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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 001
Me llamo Sonia y tengo 45 años. Lo que voy a relatar ocurrió hace 15 años en Llafranc, un pueblecito de la Costa Brava durante unas vacaciones de verano.
Mis padres me cedieron en herencia una casita de pescadores ubicada sobre un pequeño acantilado y con un camino particular a través del cual se accedía a una pequeña cala. La casita en cuestión, cuando ellos la adquirieron la bautizaron como Cala Rodona, puesto que el diminuto trozo de playa con arena se parecía a una plaza de toros rodeada de rocas y con un pequeño estrecho para acceder a mar abierto. La playa en cuestión no llegaba a 20 metros de diámetro, la mitad de la cual estaba cubierta de agua con una profundidad máxima de metro y medio. Era el lugar ideal para disfrutar de unas vacaciones íntimas en familia.
En aquel verano del 2000, las circunstancias familiares eran un tanto complejas, intentaré describirlas para poneros en situación. Mi marido, Daniel acababa de salir del hospital y se estaba recuperando de las secuelas producidas por un accidente de moto. En dicho accidente se fracturó las dos caderas y la pelvis. Durante todo un año los médicos lo estuvieron recomponiendo y fue un auténtico calvario entre hospital, operaciones y sesiones de recuperación.
Aunque no estaba del todo restablecido, los médicos consideraron oportuno que este verano lo pasara fuera del hospital, a poder ser cerca del mar para ver si así acelerábamos la recuperación.
En cuanto a nuestra vida de pareja, era un tanto complicada, puesto que desde el accidente, nada de nada: El ambiente hospitalario, las operaciones y las duras sesiones de recuperación no propiciaban el ambiente adecuado para el sexo. Desde el fatídico accidente, Daniel no había conseguido una erección, no obstante, los médicos lo atribuyeron todo a las operaciones y a la fuerte medicación a la que era sometido. Con el tiempo no dudaban que su cuerpo volvería a la normalidad.
Nuestra situación económica, sin llegar a ser demasiado boyante, la teníamos resuelta. El dinero bien invertido de una herencia recibida nos reportaba una renta mensual equiparable a un buen sueldo, por lo que, en este sentido, el accidente no había trastocado significativamente nuestra economía.
Habida cuenta que íbamos a pasar todo el verano en Cala Rodona, y, dadas las limitaciones de Daniel, nos trajimos a mi hermano Juanque para que me me ayudara en las tareas más difíciles de la casa, así como, por si fuera preciso, ayudar a Daniel. Juanque, de 18 años, vivía con mis padres en un pueblecito del interior, le gustaba mucho el mar pero no tenía demasiadas oportunidades para salir del pueblo. Aquellas vacaciones serían para él algo inolvidable.
Aunque éramos como hermanos, Juanque era hijo adoptivo. Mis padres, tras muchos intentos infructuosos de conseguir un segundo hijo, optaron por la adopción. Juanque llegó a casa con 3 años, y todos lo recibimos con mucha alegría. Coincidió su llegada con mi marcha a Barcelona por motivos de estudios. Cuando a los 22 años finalicé la carrera, encontré trabajo en un gabinete de abogados de Girona y allí trasladé mi vivienda. La relación que habíamos mantenido con Juanque se había limitado a mis visitas esporádicas al hogar de mi infancia. Últimamente teníamos más contacto gracias al correo electrónico y al messenger.
Para acabar de redondearlo y para que Juanque no se aburriera con nosotros, invitamos también a los dos sobrinos de Daniel: Santi, de la misma edad que Juanque y el pequeño David de 14 años.
Una vez instalados en Cala Rodona, organizamos todo para disfrutar de un buen verano, con la esperanza de que Daniel se recuperara lo más pronto posible de sus lesiones para que nuestro matrimonio volviera a la normalidad y de que los chicos disfrutaran de unas buenas vacaciones.
Cala Rodona disponía de tres habitaciones, la de matrimonio que utilizábamos Daniel y yo y las otras dos estaban ocupadas, una con dos camas en la que dormían los dos sobrinos de mi marido, David y Santi y otra más pequeña que ocupaba mi hermano Juanque. Disponíamos también de un cuarto de baño que utilizábamos principalmente Daniel y yo puesto que quedaba dentro de nuestra habitación, aunque también tenía una puerta que daba al pasillo. En cuanto a la cocina, comedor y sala de estar, estaba todo en una misma pieza, creo que se denomina cocina americana. Disponíamos también de una gran terraza con vistas al mar desde la cual se accedía por un camino de rocas hasta la pequeña cala. En uno de los extremos de la terraza teníamos una pequeña caseta con una ducha que utilizábamos para eliminar los restos de arena de la playa y así evitar ensuciar el baño y la casa.
Como vivíamos lejos de Llafranc, destinábamos una tarde a la semana para hacer las compras y reponer así nuestra despensa.
La jornada, habitualmente se iniciaba más o menos a las 10, hora del desayuno, y posteriormente yo misma asignaba a cada uno de los chicos las tareas a realizar: fregar los platos; hacer las camas; fregar el suelo y sacar la basura, que se depositaba en un bidón del municipio situado a unos 100 metros de la casa y que los empleados municipales recogían cada dos días.
La limpieza del cuarto de baño y preparar la nevera con el hielo y las bebidas que nos bajábamos a la playa eran tareas que yo efectuaba. Daniel, al que no le gustaban ni el sol ni el agua de mar se encargaba de preparar la comida y tener la mesa preparada para el mediodía. Teníamos una primera sesión de baño por la mañana, después del desayuno y otra por la tarde, después de la comida y de una buena siesta.
A media tarde finalizaba la jornada de playa. Tocaba ducha, merienda, y tiempo libre para los chicos mientras que Daniel y yo preparábamos la cena. Después de cenar acostumbrábamos a ver alguna peli del vídeo y luego, a media noche más o menos, todo el mundo a la cama.
En Cala Rodona no teníamos aire acondicionado, y en las habitaciones hacía mucho calor. Antes de acostarme y para dormir más fresca, acostumbraba a darme una ducha de agua fría Habían transcurrido solamente tres días desde el inicio de nuestras vacaciones y estaba yo en el baño cuando Daniel, desde la cama me comentó:
- ¿Sabes, cariño que los chicos no te sacan los ojos de encima? -
- Pero, ¿qué me dices?, no, no me había dado cuenta - le respondí.
- No sé qué les das, pero los tienes como pajaritos, comiendo de tus manos.
- No seas exagerado, Daniel, no será para tanto.
- Que si, tú fíjate y ya verás como no exagero.
- Bueno, a partir de mañana ya me fijaré.
Las palabras de Daniel me hicieron reflexionar, y observé que no le faltaba razón: desde que nos instalamos los cinco en Cala Rodona no había sido preciso discutir con ninguno de ellos. Todo lo que les pedía lo hacían sin rechistar, incluso las tareas más desagradables como tirar la basura, pasar la escoba o fregar los platos. ¡Un tanto extraño en niños de esta edad!.
- Si, cariño, los chicos están muy amables, me ayudan mucho en las tareas de la casa.
- No, mi vida, no me refería precisamente a esto que tu comentas - me soltó Daniel.
- ¿Ah, no te refieres a esto? Entonces, Daniel, si no te explicas…. - le comenté.
Daniel siguió:
- Me refería a que están todo el día revoloteando a tu lado, pendientes de ti, en especial cuando bajáis a la playa. Ya sabes que no tengo nada que hacer en todo el día, y que desde aquí arriba, con mis prismáticos, observo todo lo que ocurre a tu alrededor.
- Me estás diciendo, Daniel, que los chicos revolotean a mi alrededor porque yo les …..
Daniel acabó la frase que yo había iniciado - Si, cariño, les pones.
- Pero ¿cómo que les pongo? Esto no es posible, yo soy su tía y hermana.
- Eres su tía y hermana, si, de acuerdo, pero lo uno no quita a lo otro. Los chicos están en una edad en que lo único que tienen en la cabeza es o jugar a la Play o matarse a pajas. Y contigo todo el día a su lado en biquini o ligerita de ropa, pues… de Play, poco.
- Pero, ¡Qué bestia eres, Daniel!
- No exagero, Sonia, además, supongo que los chicos saben que hace un año que no podemos hacer el amor. Esto añade un punto de morbo al asunto. Saben que estás mal follada y que estás necesitada de una buena verga, y esto seguro que les pone, y no poco.
Daniel me contaba todo aquello, pero no enfadado, no, todo lo contrario. Juraría que lo decía con cara de vicio.
- ¿Me estás diciendo, Daniel, que te pone que los chicos se exciten conmigo?.
