fluido, el consolador desapareciendo hasta el último centímetro.

Yo seguí al instante, mi polla desgarrando el esfinter tenso de Jessy mientras su recto ardía como seda rasgada.

El cuerpo de Jessy explotó:

Sus caderas se elevaron en un arco imposible, gritos convertidos en rugidos animales. Uñas carmesí destrozaron el satén mientras convulsionaba:

"¡SOY VUESTRA ZORRA ROTA! ¡LLENADME!

¡HACEDME MIERDA!"

Isabela y yo sincronizamos embestidas. Cada empuje dual provocaba:

  • Chorros de squirt empapando el vientre de Isabela.
  • Contracciones anales que apretaban mi polla como un puño caliente.
  • Gemidos guturales que resonaban en las vigas del techo.
El orgasmo la partió en dos:

  • Sus ojos se volvieron blancos, babas rosadas mezcladas con lágrimas corrían por sus pechos. Convulsiones eléctricas la sacudieron durante un minuto eterno, hasta que colapsó como un muñeco roto.
LA CASCADA SAGRADA

El agua helada cortaba como cuchillos cuando abrimos la llave. Agua helada cayó en cascadas sobre los tres cuerpos entrelazados, golpeando mármol negro y piel enrojecida. Jessy arrodillada en el suelo de la ducha, sus labios temblorosos besando las marcas de latigazos que Isabela y yo habíamos pintado en sus brazos y muslos.

"Limpia tu vergüenza",

", ordené, tirando de su

cabello hacia atrás.

Ella obedeció. Su lengua —lenta, ritual-recorrió mi polla, mientras el agua helada esculpía su espalda en temblores gloriosos.

Las cicatrices brillaban como medallas de guerra bajo la luz neón, tatuajes líquidos que destellaban en violeta y azul eléctrico.

Los fluidos se mezclaban en el desague: sudor, agua y el rastro dorado de nuestra ofrenda sobre sus labios. Ella tragó con devoción, los ojos cerrados en éxtasis, mientras Isabela susurraba: "Nuestra puta sagrada bebe su consagración".

Isabela empujó el consolador de doble curva (ébano tallado, frío como el invierno) mientras mis dedos se hundían en su sexo palpitante.

Jessy gritó contra el mármol, un sonido ahogado por el estruendo del agua:

"¡Soy solo un agujero! ¡Vuestro agujero!"

Su cuerpo se convirtió en arco de violín, tenso entre nuestras manos. El agua helada chorreaba por sus pechos magullados, mezclándose con sus lágrimas y nuestra manos. El agua helada chorreaba por sus pechos magullados, mezclándose con sus lágrimas y nuestra orina caliente que pintaba estrías doradas sobre su vientre. Vomitó —un arcoíris de agonía y placer— pero inmediatamente alzó la cara, suplicando: "Más". Isabela clavó uñas en sus caderas, marcando territorios, mientras yo empujaba su cabeza contra el suelo: "Lame tu vómito, perra. Es tu comunión".

Jessy dormía entre nosotros, desnuda como un renacimiento. Sus labios hinchados — sangre seca en las comisuras— murmuraban en sueños: "Vuestro juguete... rompedme

Fuera, la luna bañaba las piscinas del complejo en plata líquida.

"La próxima vez..." —Isabela sonrió, la próxima vez”

". invitaremos a mamá. Que vea cómo su niña buena reza de rodillas con tu polla en su garganta."
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Historia de una Familia – Capítulo 003


Los días siguientes a aquel encuentro ardiente fueron una tortura dulce. Dominique y Isabella no dejaban de enviarme mensajes picantes, recordándome cada detalle de lo que habíamos hecho y prometiendo más.

Pero fue Jessy, la hermana menor de Isabella, quien terminó de encender la mecha.

Una noche, mientras Dominique estaba preciosa en casa, sus hijas la convencen de de ponerle una venda y amarrarle las manos tras la espalda para darle una sorpresa ella como siempre no puede negarle nada a sus preciosas hijas.

Recibí un mensaje de Isabella:

"Ven a casa. Tenemos una sorpresa para ti."

El tono misterioso me intrigó. Cuando llegué, Jessy me abrió la puerta con una sonrisa pícara. Llevaba un corsé negro ajustado y medias de red, su cabello rubio recogido en una coleta alta que acentuaba su cuello esbelto.

—Mamá está esperando -susurró, mordiendo su labio inferior. Isabella y yo tenemos un plan.

Me guió por la casa hasta una puerta discreta al final del pasillo, que nunca antes había notado. Al abrirla, reveló una habitación oculta: el cuarto de BDSM de Dominique.

Las paredes estaban forradas en terciopelo rojo, con estantes repletos de juguetes:

látigos, esposas de cuero, arneses, bolas chinas, y en el centro, una mesa de bondage con correas ajustables. Isabella estaba alli, desnuda excepto por un collar de perro con una placa que decía "Zorra de [tu nombre]".

