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nicoadicto

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La fisura​



Había salido un momento mientras Marta se preparaba. Necesitaba hacer una cosa en casa de Herminia y disponía de poco tiempo. Ésta abrió al tercer timbrazo y Cristian entró como una exhalación hasta el salón. Ella cerró la puerta y lo siguió al paso de quien no tiene ninguna prisa.

—Miré esto—dijo plantando el móvil frente a su cara con el brazo en alto.

Herminia observó con detenimiento lo que trataba de enseñarle. Tras unos interminables segundos apartó la vista de la pantalla para clavarla en él.

—Debes ser gilipollas si piensas que a mi edad soy capaz de leer esa letra piojosa sin gafas.

Cristian omitió un exabrupto y barrió la estancia con la vista. No tardó en encontrar las gafas sobre la mesita central que le ofreció a la señora.

—Tenga —urgió—, y ahora, lea.

Se hizo con ellas y con el móvil y se sentó en el sofá con una calma que exasperó al adolescente. Con las lentes a media nariz y el aparato cogido con ambas manos, leyó con detenimiento, moviendo los labios y desplazando con el dedo hasta el final del texto.

Frunció el ceño y releyó una segunda vez. Por su cara, parecía que no llegaba a entender.

—El wasap es de mi novia —explicó a la señora que tardaba una eternidad en mostrar una reacción.

Ella asintió como si ya hubiera llegado a esa conclusión para, acto seguido, comenzar a mostrar una sonrisa maliciosa. Se quitó las gafas que guardó en una funda y le devolvió el aparato.

—Tu novia… ¿te odia?

—No, me quiere con locura. ¡Me ama! —corrigió algo avergonzado.

Herminia levantó una ceja, suspicaz y se recostó en el sofá. Su sonrisa mutó a una mueca de suficiencia. Eso no se lo creía ni de coña.

—Que sí, joder. Lo que ha leído es un juego que tenemos entre nosotros. Unas… pruebas que nos ponemos para excitar la relación.

—Para putearos —matizó.

—Sí… no. Es decir… —se frotó la frente con dos dedos— de eso se trata. Nos pone darnos un poco de caña y ahora me toca cumplir a mí.

—A ver si me entero. Tu novia… que te ama y te quiere… te pide que ¿te grabes meneándote la colita con las bragas de tu “vecina la vieja”?

—No, con mi vecina la “modelo de trajes de baño”.

Herminia soltó una carcajada por lo bobo que sonaba todo eso. Después, apoyó ambos brazos a los lados del respaldo en ademán de poder. Acababa de recibir la más morbosa noticia de la última parte de su vida. Su vecino adolescente buenorro iba a masturbarse con una de sus bragas. Se mordió el labio inferior disfrutando de la fantasía.

—No se haga ilusiones, Doña Rogelia —dijo adivinando sus pensamientos—. No pienso tocar sus arreos de vieja ni con un palo. He traído las mías de casa.

Del bolsillo sacó unas bragas blancas con encaje. Las últimas que poseía de Marta. Su vecina chasqueó la lengua de fastidio, pero no por ello perdió su sonrisa traviesa.

—Esto es lo que vamos a hacer —explicó él—. Usted se pone ahí, hablando de sus chorradas, como si estuviera haciendo algo. Yo me pongo a grabar en plan furtivo para que se note que es un vídeo robado. Entonces hago como que voy al aseo y, móvil en mano, entro a su cuarto, cojo estas bragas de donde sea que guarde sus trapos viejos y me la meneo en su baño; le envío el vídeo a mi novia y… fin.

Herminia le escuchaba con indisimulado interés, asintiendo a cada parte de su plan. Cuando acabó, señaló con el dedo hacia su dormitorio. Lo que su joven vecino se traía entre manos con su novia, era una auténtica chifladura de chiquillos, pero se lo estaba pasando bien participando en sus juegos.

—Segundo cajón de la mesilla izquierda.