- Pues si, es verdad, me excita, aunque todavía no sé cómo canalizar esta excitación. Me siento a gusto y es agradable. Es cuanto puedo decirte.
- Estás enfermo, Daniel, no me creo nada.
- Mira, Sonia, ya sabes que mi polla en este momento, nada de nada. Con el tiempo ya veremos, pero mi mente funciona a las mil maravillas. Estos días, desde aquí arriba vengo observando que cuando estáis en la playa, los chicos tienen un comportamiento fuera de lo normal. En vez de jugar a la pelota, al tenis, o hacer aguadillas, están siempre a tu lado. Si tú te bañas, se bañan contigo. Si tu tomas el sol, ellos toman el sol contigo ¿A cuentos chicos de su edad conoces que les guste perder el tiempo tomando el sol?
- Ahora que lo dices, es verdad. Yo pensaba que lo hacían por mí, para hacerme compañía.
- Nada de esto, Sonia. Los niños toman el sol a tu lado no porque les guste el sol. Los chicos toman el sol a tu lado porque tu cuerpo les pone. En más de una ocasión, cuando estás estirada boca abajo con los ojos cerrados, he pillado a uno de ellos, sobre todo Juanque, con las manos dentro de su bañador acariciándose disimuladamente.
- Daniel, por favor ¿Qué me estás diciendo? ¿Mi hermano Juanque?
- Que si, Sonia, que los chicos ya no son tan chicos. A su edad, yo pensaba más con la punta de la polla que con la cabeza, y supongo que a ellos les ocurrirá lo mismo.
- Estoy alucinada, cariño, o sea que que los niños ya no son tan niños.
- No, cariño, no son tan niños.
- Pero, Daniel, yo no hago nada para provocarlos ¿Por qué se excitan conmigo?
- Mira, Sonia, estamos en verano, hace calor y todos andamos por casa ligeros de ropa. Los chicos en bañador, y tú en braguitas y camiseta, como has hecho siempre. Nunca te pones el sujetador, porque nunca lo has hecho, porque estamos en familia y hay confianza, pero... algo ha cambiado. Los niños ya no te ven como su querida tía o hermanita, ahora te miran como a una mujer, una mujer despampanante, una mujer muy deseable y apetecible, que es lo que eres, y si a esto añadimos lo de mal follada, su testosterona se revoluciona y pasa lo que pasa.
- Bueno, pues a partir de ahora me pondré más ropa para andar por casa, no quiero que los chicos piensen que soy una cualquiera.
- Ja ja ja, nada de esto, Sonia. Quiero que todo continúe como hasta ahora. Quiero que los chicos continúen disfrutando de tu excitante cuerpo para que se maten a pajas y se queden la mar de contentos, en cuanto a mí, me gusta lo que veo y me gusta que los chicos se exciten contigo. Ya te he dicho que esta situación me produce un ligero runrún en mi interior, es como si mi maltrecha polla quisiera resucitar, y te aseguro que no voy a renunciar a ello.
- Eres un enfermo mental, Daniel, lo que me pides es indecente.
- Si, Sonia, lo sé, es indecente, y tú que me quieres mucho vas a ayudarme. Aquellas sensaciones, cariño, quiero recuperarlas. Ya te he dicho que me pone mucho esta situación. Quiero que vuelvas locos a los chicos, que los excites, que los provoques, que te exhibas para ellos, quiero que solo piensen en ti y en que les encantaría follarte hasta dejarte seca.
Aquella conversación me estaba poniendo como una moto. O sea que yo, a mis treinta y cinco años tenía a dos jovencitos, mi hermano Juanque y mi sobrino Santi chochos perdidos. Jamás hubiera podido imaginar que esto fuera posible. Yo no había visto una polla en erección desde el desgraciado accidente de Daniel y ahora resultaba ser que mi hermano y mi sobrino, los muy tunantes estaban todo el día empalmados y todo ello gracias a mí. Y lo que era más importante aún, a Daniel no le importaba, todo lo contrario, me incitaba a jugar a un juego que podía ser muy peligroso.
- ¿Sabes, Daniel que todo esto que me estás contando me pone muy pero que muy cachonda?
- ¡Pero que guarra eres Sonia! ¡Yo también me pongo, no sé cómo pero siento cierta excitación, y no sabes tú cuanto me gusta!
Mientras nos besábamos, deslicé un dedito por entre los labios de mi coño. La zona estaba muy lubricada y sin dificultad el dedo se deslizó hasta el fondo. Sentí un leve estremecimiento, mis pechos se hincharon y los pezones se endurecieron, rozando desafiantes el pecho de Daniel.
La lengua húmeda de Daniel se deslizó hacia mi cuello, y continuó descendiendo más abajo, ejerciendo una ardiente succión en las cimas de mis pechos, primero con la lengua caliente y después con tiernos mordiscos que me hicieron jadear
- mmmmmm. Daniel, me encanta. Continúa, por favor.
Daniel posó una mano en mi coño apartando la mía. Deslizó sus dedos entre los húmedos pliegues de mi cueva jugueteando con el clítoris y expandiendo mi humedad con los dedos.
- ¿Tienes ganas de correrte?
- Por favor.... Le supliqué
- No tengas prisa, disfrútalo poco a poco, suavemente.
Y así, suavemente, los dedos de Daniel encharcados con mis jugos, se deslizaron por mi coño, desde la punta de mi botón rosado y centro de mi placer hasta el fondo de mis entrañas.
- La húmeda y caliente lengua de Daniel sorbía alternativamente mis pezones y mi boca. De sus labios salieron frases que exacerbaron mi lujuria hasta un extremo insoportable y el orgasmo más intenso que había tenido nunca explotó en mi interior.
Besé a Daniel con pasión agradeciéndole el placer recibido y al momento me quedé dormida.
Aquella noche tuve más de un sueño erótico. Al despertarme, y en silencio, abrazada a Daniel que todavía dormía, me hice un dedito mientras recordaba todo lo acontecido la noche anterior. Cuando alcancé el éxtasis vi a Daniel con ojos lujuriosos devorándome con la mirada.
- mmmmmm Buenos días, cariño.
- Buenos días, mi vida.
Este día estaba resuelta a comprobar que lo que me había dicho Daniel era cierto. Estaba dispuesta a jugar a este juego cuyo final no acertaba a adivinar.
Después de desayunar y de hacer las camas, bajamos los 4 a la playa. Los dos mayores salieron disparados con la nevera, sombrilla y toallas, a continuación David, intentando emularlos y finalmente yo. Cuando llegué abajo, los chicos ya estaban jugando en el agua.
Daniel, como de costumbre se quedó arriba, en la terraza, a la sombra de un parasol. Mientras nosotros disfrutábamos del mar, él se entretenía leyendo el periódico y tomando alguna que otra cerveza. En uno de los extremos de la terraza había un pequeño rincón desde el que se vislumbraba la zona de arena de la cala. Los chicos no sabían que su tío disponía de unos potentes prismáticos para no perder detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.
La zona de arena no tendría más de 10 metros de diámetro, el resto estaba cubierto de rocas inaccesibles desde los dos lados. Para acceder a aquella playa solamente era posible desde nuestra casa o bien por mar en barca. Durante todas las vacaciones no tuvimos la visita de ninguna barca, por lo que aquella se convirtió en nuestra playa particular.
Quería saber hasta qué punto tenía razón Daniel, y, para ver el comportamiento de los dos mayores pensé que lo mejor sería provocar un poco la situación. Les comenté a los niños que haciendo las camas había tenido un tirón en el hombro y que el dolor no me permitía doblar las manos hacia la espalda, y que este día tendrían que ayudarme con la crema solar. Así que me tendí sobre la toalla boca abajo y le pedí a David, el peque que me desabrochara las tiras del sujetador.
- David, cariño, ya sabes que no puedo.... , ¿Serías tan amable de desabrochar las tiras del sujetador para que no me queden marcas del sol en la espalda?
- Si, tiita.
David, torpemente maniobraba con las tiras de mi sujetador mientras los otros dos, cual buitres hambrientos, no se perdían detalle de la difícil operación que estaba llevando a término el pequeño. Santi y Juanque merodeaban a nuestro lado mientras David manipulaba el cierre. Al final, dio con el truco y consiguió liberarlo. En señal de gratitud permití a David que me extendiera crema por la espalda.
- David, mi vida, necesito otro favor, ¿Podrías extender crema por la espalda de tiita? - Es el tubo azul de Nivea Sun.
- Vale, tiita.
David abrió el bolso de la playa, dio con el tubo de crema, quitó el tapón, lo acercó a mi espalda, presionó y un buen chorretón de crema se desprendió del tubo. Aquella situación me divertía, las caras de los dos primos eran un poema. En su imaginación calenturienta imaginarían que alguien había derramado su corrida sobre mí. David cerró el tubo y azarosamente, con las dos manos procedió a extender la crema solar por mi espalda.