  • ¿Te gusta? —preguntó Jessy, pasando sus uñas por mi espalda—. Mamá nos prohibió entrar aquí, pero hoy ella será la que obedezca.
  • Ya la tenemos lista —añadió Isabella, señalando hacia un rincón.
Allí estaba Dominique, arrodillada, con los ojos vendados y las muñecas atadas con una cuerda de seda. Llevaba un body de encaje negro desgarrado, sus pechos al aire y la piel erizada por el frío y la anticipación.

—¿Qué... qué está pasando? —preguntó

Dominique, al reconocer mis pasos—. ¿Eres tú, [tu nombre]

  • Sí, soy yo —respondí, acariciando su mejilla
  • . Y tus hijas tienen planes muy especiales para ti.esta noche, Dominique"
Susurré mientras recorría el filo de mi cuchillo por su espalda desnuda, haciendo estremecer su piel marcada por los azotes recientes.

El cuerpo de Dominique se tensó al instante, sus pechos erizados temblaron visiblemente mientras intentaba girar la cabeza hacia mi voz. La cuerda de seda que sujetaba sus muñecas crujió con su movimiento brusco.

"¿H-hijas?" Su voz emergió entrecortada, mezcla de incredulidad y pánico. "¡No... no puede ser! ¡Maldito pervertido! ¡Dime que no has...!"

Un chorro de sudor frío le recorrió la columna cuando escuchó el crujido de botas acercándose. El tacón agudo de Isabella resonó en el suelo de cemento del cuarto de BDSM, seguido por el arrastrar deliberado de un látigo.

"Pobrecita mamá..." La voz melosa de

Isabella goteó veneno mientras su mano enguantada en cuero negro acariciaba el body desgarrado de Dominique. "Tanto que nos prohibiste, tanto que nos escondiste... y ahora somos nosotras las que te vamos a enseñar."

El gemido que escapó de Dominique se convirtió en un grito ahogado cuando Jessy apareció por el otro lado, arrastrando los dedos con uñas afiladas por los moretones que decoraban los muslos de su madre.

"Mira cómo tiembla..." Jessy murmuró antes de clavar sus dientes en el hombro de Dominique, haciendo que su cuerpo se arqueara de placer.

Jessy no tardó en prepararse: con movimientos seguros y conocedores, tomó el strap-on doble, examinando sus detalles antes de usarlo. El extremo más pequeño, diseñado para ajustarse cómodamente, lo deslizó dentro de su vagina, conteniendo un leve gemido al sentir cómo se acomodaba perfectamente en su interior. No necesitaba correas; la firmeza del material y su propia anatomia lo mantenian en su lugar, anclado con precisión para que ni un temblor lo desalojara.

En el otro extremo, el dildo imponente —de 30 centímetros, grueso, con venas pronunciadas que recorrían su longitud-parecía casi intimidante bajo la luz tenue.

Jessy pasó los dedos por su superficie, sintiendo las protuberancias y la textura realista, antes de alisar sus manos por sus muslos, lista.

—Nosotras lo usaremos —declaró Isabella, imitando a su hermana con una sonrisa cómplice mientras tomaba su propio strap-on idéntico.

Con la misma destreza, lo colocó, ajustándolo hasta que un suspiro entrecortado confirmó que estaba bien situado. Su mirada, sin embargo, se clavó en mi, entregando el control con adoración ¡Pero tú darás las órdenes!

El juego comienza

Jessy desató a Dominique solo para esposarla a una barra horizontal en la pared, dejando su cuerpo expuesto. Con un cepillo de cerdas suaves, Isabella comenzó a acariciar su espalda mientras Jessy le colocaba unas pinzas en esos pezones invertidos que ahora asomaban que Dominique estaba excitada.

-¡Ah! -gimió Dominique, arqueándose-.

Malditas... Jessy por favor hija para tú no eres así que te han echo este par de enfermos!

-Calladita —ordené, agarrando su cabello-.

Hoy obedeces.

Isabella tomó un látigo de cuero y lo deslizó por las piernas de su madre antes de dar un golpe seco en sus nalgas. Dominique gritó, pero su humedad delataba su excitación.

Ahora, el premio Jessy muéstrale a tu madre cómo se come un clitoris murmuré .

Jessy se arrodilló entre las piernas de Dominique, inclinándose con devoción hacia su sexo palpitante. Con un movimiento deliberado, deslizó la lengua sobre el clítoris hinchado de su madre, trazando círculos lentos al principio, luego más rápidos, ajustando la presión según los gemidos que escapaban de los labios entreabiertos de Dominique.

La humedad brillaba bajo la luz tenue, mezclándose con la saliva de Jessy, que jugueteaba con el pequeño botón sensible, alternando entre succiones suaves y lamidas largas y planas.

"Es hora de que esta perra disfrute de verdad."

Con una sonrisa dominante, señalé a Jessy, quien, obediente, se recostó sobre la cama, su cuerpo arqueándose ligeramente en anticipación. Isabella, siguiendo mis órdenes al pie de la letra, tomó a su madre, Dominique, y la guio hacia Jessy, colocándolas en una posición de *69*, sus cuerpos entrelazándose en un juego de piel y calor.