Era todo lo que Cristian necesitaba oír. Dio media vuelta y salió al pasillo desde donde llegó a la habitación de su anciana vecina. El dulce aroma a frutas le llenó la nariz y, junto con las viejas fotografías de la pared, evocaron la típica imagen retro.

Puso la vista en la mesilla donde reposaban los retratos de su marido y de ella con su hijo. Debajo, localizó el cajón que le había dicho y lo abrió. Dentro encontró un montón de ropa íntima. Extendió en su mano la prenda que había traído consigo y la comparó con la que estaba viendo.

«Dan el pego, pueden pasar como suyas».

Las depositó con cuidado como si fueran a contaminarse y cerró el mueble. Antes de irse se planteó rebuscar entre el resto de los cajones. Sin embargo, la sola posibilidad de toparse con sus consoladores le hizo desistir.



— · —​



—Has tardado mucho —le dijo Herminia al volver con ella al salón.

—¿Y qué quiere? He fisgado en sus cosas lo más rápido que he podido.

Ella levantó una ceja sin saber si debería creerle, pero la mirada asesina que le echó casi le fríe los testículos.

—Venga, póngase ahí como si hiciera algo útil —instó él.

La mujer, que ya se estaba levantando, fue hasta una de las estanterías y abrió una puerta acristalada. Dentro habían unas copas de cristal fino e hizo como que las limpiaba. Cristian levantó el móvil y comenzó a grabar.

—¿Dices tú de mili? —dijo ella de espaldas como si estuviera en medio de una conversación—. Mili, la que pasó mi difunto esposo en Melilla.

—Voy un momento al baño, Herminia —dijo en un volumen excesivamente elevado.

Con el brazo en alto, intentando que la imagen fuera lo más estable posible, fue recorriendo la casa hasta colarse de nuevo en el cuarto de la anciana.

—El sargento Peláez —se oía al fondo—, menudo mal bicho.

Cristian abrió el cajón y pasó la mano por encima de la lencería, simulando estar eligiendo.

—Estas mismas —susurró cerca del aparato.

Lo siguiente fue ir hasta el baño y cerrase dentro. De nuevo, un agradable aroma a jazmín le produjo una sensación tranquilizadora, como un recuerdo feliz. Fijó el smartphone sobre la cisterna del váter y se colocó frente a él, desnudo de cintura para abajo.

Desplegó las bragas frente a la cámara y se las llevó a la nariz donde aspiró con los ojos cerrados.

—¿Es esto lo que querías? —dijo al objetivo—. Pues ale, para que veas que te quiero más que a mi propia vida.

Volvió a olerlas y a besarlas. Después, se enrolló la prenda en el miembro y se la empezó a menear. No tardó en tenerla dura.

—Lo hago por ti, Cris. Me estoy pajeando con unas bragas de una tía mucho mayor que yo. —Tenía la frente arrugada y la cara de esfuerzo—. Y voy a pensar en ella mientras me pajeo, y en que me la follo, como querías. Oh, oooh, uuum.

Un buen rato después, lleno de obscenidades y gemidos, consiguió dejar las bragas perdidas de semen que mostró para que lo viera su novia.

«Y… enviar», se dijo antes de apagar el móvil.



— · —​



—¿Ya? —se sorprendió Herminia al verlo entrar—. Ha sido rápido.

Estaba sentada en el sofá, con las gafas a media nariz y periódico en mano.

—Porque tengo prisa. Además, venía motivado, acabo de estar con la novia buenorra de mi padre. —Guiñó un ojo—. Casi hemos hecho las paces.

—Y eso quiere decir…

—Que la cuenta vuelve a cero.

—Eso está bien —sonrió—. No siempre se puede volver a empezar en casos como el tuyo. Ahora, lo que debes hacer es esperar la oportunidad.

—Ya, lo que pasa es que ahora tengo otro plan.

Herminia cerró el periódico y se giró a cámara lenta hacia él, salivando. Cristian ya esperaba su reacción con una sonrisa lobuna cruzando su cara.