- Lo haces muy bien, cariño. Le dije para tranquilizarlo y de paso provocar un poco más a aquellos dos calenturientos.
- Sobre todo que no quede ninguna zona sin crema ¿Lo entiendes bien, cariño? Por los lados de las braguitas también, no importa que se manchen, luego, con el agua se va.
Nada más pronunciar la palabra “braguitas” que Santi y Juanque tuvieron que salir disparados hacia el agua. Imagino que para reducir la hinchazón que repentinamente se había producido en el interior de sus bañadores.
David era un sol ¿o era un tunante? No tuve que darle más órdenes, él continuaba masajeando mi espalda, desde arriba, desde el cuello hasta abajo, entre la comisura de mis braguitas. Mis generosos pechos, aplastados por mi cuerpo rebosaban ligeramente por entre los dos costados. De vez en cuando sus manos se entretenían sospechosamente más de lo normal en esta zona. A mí no me sabía mal, es más, me divertía, puesto que solamente era una pequeña porción de mis pechos. ¿Era posible que el peque también tuviera sus erecciones pensando en mí?
Los dos muchachos, agua a cintura comentaban algo entre ellos. Desde dónde yo estaba no podía entender lo que decían, lo que si veía claro, y esto se apreciaba en sus miradas, es que se me estaban comiendo con los ojos. Imagino que se estarían tocando, puesto que sus manos estaban completamente sumergidas bajo el agua.
Ya más calmados, no sé si relajados, salieron del agua y se acercaron de nuevo hasta nuestro lado. Extendieron sus dos toallas frente a la mía observando como David masajeaba la espalda de su querida tiita.
Se estaba confirmando lo que me dijo anoche Daniel. Aquella situación me divertía y excitaba a la vez. Quise avanzar un poco más en mi descaro y le propuse a mi sobrino:
- David, cariño, ¿Puedes ponerme también por las piernas?
-Sí, tiita, claro.
David, arrodillado en medio de mis dos largas piernas extendía la crema solar desde los tobillos hasta la altura de los muslos. Los dos primos comentaban algo entre sí, pero no llegaba a entenderlo.
- Juanque, ¿Decíais algo?
- No, Sonia, nada, cosas nuestras.
- ¡A saber en qué estaréis pensando! -Menudo par de tunantes estáis hechos.
Mientras David masajeaba mis muslos, con mis manos arrugué un poco la braguita hacia el interior de mis nalgas para dejar una porción más generosa de mi precioso culo a la vista de los chicos. Había convertido mis braguitas en un improvisado tanga.
- Por el culito también, mi amor, no queremos que se queme ¿verdad?
- No, tiita
El pequeño David, con las manos untadas de crema solar, y de forma un tanto torpe, aunque a mí no me importaba en absoluto, extendía sus manos por mis nalgas mientras aquellos dos no se perdían un solo detalle.
Se me ocurrió lo del tanga para alegrar la vista a Daniel, que seguro que con sus prismáticos no perdía detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.
Los chicos permanecían tumbados boca abajo y no perdían detalle de las manipulaciones que mi sobrino efectuaba por mi cuerpo. Ninguno de ellos se atrevía a ponerse boca arriba, de esta forma ocultaban la hinchazón de sus bañadores, prueba evidente de su excitación.
Después de la crema, masaje y baño solar decidí que había llegado el momento de cambiar el escenario, así que me propuse darme un baño.
- David, mi vida, ¿Puedes abrocharme el sujetador? Le supliqué al peque.
- Si, tiita, voy. David vino volando a mi lado y con facilidad abrochó el cierre del sujetador. Una vez resuelto el problema de abrirlo, cerrarlo fue muchísimo más simple.
Me incorporé y me dirigí al agua. Como ya os he comentado, la cala tenía forma de plaza redonda, con paredes altas en forma de rocas. La cala era de arena, la mitad estaba cubierta de agua y la otra mitad completamente seca, era la zona en la que tomábamos el sol. La zona de agua parecía una balsa, puesto que estaba protegida de mar abierto. El agua del mar se comunicaba con la cala a través de un pequeño canal no visible desde mar abierto.
El agua de la cala estaba siempre mucho más templada que la de mar abierto, y era muy agradable, al menos para mí que soy un poco friolera. El agua no cubría, y me llegaba justo a la altura del cuello. Era una auténtica gozada disfrutar de aquel paraíso. Ocultas bajo el agua, mis braguitas seguían arrugadas mostrando perfectamente la redondez de mis nalgas. Pese a las aguas transparentes, desde su posición los chicos no me veían, así que aproveché y deslicé un dedo por mi coñito, Después del espectáculo del masaje de David, mi almeja necesitaba un poco de mis atenciones. Me ponía un montón estar ahí tocándome mientras observaba a los chicos con sus ojos fijos en mí y estirados en sus toallas.
Al momento, los tres muchachos se incorporaron y, a la carrera se lanzaron al agua. Yo me mantenía un poco lejos de ellos, a flote, estirada totalmente, y boca arriba. En esta posición obsequiaba a los chicos con la visión de mis generosos pechos que se mostraban ante sus ojos ligeramente ocultos por el transparente sujetador, flotando y sobresaliendo ligeramente por encima de la superficie del agua. Los chicos no se apartaban de mi lado, nadando y revoloteando torpemente como si fueran moscones y sin perder detalle del espectáculo que les estaba regalando.
De vez en cuando me incorporaba, levantaba los brazos y me zambullía como si estuviera en un trampolín. Empezando por los brazos, mi cuerpo se sumergía lentamente en el agua: brazos, cabeza, espalda, culo y piernas. Desde su posición los chicos disfrutaban del hermoso espectáculo que les estaba ofreciendo. Mis nalgas semidesnudas aparecían y desaparecían ante sus narices. Cuando, después de la inmersión salía a la superficie, las caras de los tres chicos eran un poema, se les caía la baba.
Durante un buen rato estuvimos jugando a ver quién efectuaba mejor aquella maniobra de zambullida. Cada vez que uno lo hacía, los demás le puntuaban. A mí me pusieron un 10. ¿Por qué sería?
Era gratificante pensar que los chicos se excitaban conmigo, sobre todo mis dos sobrinos, Santi y David. Lo que me tenía un poco mosca era la actitud de Juanque, puesto que era mi hermano y aquello, aunque morboso, no podía ser muy sano.
También es cierto que tal y como estábamos viviendo aquellas vacaciones, yo era la única mujer que tenían a la vista. De todos es sabido que los chicos a estas edades estaban todo el día pajeándose yo debía ser la musa que inspiraba sus poluciones.
A media tarde dimos por finalizada la jornada de playa, por lo que recogimos todo y en procesión enfilamos los cuatro, cuesta arriba hacia Cala Rodona. Mientras yo ordenaba las cosas de la playa y tendía las toallas, los chicos fueron pasando por la caseta de la ducha uno tras otro. Como la cosa se alargaba decidí que yo me ducharía en mi habitación.
Después de cenar, pusimos una peli de video, y nos sentamos frente a la tele. En Cala Rodona disponíamos de un sofá largo en el que cabían 3 personas, 2 sillones individuales y una tumbona de playa que hacía las veces de sillón, pero mucho más cómodo, puesto que se abatía y también permitía tener los pies en alto.
Daniel se estiraba siempre en la tumbona de playa, yo me tumbaba en el sofá y los mayores utilizaban un sillón cada uno de ellos. El peque, cuando se quedaba, se sentaba a mi lado, pero aquella noche, David nos dejó y se fue a su habitación, por lo que nos quedamos exclusivamente los 4 mayores.
La sala estaba en penumbra, iluminada solamente por la luz que emitía el aparato de televisión. Al poco rato Daniel se hizo el dormido, momento que aproveché para provocar un poco más a los chicos.
Los dos estaban frente a mí, aposentados en su sillón y yo, estirada completamente en el sofá. Habitualmente vestía una camiseta larga, sin sujetador y unas braguitas tipo bañador, por lo que no debía preocuparme demasiado por si se me veían o no. Al fin y al cabo iba más vestida que cuando bajábamos a la playa.
Aquella noche de actos, me levanté para ir al baño, momento que aproveché para entrar en mi habitación, cambiarme las braguitas y sustituirlas por un diminuto tanga. Volví al sofá y me estiré sobre él de forma despreocupada, como hacía habitualmente. De reojo observé cómo les brillaban los ojos tanto a mi hermano como a mi sobrino. Simulé somnolencia y me di la vuelta para mostrarles mis nalgas desnudas. Desde su posición, Daniel, que no dormía, se divertía observando las reacciones de los dos monstruos pajeros.