Pero Dominique no estaba del todo convencida. Con un gesto de rebeldía, intentó resistirse, negándose a participar. Sin tolerar su desafío, le di una orden clara a Isabella:

"Castígala."

Isabella, con un brillo de satisfacción en los ojos, no dudó. Con un movimiento rápido, abofeteó a Dominique dos veces, los golpes resonaron en la habitación. El sonido fue seguido por un gemido entrecortado de Dominique, cuya resistencia se quebró al instante. Ahora, sumisa y ansiosa por complacer, se ajustó sobre Jessy, sus labios descendiendo hacia el sexo de su hija Jessy lamiendo con devoción.

La escena se volvió aún más ardiente.

Dominique comenzó a lamer y morder suavemente el clitoris de Jessy, alternando entre succiones profundas y caricias con la punta de la lengua. Cada movimiento de Dominique era experto, calculado para maximizar el placer de Jessy, quien gemía sin control, sus caderas moviéndose al ritmo de la lengua de su madre.

Mientras tanto, el dildo que Jessy llevaba puesto vibraba en su punto G, enviando oleadas de placer casi insoportable con cada embestida. Sus músculos se tensaban, sus dedos se aferraban a las sábanas, y sus gemidos se volvían más desesperados.

No queriendo dejar a nadie fuera, giré mi atención hacia Isabella. "Ahora, tú," le ordené, "haz de comer el culo a tu madre."

Isabella, siempre obediente, se posicionó detrás de Dominique y, con manos firmes, separó sus nalgas, hundiendo su lengua en el centro prohibido.

Dominique gimió entre la doble estimulación, su cuerpo tembloroso entregado por completo al éxtasis.

El cuarto se llenó de jadeos, gemidos y el sonido húmedo de lenguas y piel, una sinfonía de placer donde cada una cumplía su rol a la perfección.

El clímax:

—Es hora —dije con voz grave, sosteniendo la mirada de Isabella y Jessy mientras un escalofrío de anticipación recorría la habitación—. Háganla suya.

Las hermanas se alinearon frente a frente, con Dominique arrodillada entre ellas, su cuerpo tembloroso pero entregado. Isabella, con manos expertas, vertió un generoso chorro de lubricante sobre el dildo de doble extremo, la sustancia espesa y brillante deslizándose por la superficie de silicona antes de que ella lo alineara con el estrecho anillo del ano de su madre.

Mientras tanto, Jessy, con dedos temblorosos de deseo, ajustaba el otro extremo del strap-on contra labios vaginales de su madre, ya humedecida, sintiendo cómo las primeras gotas de su excitación se mezclaban con el lubricante.

—Respira, mamá —susurró Isabella, acariciando la nuca de Dominique antes de hundirse lentamente hacia adelante.

El primer empujón fue una deliciosa tortura. El dildo se abrió paso dentro del ano de Dominique, su músculo resistiéndose por un instante antes de ceder, estirándose alrededor del grueso juguete. Al mismo tiempo, Isabella gimió al sentir cómo el otro extremo se deslizaba dentro de su vagina, llenándola por completo, cada centímetro de avance enviaba ondas de placer que le erizaban la piel.

Jessy no esperó. Con un movimiento firme, empujó las caderas hacia adelante, embistiendo con fuerza, haciendo que el dildo se hundiera más profundo en ambas.

Dominique jadeó, sus uñas clavándose en los muslos de Isabella, mientras un chorro de sus fluidos brotaba de su vagina, empapando aún más el juguete. El sonido húmedo de la penetración se mezclaba con los gemidos entrecortados de las tres mujeres, el aire pesado con el aroma dulce y salado de su excitación.

Jessy, perdida en el éxtasis, movía sus caderas en sincronía con Isabella, cada embestida haciendo que el dildo masajeara su punto G con precisión brutal.

Su coño, ya destilando néctar, goteaba sobre la base del strap-on, mezclándose con los fluidos de Dominique, que corrían por sus muslos en gruesos hilos.

Isabella, por su parte, no podía contener sus propios líquidos; cada vez que se mecian hacia adelante, su clítoris palpitaba, y un nuevo flujo de humedad manchaba sus piernas.

—Dios... así... ¡Más duro! —gritó Jessy, arqueándose mientras el dildo golpeaba justo donde más lo necesitaba.

Isabella obedeció, agarrándo las caderas de Dominique con fuerza, marcando su piel con sus dedos mientras aceleraba el ritmo.

Los músculos del ano de su madre se contraían alrededor del juguete, cada movimiento sacando pequeños sonidos obscenos, mezclados con el chapoteo de sus sexos empapados.

El cuarto era un torbellino de jadeos, gemidos y el sonido crudo de carne contra carne, de silicona deslizándose en orificios hambrientos, de fluidos derramándose sin control. Y en medio de todo, las tres mujeres, unidas en un acto de pura entrega, se acercaban al borde del abismo, listas para caer juntas en el éxtasis más intenso.

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