—La madre de Cris —explicó.

—¿Tu novia? —preguntó estupefacta.

Él asintió con una caída de ojos.

—En serio, chico —dijo sin poder dar crédito—, no dejas de sorprenderme.

Una adulación que hinchó el pecho del adolescente.

—Su padrastro debe ser impotente o algo así —explicó—. El caso… —se acercó y se sentó a su lado— el caso es que… lo va a flipar… me ha ofrecido a su mujer. —Enderezó el cuerpo—. ¡A su mujer! —La sonrisa de oreja a oreja era de auténtica felicidad—. Joder, pienso follarme a esa zorra en la puta cara de ese cabrón.

La expresión de su vecina se congeló como si no llegara a comprender o como si, lo que oía, no fuera plato de su gusto.

—¿Se lo vas a restregar a tu suegro? —Tono neutro.

—No lo dude. Ufff, cómo me pone solo de pensarlo.

—Eso… no está bien. —Frente arrugada y mirada seria.

—¿Pero qué dice? Si es un puto gorila gilipollas. Además, ha sido idea suya. Busca un macho empotrador que la satisfaga.

Herminia movía el mentón a un lado y a otro, cavilando.

—¿Y ella está de acuerdo?

—Nah, ni de coña. Pasa de enrollarse con nadie, y menos con el novio de su hija —explicó—, o que lo mismo es frígida, yo qué sé. Pero me la pela, esa cae fijo. Se lo digo yo. Solo hay que saber mover hilos.

Pero la cara de su vecina seguía con la misma expresión de recelo. Su rostro se había ensombrecido y sus labios formaban una línea recta de desaprobación.

—Déjalo estar. No merece la pena meterte en ese cagadero.

La advertencia fue seria y al adolescente no le gustó el tono ni el pesimismo. Esa no era la reacción que esperaba y la contestación sonó en el mismo tono.

—¿Pero qué dice? Si usted disfruta con esto tanto como yo.

—Solo cuando nadie sale perjudicado y tu plan no deja a nadie en pie. —Le señaló con el dedo—. Mira, mocoso, una cosa es jugar sin que el cornudo se entere y otra muy diferente es mearte en su orgullo y convertirlo en humillación pública con la mujer que ama.

—¿Per-do-neee? ¿Y me lo dice usted, que corneaba a su propio marido con el cabrón de su jefe?

—Yo encontraba placer en el silencio cómplice y en la dulce ignorancia de mi esposo que nunca conoció el dolor por mi causa. Tú buscas herir, humillar, alimentarte de su vergüenza y rebajarlo todo lo posible.

—¡Pero que ha sido él! Jodeeer.

—Porque la quiere tanto que es capaz de renunciar a su orgullo —gritó—. De hecho, ya ha perdido la cordura por culpa de la pena y no sabe dónde se mete. Apártate de esa mujer.

—Ni de coña, vamos.

Herminia bullía de rabia. Había comenzado a respirar agitadamente y en sus ojos se percibía la ira de quien discute con un idiota que cree tener razón.

—Vas a hundir a ese hombre y a hacer de ella una desgraciada. —Movió la cabeza con pesadumbre—. Por no hablar de tu novia. La vas a perder y nunca va a poder mirarse a la cara con su madre.

—Deje a Cris en paz. Ella… ella no tiene por qué saber NADA.

—Se enterará, es su madre y esas cosas siempre terminan saliendo a la luz. —Cogió aire e intentó ser más diplomática—. Vas a joder un matrimonio y a tu propio noviazgo. Déjalo estar, chico, retírate. Esto es diferente a lo que te traías con tu madrastra. Ella no va a ceder.

—Perdone, ¿que me retire yo? Soy Cristian, ¡CRISTIAN!, y todavía no se me ha resistido ninguna tía que se me haya metido entre ceja y ceja.