Aquella noche, en nuestra cama, los dos desnudos, comentamos las experiencias vividas aquella jornada mientras Daniel me hacía un dedito en mi húmedo coño. Me explicó con detalle que cuando me estiré somnolienta en el sofá mostrando con atrevimiento mis desnudas nalgas ellos se estuvieron tocando la polla por encima del bañador y que, ya casi cuando se acababa la película, Juanque, con todo el descaro del mundo, se la acabó sacando y se corrió él sólo una tremenda paja.
Al oír su relato, mi lujuria se desató. Me hubiera encantado un montón ver como mi hermano Juanque se pajeaba con la visión de mi culo desnudo. Antes del accidente, con Daniel habíamos mantenido una actividad sexual frenética. Tanto a él como a mí nos gustaba todo, estábamos abiertos a nuevas experiencias. Asistíamos con frecuencia a un club de intercambio de parejas. Nos daba mucho morbo follar con diferentes personas en presencia de nuestra pareja. Yo, incluso había participado en tríos, no me importaba en absoluto comerme una buena almeja o que me la comieran a mí. A Daniel le volvía loco que le chuparan la polla mientras yo me comía su boca. Todo nuestro mundo sexual se derrumbó con el maldito accidente de moto. Por ahora, Daniel estaba imposibilitado para tener relaciones, pero su mente seguía igual de calenturienta, le excitaba observar el efecto que mi cuerpo provocaba en los dos muchachos.
- ¿Te has fijado en cómo te miraban los chavales? Me soltó Daniel, mientras continuaba con su dedito.
- Si, Daniel, me he fijado. Tenías razón, han estado todo el día pendientes de mí. Le respondí mientras disfrutaba del homenaje que Daniel daba a mi querido chochito.
- Me ha gustado lo que has hecho con tus braguitas. Ha sido muy ingenioso por tu parte convertirlas en un diminuto tanga. ¿Por qué lo has hecho? Estabas excitada?
- No sé, Daniel, ha sido improvisado, me ha salido así, sin pensarlo y me ha gustado, y creo que a los chicos también les ha gustado ¿No crees?
- Ya lo creo que les ha gustado, y sobre todo cuando efectuabais las zambullidas. Tu culo aparecía y desaparecía frente a sus narices, ha sido genial, cariño.
- Y a ti, Daniel, ¿Te ha gustado el numerito? Daniel continuaba haciéndome el dedito mientras que con la otra mano masajeaba alternativamente mis dos tetas. Uno de los pezones era, mientras tanto, lamido por su lengua juguetona. Sacándolo por un momento de la boca, respondió:
- Ya lo creo, he estado todo el día tocándome ahí abajo. Noto ciertas sensaciones, un tanto lejanas, pero que empiezan a ser agradables. Me has puesto como una moto, cariño.
Ahora Daniel me estaba dando un morreo de campeonato mientras con sus dedos me follaba con vigor. Eran tres dedos penetrando mi coño a gran velocidad y rozando mi Punto G. Como ya era habitual en mí, los orgasmos se sucedían uno tras otro en una secuencia que parecía no tener fin. Mi coño rezumaba jugos que salpicaban en su mano y mojaban la colcha de la cama. Mis orgasmos eran cada vez más intensos. Tenía que morderme la lengua, no podía gritar porque los chicos dormían en la habitación de al lado y esto añadía un poco más de morbo al asunto. Cuando me vi incapaz de soportar más placer, con mis manos conseguí sujetar el brazo de Daniel y, satisfecha, rota y agradecida me tumbé encima de él besándolo con pasión. Con cariño, cogí su mano totalmente mojada, la llevé a mis labios, y fui sorbiendo sus dedos, uno tras otro hasta dejarlos completamente limpios.
- Gracias por el placer que me das, cariño, ha sido fabuloso. Te quiero mucho.
- Yo también te quiero, ya lo sabes.
- Mañana quiero que sigas jugando con los niños ¿Lo harás verdad?.
- Si, cariño, lo haré para ti, y también para mí, este juego empieza a gustarme.
- Bien, pero mañana quiero que continúes con el juego del tanga, pero con un tanga de verdad.
- Pero, Daniel, no he cogido ningún bañador tanga, lo siento, no voy a poder.
-¿Como que no vas a poder? Claro que vas a poder. Si no tienes bañador, utilizas las braguitas.
- ¡Daniel, por favor! ¡No pretenderás que tome el sol frente a los chicos en braguitas!
- Me encantaría que lo hicieras, cariño. Lo deseo tanto…
- Pero, ¡si es casi como ir desnuda!
- De esto se trata, quiero que los provoques descaradamente, quiero que te exhibas ante ellos. Quiero que se mueran por follarte, pero sobre todo, quiero también, que tú te excites y que yo me excite. Es nuestro juego, y puede ser muy divertido.
Daniel acercó sus labios a los míos, deslizó de nuevo un dedo por mi húmeda rajita y me susurró - ¿Lo harás por nosotros?
- mmmm si, cariño, lo haré por nosotros, pero no sé qué va a pensar de todo esto mi hermanito Juanque.
- Juanque es el más calenturiento de todos, alucinarías si vieras cómo te mira, y cómo se toca la polla descaradamente cuando tú no miras.
- ¡Vaya con mi hermanito!. ¡Este chico ha salido tan calentorro como su hermana Sonia! Jugaremos, cariño, y que sea lo que tenga que ser.
- Gracias mi vida. Daniel dijo estas palabras mientras me hacía el último dedito de la noche. Había sido una larga y excitante jornada. No recuerdo bien si alcancé el orgasmo, creo que sencillamente, me quedé dormida en sus brazos.
Al día siguiente, después del desayuno, repartí los trabajos domésticos a efectuar. Había que limpiar, hacer las camas, barrer y fregar. Los chicos, sin quejarse hicieron todo cuanto les había encomendado. Cuando, por fin quedó la casa en orden de revista, preparamos la nevera, los útiles de la playa, que ya estaban a punto en la terraza desde el día anterior y, de nuevo, en procesión, nos dispusimos a disfrutar de una nueva jornada de playa en nuestra cala particular.
Daniel, al igual que el día anterior se quedó arriba en la terraza. A su lado, en una bolsa, y sin que los chicos lo supieran, los prismáticos estaban aguardando el inicio de la función, que, presumiblemente debía alcanzar una temperatura ligeramente superior a la del día anterior.
Hoy también los mayores salieron lanzados cuesta abajo, a continuación, David, intentando emularlos. Yo bajé en último lugar. Estaba un tanto nerviosa puesto que no me había puesto el traje de baño. Iba en ropa interior de color blanco y encima, la braguita era un diminuto tanga. A regañadientes había aceptado la proposición indecente de Daniel. No sé si había sido buena idea pero ahora ya no podía echar la marcha atrás.
Cuando llegué abajo, los chicos ya habían montado el tenderete. Habían extendido las toallas, habían izado la sombrilla que protegía la nevera con las bebidas y se estaban dando ya un chapuzón, momento que yo aproveché para sacarme la camiseta y estirarme rápidamente sobre la toalla boca abajo.
Mientras que los chicos habían estado entretenidos efectuando las tareas que les había encomendado después del desayuno, en mi habitación y frente al espejo había probado diferentes combinaciones de braguitas tanga y sujetador. Al final opté por unas de color blanco. Me sentía mucho más guapa y apetecible con este color puesto que el color blanco combinaba a la perfección con mi piel morena. La braguita era un tanto descarada, puesto que, por delante, a duras penas ocultaba la rajita de mi coño y dejaba al descubierto todos los pelos de alrededor. No tuve más remedio que recortarlos, cosa que hice con la ayuda de la maquinilla de afeitar de Daniel. En cuanto al sujetador, al final opté por utilizar la parte de arriba de uno de mis bañadores de color blanco. Juntos combinaban a la perfección.
La goma del tanga, a diferencia de la del bañador, apenas apretaba. La fina tela parecía flotar por encima de mi pubis. Al menor movimiento dejaba mi coño al descubierto, por lo que debía tener mucho cuidado sobre todo al darme la vuelta. Seguro que Daniel, desde su punto de observación se estaría relamiendo pendiente de cómo estaba evolucionando nuestro juego.
Al rato, oí como salían del agua. Yo me hice la dormida mientras los chicos se acercaban a mi lado. Comentaban algo entre ellos, pero no acertaba a entender sus palabras. Acercaron sus toallas a la mía y se tumbaron sobre ellas. Mantenía mis ojos cerrados, atenta a lo que ocurría, pero no ocurría nada. Los chicos estaban callados. A lo lejos acerté a escuchar la voz del pequeño que comentaba algo desde la cala.
Supongo que estarían los dos pendientes de mis nalgas desnudas, esta vez si, desnudas y simplemente cubiertas con un fino hilo que nacía en mi cintura y se perdía en las intimidades de mi coñito. Desde su posición, seguro que no veían ni el hilo. Seguro que ante sus ojos, lo único que veían era mi culo totalmente desnudo. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Seguro, pensé yo, que se estarían tocando, aprovechando que no podía verles. Ninguno de ellos decía nada. Al final opté por comentar….
- Perdonad, chicos, pero supongo que no os importa que tome el sol en tanga.
- No. Respondieron a dúo los dos a la vez.
- Bueno, es como si llevara bañador, total no se ve nada ¿verdad?
- No, no se te ve nada. Respondió Juanque.
¿Cómo que no se me ve nada? ¡Si tengo todo el culo al aire! Vaya cara que tenía mi hermanito.
- Ya sabéis que el sol es muy bueno para la piel, me han salidos unos granitos aquí (y con el dedo señalé el culo) y he pensado que lo mejor es que me toque el sol, así se curarán antes ¿no os parece?
Lo de los granos era mentira, se me acababa de ocurrir, pero quedaba bien ¿verdad?
- Si, si, el sol es muy bueno. Ese era Juanque de nuevo. A Santi le había comido la lengua el gato.
Permanecí en esta posición unos minutos más y al final opté por incorporarme, puesto que de lo contrario el sol acabaría quemándome. Con mucho cuidado, me di la vuelta, cogí el tubo de crema, derramé un buen chorretón por entre mis manos, y, suavemente fui extendiéndola por todo mi cuerpo, entreteniéndome más de lo debido en mis ingles y entre mis pechos.
De reojo observaba a Juanque y a Santi relamiéndose mientras mis manos masajeaban mi cuerpo tostado por el sol. Poco a poco, mis manos dejaron de masajear, cambiaron el ritmo y la presión y pasaron a acariciar suavemente aquello que antes apretaban. Mis dedos húmedos acariciaban sensualmente las ingles, el vientre, mi pecho…. Estaba ofreciendo un espectáculo sensual exclusivamente para mayores. Daniel seguro que estaría relamiéndose observando el numerito y las caras alucinadas de los muchachos.
Como número final, y mientras daba crema al canalillo entre mis pechos, introduje mis dos manos dentro de las cazoletas del sujetador para untar también con crema mis tetas y de paso, darles un homenaje a mis pezones, lo que hizo que automáticamente se erizaran. Cuando saqué las manos, las dos puntas desafiantes aparecieron a la vista de los muchachos. Era como si quisieran escapar por entre la tela del sujetador.
En la cala, a la orilla del mar, corría siempre una ligera brisa. El aire se colaba por entre la fina tela del tanga y mi rajita provocando una ligera fricción de la tela sobre mi coñito. Aquello era delicioso y opté por disfrutarlo dejándome caer de espaldas sobre la toalla. En esta posición, completamente estirada, el aire se colaba con más facilidad aún y las caricias que la tela efectuaba sobre mi coño eran una delicia. Me olvidé de los muchachos, me olvidé de Daniel y me concentré exclusivamente en mí, disfrutando del regalo que la brisa del mar me ofrecía. La sensación era extraña, la caricia que la tela ejercía sobre mi coño, era muy suave, demasiado suave. Me hubiera encantado hundir mis dedos y acabar con ello de una vez, pero no podía hacerlo, puesto que tenía a aquellos dos ahí, a mi lado, mirando y poniéndose las botas. Cerré los ojos, y me dejé ir, sin prisas, con paciencia, mucha paciencia, con la puerta abierta de par en par, esperando a que llegara la anhelada liberación, hasta que por fin llegó, ¡Vaya que si llegó y cómo llegó! …. ¡Os juro que acabé corriéndome como una loca!
- Ni que me lo hubieran jurado, no me hubiera nunca podido imaginar que pudiera correrme tan solo con el ligero roce de la braguita del tanga en mi depilado coño. Fue un orgasmo diferente a todo lo que había experimentado hasta ahora. Fué lento, excesivamente lento, diría yo, y cuando al fin llegó, explotó en mi interior y convulsionó todo mi cuerpo. En aquel momento, habría dado la vida porque una buena verga me hubiera penetrado y que me hubiera follado hasta haber destrozado mi coño en mil pedazos. En el momento del éxtasis tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se dieran cuenta aquellos dos pervertidos, aun así, algo se olieron porque, Juanque de nuevo preguntó:
- Sonia, ¿Te ocurre algo?
-¿Por qué lo dices? No, no me pasa nada, supongo que me he traspasado un momento, no es nada.
Mi coño seguía abrasándome, no me podía mover, las piernas me temblaban, la braguita revoltosa continuaba acariciando mi agradecida rajita que ya no soportaba más placer. Pude incorporarme con dificultad y, cruzando las piernas logré, por fin, desactivar el improvisado vibrador que minutos antes me había llevado al séptimo cielo.
Las braguitas mostraban más que ocultaban, era casi como estar desnuda frente a aquellos sinvergüenzas. Ya os he comentado que al menor descuido mostraban mi rajita con total descaro. Los muy tunantes se habían dado cuenta y no levantaban la vista de mi rasurado pubis.
- ¿Qué, os gusta lo que veis? Ja ja ja Me salió del alma.
Los chicos se quedaron con un palmo de narices. Mi pregunta les había pillado por sorpresa. Se pusieron rojos como tomates incapaces de abrir la boca.
- Es que estáis los dos con la boca abierta mirando mis braguitas y esto me pone un poco violenta.
Los chicos seguían con la boca abierta, incapaces de reaccionar a mi pregunta.
- Lo hago por resolver de una vez por todas, el tema de los granitos. Ya casi no me quedan, siento que tengáis que verme en braguitas, no quiero que os sintáis violentos. ¿Violentos? Anda ya, de eso nada, todo lo contrario. Los muy salidos se estaban poniendo las botas sentados en butaca y en primera fila del escenario.
- Hacedme un favor. Proseguí, - No se lo digáis a Daniel, porque si se entera que he bajado a la cala con estas braguitas seguro que pilla un buen mosqueo, y no queremos que se enfade, ¿De acuerdo?
- No te preocupes, no le diremos nada, dijo Juanque. Decididamente, alguien le había comido la lengua a Santi.
- ¿Sabéis? es más agradable tomar el sol en braguitas que en bañador, puesto que la goma del bañador me aprieta mucho, en cambio, la braguita es mucho más suave. Y al fin y al cabo, los dos tapan más o menos lo mismo, ¿no os parece?.
- Sí, claro Respondieron los dos a dúo. Por fin, habíamos recuperado la lengua de Santi.
- Cualquiera que me viera desde un poco lejos no adivinaría que voy en braguitas ¿verdad?
- Desde mi posición, Sonia, nadie diría que llevas braguitas. Parece que lleves bañador. De hecho, no me habría dado cuenta si no lo hubieras comentado, ya sabes que yo para esto soy muy despistado. Esto dijo el cabroncete de mi hermanito Juanque, haciéndose el tonto.
- Ni yo, ni yo. Este era el de que había perdido la lengua.
- Bueno, pues si no os molesta, voy a seguir tomando el sol, pero necesitaré un favor vuestro. Todavía me duele el brazo, como ayer y yo sola no puedo ponerme crema por detrás. ¿Seríais tan amables?. Y dicho esto, me di la vuelta y me tumbé boca abajo.
Al momento tenía cuatro manos sobre mi cuerpo peleándose por conseguir la mejor parcela. Mis nalgas se cotizaban al alza, puesto que era la zona donde se acumulaban más manos, en cambio, la espalda apenas recibía atenciones.
Decidí cambiar un poco las tornas y le solicité a Juanque que desabrochara la tira del sujetador para que pudieran ponerme crema con más facilidad. Juanque, a diferencia de David, a la primera dio con el cierre.
Los chicos se estaban poniendo las botas, Tenían mi cuerpo a su disposición, ¡y vaya cuerpo!. Estaba prácticamente desnuda ante ellos. Una diminuta tira cruzaba mi cintura desde la que salía un pequeño hilo que se perdía por el interior de mis nalgas. Los pechos aplastados por mi cuerpo sobresalían escandalosamente por los dos costados.
Con esta maniobra conseguí equilibrar un poco las fuerzas. Mientras dos manos masajeaban ¿Masajeaban? Yo no lo definiría como que masajeaban más bien acariciaban mis nalgas, otras dos lo hacían con mi espalda. No tampoco espalda, más bien los dos costados y el trozo de teta que rebosaba.