—Vas a cagarla y, esta vez, no habrá segunda oportunidad.

—¡Calle! vejestorio. Usted… usted no me conoce.

—Te equivocas, niño. Te conozco mejor que tú mismo. Y te digo que no va a salir bien. Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque sé de lo que estoy hablando. Su padre cambiará de opinión cuando llegue el momento de dar el paso; su madre se sentirá sucia por haber accedido a traicionar a su marido, y su hija… —hizo una pausa para coger aire—, su hija les dejará de hablar a los dos. —Se levantó elevándose por encima de él—. Pero, sobre todo, porque solo eres un niño tonto y gilipollas que confunde manipular con entender y follar con importar.

—¡Y usted una vieja chocha y solitaria que se muere de envidia por no haber podido conseguir lo que tengo yo!

La mujer se quedó con la palabra en la boca, sorprendida de lo que había dicho, pero, sobre todo, por el tono. La conversación ya se había ido de madre.

—¡Mire a mi novia, a mi familia, a mis colegas! A todas las tías a las que me he tirado —casi gritaba—. Hasta mi suegro, que es un ogro, me ofrece a su mujer. ¡A su mujer, joder! —gritó—. Me la ofrece él. —Se levantó marcando la diferencia de altura—. Y usted… usted… ¿Qué tiene usted?

Se puso a dar vueltas por la habitación con la respiración agitada. Herminia lo observaba con el temor a que se pusiera violento, pero sin dar muestras de asustarse.

—Mírese, viviendo de recuerdos. Eso es lo único que le queda, miserables ecos de sí misma. —Se volvió contra ella y la señaló con el dedo—. Sí, ese es su problema, que vive en el pasado, de cuando usted era alguien. Me di cuenta la primera vez que entré a su cuarto. No hay fotos de amigos, de fiestas o de vacaciones, solo retratos suyos, de lo que fue, de lo que nunca volverá a ser. —Estaba realmente enojado— En toda la casa no hay una puta imagen de alguien que no sea usted de joven. Y, en la realidad ¿qué le queda? Nada, solo una pobre triste y solitaria vida de vieja verde persiguiéndose a sí misma en las paredes. Sin familia, sin amigos.

—¿Y tú, acaso tienes amigos? —escupió—. No, solo colegas —el labio le temblaba—, “CO-LE-GAS”. Así es como se llaman los tontos útiles de un niñato con ego de estratega y cerebro de peón, comparsas que solo sirven para beber en compañía.

—¿Como la que le hace su hijo? Ese subnormal sin educación que la rehúye y que lleva años sin hablar a su propia madre. —Se acercó a ella y se puso cara a cara—. ¿Qué pasó? ¿Pilló a un extraño metiendo la colita en el chochete de su mami bajo la mirada lacrimógena de su papi?

Los ojos de Herminia brillaban. Y hubiesen llorado si no fuera porque hacía mucho que olvidaron cómo se hacía.

Permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro, dejando pasar los segundos. El eco de las palabras pronunciadas todavía resonaba con fuerza. Quizás, ambos ya se estarían arrepintiendo o, quizás, solo preparaban otro asalto.

—Vete de mi casa.

Cristian tensó la mandíbula, apretando hasta que los músculos de su maxilar se abultaron a cada lado. Tardó en hablar, dejando caer los segundos antes de mover sus labios.

—Claro. —Se enderezó y dio dos pasos dirección a la puerta. Antes de desaparecer, se giró hacia ella—. Hágase un favor y llámele. Dígale que quiere volver a verle reír como en esa foto de su cuarto que tanto añora y que tan cerca guarda de usted. —Fue a salir, pero se detuvo de nuevo—. O mejor, dígale que usted es dueña de su cuerpo y que puede follar con quien le dé la gana y, que si no le gusta, puede irse a la mierda.


Fin capítulo XIX

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Excelente, como siempre!!!
Nunca deja de haber un giro inesperado en esta historia y eso la hace cada vez más atrapante
 
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