- Porfa, no os olvidéis también de mis piernas y de mis brazos - Les dije.
Os aseguro que me sobaron a conciencia. Mi culo quedó impregnado y protegido con crema para todo un año. Algún que otro dedo se coló indecentemente por entre mis nalgas y estuvo a punto de alcanzar mi rajita que rezumaba jugos escandalosamente, pero no me preocupaba en absoluto puesto que toda la zona estaba completamente mojada. Al final, decidí dar aquello por acabado dándoles las gracias.
- Muchas gracias a los dos, no sé qué haría sin vosotros. Sois un encanto, de verdad.
- De nada. Respondieron a dúo.
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Unas Inocentes Vacaciones de Verano – Capítulo 001
Me llamo Sonia y tengo 45 años. Lo que voy a relatar ocurrió hace 15 años en Llafranc, un pueblecito de la Costa Brava durante unas vacaciones de verano.
Mis padres me cedieron en herencia una casita de pescadores ubicada sobre un pequeño acantilado y con un camino particular a través del cual se accedía a una pequeña cala. La casita en cuestión, cuando ellos la adquirieron la bautizaron como Cala Rodona, puesto que el diminuto trozo de playa con arena se parecía a una plaza de toros rodeada de rocas y con un pequeño estrecho para acceder a mar abierto. La playa en cuestión no llegaba a 20 metros de diámetro, la mitad de la cual estaba cubierta de agua con una profundidad máxima de metro y medio. Era el lugar ideal para disfrutar de unas vacaciones íntimas en familia.
En aquel verano del 2000, las circunstancias familiares eran un tanto complejas, intentaré describirlas para poneros en situación. Mi marido, Daniel acababa de salir del hospital y se estaba recuperando de las secuelas producidas por un accidente de moto. En dicho accidente se fracturó las dos caderas y la pelvis. Durante todo un año los médicos lo estuvieron recomponiendo y fue un auténtico calvario entre hospital, operaciones y sesiones de recuperación.
Aunque no estaba del todo restablecido, los médicos consideraron oportuno que este verano lo pasara fuera del hospital, a poder ser cerca del mar para ver si así acelerábamos la recuperación.
En cuanto a nuestra vida de pareja, era un tanto complicada, puesto que desde el accidente, nada de nada: El ambiente hospitalario, las operaciones y las duras sesiones de recuperación no propiciaban el ambiente adecuado para el sexo. Desde el fatídico accidente, Daniel no había conseguido una erección, no obstante, los médicos lo atribuyeron todo a las operaciones y a la fuerte medicación a la que era sometido. Con el tiempo no dudaban que su cuerpo volvería a la normalidad.
Nuestra situación económica, sin llegar a ser demasiado boyante, la teníamos resuelta. El dinero bien invertido de una herencia recibida nos reportaba una renta mensual equiparable a un buen sueldo, por lo que, en este sentido, el accidente no había trastocado significativamente nuestra economía.
Habida cuenta que íbamos a pasar todo el verano en Cala Rodona, y, dadas las limitaciones de Daniel, nos trajimos a mi hermano Juanque para que me me ayudara en las tareas más difíciles de la casa, así como, por si fuera preciso, ayudar a Daniel. Juanque, de 18 años, vivía con mis padres en un pueblecito del interior, le gustaba mucho el mar pero no tenía demasiadas oportunidades para salir del pueblo. Aquellas vacaciones serían para él algo inolvidable.
Aunque éramos como hermanos, Juanque era hijo adoptivo. Mis padres, tras muchos intentos infructuosos de conseguir un segundo hijo, optaron por la adopción. Juanque llegó a casa con 3 años, y todos lo recibimos con mucha alegría. Coincidió su llegada con mi marcha a Barcelona por motivos de estudios. Cuando a los 22 años finalicé la carrera, encontré trabajo en un gabinete de abogados de Girona y allí trasladé mi vivienda. La relación que habíamos mantenido con Juanque se había limitado a mis visitas esporádicas al hogar de mi infancia. Últimamente teníamos más contacto gracias al correo electrónico y al messenger.
Para acabar de redondearlo y para que Juanque no se aburriera con nosotros, invitamos también a los dos sobrinos de Daniel: Santi, de la misma edad que Juanque y el pequeño David de 14 años.
Una vez instalados en Cala Rodona, organizamos todo para disfrutar de un buen verano, con la esperanza de que Daniel se recuperara lo más pronto posible de sus lesiones para que nuestro matrimonio volviera a la normalidad y de que los chicos disfrutaran de unas buenas vacaciones.
Cala Rodona disponía de tres habitaciones, la de matrimonio que utilizábamos Daniel y yo y las otras dos estaban ocupadas, una con dos camas en la que dormían los dos sobrinos de mi marido, David y Santi y otra más pequeña que ocupaba mi hermano Juanque. Disponíamos también de un cuarto de baño que utilizábamos principalmente Daniel y yo puesto que quedaba dentro de nuestra habitación, aunque también tenía una puerta que daba al pasillo. En cuanto a la cocina, comedor y sala de estar, estaba todo en una misma pieza, creo que se denomina cocina americana. Disponíamos también de una gran terraza con vistas al mar desde la cual se accedía por un camino de rocas hasta la pequeña cala. En uno de los extremos de la terraza teníamos una pequeña caseta con una ducha que utilizábamos para eliminar los restos de arena de la playa y así evitar ensuciar el baño y la casa.
Como vivíamos lejos de Llafranc, destinábamos una tarde a la semana para hacer las compras y reponer así nuestra despensa.
La jornada, habitualmente se iniciaba más o menos a las 10, hora del desayuno, y posteriormente yo misma asignaba a cada uno de los chicos las tareas a realizar: fregar los platos; hacer las camas; fregar el suelo y sacar la basura, que se depositaba en un bidón del municipio situado a unos 100 metros de la casa y que los empleados municipales recogían cada dos días.
La limpieza del cuarto de baño y preparar la nevera con el hielo y las bebidas que nos bajábamos a la playa eran tareas que yo efectuaba. Daniel, al que no le gustaban ni el sol ni el agua de mar se encargaba de preparar la comida y tener la mesa preparada para el mediodía. Teníamos una primera sesión de baño por la mañana, después del desayuno y otra por la tarde, después de la comida y de una buena siesta.
A media tarde finalizaba la jornada de playa. Tocaba ducha, merienda, y tiempo libre para los chicos mientras que Daniel y yo preparábamos la cena. Después de cenar acostumbrábamos a ver alguna peli del vídeo y luego, a media noche más o menos, todo el mundo a la cama.
En Cala Rodona no teníamos aire acondicionado, y en las habitaciones hacía mucho calor. Antes de acostarme y para dormir más fresca, acostumbraba a darme una ducha de agua fría Habían transcurrido solamente tres días desde el inicio de nuestras vacaciones y estaba yo en el baño cuando Daniel, desde la cama me comentó:
- ¿Sabes, cariño que los chicos no te sacan los ojos de encima? -
- Pero, ¿qué me dices?, no, no me había dado cuenta - le respondí.
- No sé qué les das, pero los tienes como pajaritos, comiendo de tus manos.
- No seas exagerado, Daniel, no será para tanto.
- Que si, tú fíjate y ya verás como no exagero.
- Bueno, a partir de mañana ya me fijaré.
Las palabras de Daniel me hicieron reflexionar, y observé que no le faltaba razón: desde que nos instalamos los cinco en Cala Rodona no había sido preciso discutir con ninguno de ellos. Todo lo que les pedía lo hacían sin rechistar, incluso las tareas más desagradables como tirar la basura, pasar la escoba o fregar los platos. ¡Un tanto extraño en niños de esta edad!.
- Si, cariño, los chicos están muy amables, me ayudan mucho en las tareas de la casa.
- No, mi vida, no me refería precisamente a esto que tu comentas - me soltó Daniel.
- ¿Ah, no te refieres a esto? Entonces, Daniel, si no te explicas…. - le comenté.
Daniel siguió:
- Me refería a que están todo el día revoloteando a tu lado, pendientes de ti, en especial cuando bajáis a la playa. Ya sabes que no tengo nada que hacer en todo el día, y que desde aquí arriba, con mis prismáticos, observo todo lo que ocurre a tu alrededor.
- Me estás diciendo, Daniel, que los chicos revolotean a mi alrededor porque yo les …..
Daniel acabó la frase que yo había iniciado - Si, cariño, les pones.
- Pero ¿cómo que les pongo? Esto no es posible, yo soy su tía y hermana.
- Eres su tía y hermana, si, de acuerdo, pero lo uno no quita a lo otro. Los chicos están en una edad en que lo único que tienen en la cabeza es o jugar a la Play o matarse a pajas. Y contigo todo el día a su lado en biquini o ligerita de ropa, pues… de Play, poco.
- Pero, ¡Qué bestia eres, Daniel!
- No exagero, Sonia, además, supongo que los chicos saben que hace un año que no podemos hacer el amor. Esto añade un punto de morbo al asunto. Saben que estás mal follada y que estás necesitada de una buena verga, y esto seguro que les pone, y no poco.
Daniel me contaba todo aquello, pero no enfadado, no, todo lo contrario. Juraría que lo decía con cara de vicio.
- ¿Me estás diciendo, Daniel, que te pone que los chicos se exciten conmigo?.
- Pues si, es verdad, me excita, aunque todavía no sé cómo canalizar esta excitación. Me siento a gusto y es agradable. Es cuanto puedo decirte.
- Estás enfermo, Daniel, no me creo nada.
- Mira, Sonia, ya sabes que mi polla en este momento, nada de nada. Con el tiempo ya veremos, pero mi mente funciona a las mil maravillas. Estos días, desde aquí arriba vengo observando que cuando estáis en la playa, los chicos tienen un comportamiento fuera de lo normal. En vez de jugar a la pelota, al tenis, o hacer aguadillas, están siempre a tu lado. Si tú te bañas, se bañan contigo. Si tu tomas el sol, ellos toman el sol contigo ¿A cuentos chicos de su edad conoces que les guste perder el tiempo tomando el sol?
- Ahora que lo dices, es verdad. Yo pensaba que lo hacían por mí, para hacerme compañía.
- Nada de esto, Sonia. Los niños toman el sol a tu lado no porque les guste el sol. Los chicos toman el sol a tu lado porque tu cuerpo les pone. En más de una ocasión, cuando estás estirada boca abajo con los ojos cerrados, he pillado a uno de ellos, sobre todo Juanque, con las manos dentro de su bañador acariciándose disimuladamente.
- Daniel, por favor ¿Qué me estás diciendo? ¿Mi hermano Juanque?
- Que si, Sonia, que los chicos ya no son tan chicos. A su edad, yo pensaba más con la punta de la polla que con la cabeza, y supongo que a ellos les ocurrirá lo mismo.
- Estoy alucinada, cariño, o sea que que los niños ya no son tan niños.
- No, cariño, no son tan niños.
- Pero, Daniel, yo no hago nada para provocarlos ¿Por qué se excitan conmigo?
- Mira, Sonia, estamos en verano, hace calor y todos andamos por casa ligeros de ropa. Los chicos en bañador, y tú en braguitas y camiseta, como has hecho siempre. Nunca te pones el sujetador, porque nunca lo has hecho, porque estamos en familia y hay confianza, pero... algo ha cambiado. Los niños ya no te ven como su querida tía o hermanita, ahora te miran como a una mujer, una mujer despampanante, una mujer muy deseable y apetecible, que es lo que eres, y si a esto añadimos lo de mal follada, su testosterona se revoluciona y pasa lo que pasa.
- Bueno, pues a partir de ahora me pondré más ropa para andar por casa, no quiero que los chicos piensen que soy una cualquiera.
- Ja ja ja, nada de esto, Sonia. Quiero que todo continúe como hasta ahora. Quiero que los chicos continúen disfrutando de tu excitante cuerpo para que se maten a pajas y se queden la mar de contentos, en cuanto a mí, me gusta lo que veo y me gusta que los chicos se exciten contigo. Ya te he dicho que esta situación me produce un ligero runrún en mi interior, es como si mi maltrecha polla quisiera resucitar, y te aseguro que no voy a renunciar a ello.
- Eres un enfermo mental, Daniel, lo que me pides es indecente.
- Si, Sonia, lo sé, es indecente, y tú que me quieres mucho vas a ayudarme. Aquellas sensaciones, cariño, quiero recuperarlas. Ya te he dicho que me pone mucho esta situación. Quiero que vuelvas locos a los chicos, que los excites, que los provoques, que te exhibas para ellos, quiero que solo piensen en ti y en que les encantaría follarte hasta dejarte seca.
Aquella conversación me estaba poniendo como una moto. O sea que yo, a mis treinta y cinco años tenía a dos jovencitos, mi hermano Juanque y mi sobrino Santi chochos perdidos. Jamás hubiera podido imaginar que esto fuera posible. Yo no había visto una polla en erección desde el desgraciado accidente de Daniel y ahora resultaba ser que mi hermano y mi sobrino, los muy tunantes estaban todo el día empalmados y todo ello gracias a mí. Y lo que era más importante aún, a Daniel no le importaba, todo lo contrario, me incitaba a jugar a un juego que podía ser muy peligroso.
- ¿Sabes, Daniel que todo esto que me estás contando me pone muy pero que muy cachonda?
- ¡Pero que guarra eres Sonia! ¡Yo también me pongo, no sé cómo pero siento cierta excitación, y no sabes tú cuanto me gusta!
Mientras nos besábamos, deslicé un dedito por entre los labios de mi coño. La zona estaba muy lubricada y sin dificultad el dedo se deslizó hasta el fondo. Sentí un leve estremecimiento, mis pechos se hincharon y los pezones se endurecieron, rozando desafiantes el pecho de Daniel.
La lengua húmeda de Daniel se deslizó hacia mi cuello, y continuó descendiendo más abajo, ejerciendo una ardiente succión en las cimas de mis pechos, primero con la lengua caliente y después con tiernos mordiscos que me hicieron jadear
- mmmmmm. Daniel, me encanta. Continúa, por favor.
Daniel posó una mano en mi coño apartando la mía. Deslizó sus dedos entre los húmedos pliegues de mi cueva jugueteando con el clítoris y expandiendo mi humedad con los dedos.
- ¿Tienes ganas de correrte?
- Por favor.... Le supliqué
- No tengas prisa, disfrútalo poco a poco, suavemente.
Y así, suavemente, los dedos de Daniel encharcados con mis jugos, se deslizaron por mi coño, desde la punta de mi botón rosado y centro de mi placer hasta el fondo de mis entrañas.
- La húmeda y caliente lengua de Daniel sorbía alternativamente mis pezones y mi boca. De sus labios salieron frases que exacerbaron mi lujuria hasta un extremo insoportable y el orgasmo más intenso que había tenido nunca explotó en mi interior.
Besé a Daniel con pasión agradeciéndole el placer recibido y al momento me quedé dormida.
Aquella noche tuve más de un sueño erótico. Al despertarme, y en silencio, abrazada a Daniel que todavía dormía, me hice un dedito mientras recordaba todo lo acontecido la noche anterior. Cuando alcancé el éxtasis vi a Daniel con ojos lujuriosos devorándome con la mirada.
- mmmmmm Buenos días, cariño.
- Buenos días, mi vida.
Este día estaba resuelta a comprobar que lo que me había dicho Daniel era cierto. Estaba dispuesta a jugar a este juego cuyo final no acertaba a adivinar.
Después de desayunar y de hacer las camas, bajamos los 4 a la playa. Los dos mayores salieron disparados con la nevera, sombrilla y toallas, a continuación David, intentando emularlos y finalmente yo. Cuando llegué abajo, los chicos ya estaban jugando en el agua.
Daniel, como de costumbre se quedó arriba, en la terraza, a la sombra de un parasol. Mientras nosotros disfrutábamos del mar, él se entretenía leyendo el periódico y tomando alguna que otra cerveza. En uno de los extremos de la terraza había un pequeño rincón desde el que se vislumbraba la zona de arena de la cala. Los chicos no sabían que su tío disponía de unos potentes prismáticos para no perder detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.
La zona de arena no tendría más de 10 metros de diámetro, el resto estaba cubierto de rocas inaccesibles desde los dos lados. Para acceder a aquella playa solamente era posible desde nuestra casa o bien por mar en barca. Durante todas las vacaciones no tuvimos la visita de ninguna barca, por lo que aquella se convirtió en nuestra playa particular.
Quería saber hasta qué punto tenía razón Daniel, y, para ver el comportamiento de los dos mayores pensé que lo mejor sería provocar un poco la situación. Les comenté a los niños que haciendo las camas había tenido un tirón en el hombro y que el dolor no me permitía doblar las manos hacia la espalda, y que este día tendrían que ayudarme con la crema solar. Así que me tendí sobre la toalla boca abajo y le pedí a David, el peque que me desabrochara las tiras del sujetador.
- David, cariño, ya sabes que no puedo.... , ¿Serías tan amable de desabrochar las tiras del sujetador para que no me queden marcas del sol en la espalda?
- Si, tiita.
David, torpemente maniobraba con las tiras de mi sujetador mientras los otros dos, cual buitres hambrientos, no se perdían detalle de la difícil operación que estaba llevando a término el pequeño. Santi y Juanque merodeaban a nuestro lado mientras David manipulaba el cierre. Al final, dio con el truco y consiguió liberarlo. En señal de gratitud permití a David que me extendiera crema por la espalda.
- David, mi vida, necesito otro favor, ¿Podrías extender crema por la espalda de tiita? - Es el tubo azul de Nivea Sun.
- Vale, tiita.
David abrió el bolso de la playa, dio con el tubo de crema, quitó el tapón, lo acercó a mi espalda, presionó y un buen chorretón de crema se desprendió del tubo. Aquella situación me divertía, las caras de los dos primos eran un poema. En su imaginación calenturienta imaginarían que alguien había derramado su corrida sobre mí. David cerró el tubo y azarosamente, con las dos manos procedió a extender la crema solar por mi espalda.
- Lo haces muy bien, cariño. Le dije para tranquilizarlo y de paso provocar un poco más a aquellos dos calenturientos.
- Sobre todo que no quede ninguna zona sin crema ¿Lo entiendes bien, cariño? Por los lados de las braguitas también, no importa que se manchen, luego, con el agua se va.
Nada más pronunciar la palabra “braguitas” que Santi y Juanque tuvieron que salir disparados hacia el agua. Imagino que para reducir la hinchazón que repentinamente se había producido en el interior de sus bañadores.
David era un sol ¿o era un tunante? No tuve que darle más órdenes, él continuaba masajeando mi espalda, desde arriba, desde el cuello hasta abajo, entre la comisura de mis braguitas. Mis generosos pechos, aplastados por mi cuerpo rebosaban ligeramente por entre los dos costados. De vez en cuando sus manos se entretenían sospechosamente más de lo normal en esta zona. A mí no me sabía mal, es más, me divertía, puesto que solamente era una pequeña porción de mis pechos. ¿Era posible que el peque también tuviera sus erecciones pensando en mí?
Los dos muchachos, agua a cintura comentaban algo entre ellos. Desde dónde yo estaba no podía entender lo que decían, lo que si veía claro, y esto se apreciaba en sus miradas, es que se me estaban comiendo con los ojos. Imagino que se estarían tocando, puesto que sus manos estaban completamente sumergidas bajo el agua.
Ya más calmados, no sé si relajados, salieron del agua y se acercaron de nuevo hasta nuestro lado. Extendieron sus dos toallas frente a la mía observando como David masajeaba la espalda de su querida tiita.
Se estaba confirmando lo que me dijo anoche Daniel. Aquella situación me divertía y excitaba a la vez. Quise avanzar un poco más en mi descaro y le propuse a mi sobrino:
- David, cariño, ¿Puedes ponerme también por las piernas?
-Sí, tiita, claro.
David, arrodillado en medio de mis dos largas piernas extendía la crema solar desde los tobillos hasta la altura de los muslos. Los dos primos comentaban algo entre sí, pero no llegaba a entenderlo.
- Juanque, ¿Decíais algo?
- No, Sonia, nada, cosas nuestras.
- ¡A saber en qué estaréis pensando! -Menudo par de tunantes estáis hechos.
Mientras David masajeaba mis muslos, con mis manos arrugué un poco la braguita hacia el interior de mis nalgas para dejar una porción más generosa de mi precioso culo a la vista de los chicos. Había convertido mis braguitas en un improvisado tanga.
- Por el culito también, mi amor, no queremos que se queme ¿verdad?
- No, tiita
El pequeño David, con las manos untadas de crema solar, y de forma un tanto torpe, aunque a mí no me importaba en absoluto, extendía sus manos por mis nalgas mientras aquellos dos no se perdían un solo detalle.
Se me ocurrió lo del tanga para alegrar la vista a Daniel, que seguro que con sus prismáticos no perdía detalle de todo lo que ocurría ahí abajo.
Los chicos permanecían tumbados boca abajo y no perdían detalle de las manipulaciones que mi sobrino efectuaba por mi cuerpo. Ninguno de ellos se atrevía a ponerse boca arriba, de esta forma ocultaban la hinchazón de sus bañadores, prueba evidente de su excitación.
Después de la crema, masaje y baño solar decidí que había llegado el momento de cambiar el escenario, así que me propuse darme un baño.
- David, mi vida, ¿Puedes abrocharme el sujetador? Le supliqué al peque.
- Si, tiita, voy. David vino volando a mi lado y con facilidad abrochó el cierre del sujetador. Una vez resuelto el problema de abrirlo, cerrarlo fue muchísimo más simple.
Me incorporé y me dirigí al agua. Como ya os he comentado, la cala tenía forma de plaza redonda, con paredes altas en forma de rocas. La cala era de arena, la mitad estaba cubierta de agua y la otra mitad completamente seca, era la zona en la que tomábamos el sol. La zona de agua parecía una balsa, puesto que estaba protegida de mar abierto. El agua del mar se comunicaba con la cala a través de un pequeño canal no visible desde mar abierto.
El agua de la cala estaba siempre mucho más templada que la de mar abierto, y era muy agradable, al menos para mí que soy un poco friolera. El agua no cubría, y me llegaba justo a la altura del cuello. Era una auténtica gozada disfrutar de aquel paraíso. Ocultas bajo el agua, mis braguitas seguían arrugadas mostrando perfectamente la redondez de mis nalgas. Pese a las aguas transparentes, desde su posición los chicos no me veían, así que aproveché y deslicé un dedo por mi coñito, Después del espectáculo del masaje de David, mi almeja necesitaba un poco de mis atenciones. Me ponía un montón estar ahí tocándome mientras observaba a los chicos con sus ojos fijos en mí y estirados en sus toallas.
Al momento, los tres muchachos se incorporaron y, a la carrera se lanzaron al agua. Yo me mantenía un poco lejos de ellos, a flote, estirada totalmente, y boca arriba. En esta posición obsequiaba a los chicos con la visión de mis generosos pechos que se mostraban ante sus ojos ligeramente ocultos por el transparente sujetador, flotando y sobresaliendo ligeramente por encima de la superficie del agua. Los chicos no se apartaban de mi lado, nadando y revoloteando torpemente como si fueran moscones y sin perder detalle del espectáculo que les estaba regalando.
De vez en cuando me incorporaba, levantaba los brazos y me zambullía como si estuviera en un trampolín. Empezando por los brazos, mi cuerpo se sumergía lentamente en el agua: brazos, cabeza, espalda, culo y piernas. Desde su posición los chicos disfrutaban del hermoso espectáculo que les estaba ofreciendo. Mis nalgas semidesnudas aparecían y desaparecían ante sus narices. Cuando, después de la inmersión salía a la superficie, las caras de los tres chicos eran un poema, se les caía la baba.
Durante un buen rato estuvimos jugando a ver quién efectuaba mejor aquella maniobra de zambullida. Cada vez que uno lo hacía, los demás le puntuaban. A mí me pusieron un 10. ¿Por qué sería?
Era gratificante pensar que los chicos se excitaban conmigo, sobre todo mis dos sobrinos, Santi y David. Lo que me tenía un poco mosca era la actitud de Juanque, puesto que era mi hermano y aquello, aunque morboso, no podía ser muy sano.
También es cierto que tal y como estábamos viviendo aquellas vacaciones, yo era la única mujer que tenían a la vista. De todos es sabido que los chicos a estas edades estaban todo el día pajeándose yo debía ser la musa que inspiraba sus poluciones.
A media tarde dimos por finalizada la jornada de playa, por lo que recogimos todo y en procesión enfilamos los cuatro, cuesta arriba hacia Cala Rodona. Mientras yo ordenaba las cosas de la playa y tendía las toallas, los chicos fueron pasando por la caseta de la ducha uno tras otro. Como la cosa se alargaba decidí que yo me ducharía en mi habitación.
Después de cenar, pusimos una peli de video, y nos sentamos frente a la tele. En Cala Rodona disponíamos de un sofá largo en el que cabían 3 personas, 2 sillones individuales y una tumbona de playa que hacía las veces de sillón, pero mucho más cómodo, puesto que se abatía y también permitía tener los pies en alto.
Daniel se estiraba siempre en la tumbona de playa, yo me tumbaba en el sofá y los mayores utilizaban un sillón cada uno de ellos. El peque, cuando se quedaba, se sentaba a mi lado, pero aquella noche, David nos dejó y se fue a su habitación, por lo que nos quedamos exclusivamente los 4 mayores.
La sala estaba en penumbra, iluminada solamente por la luz que emitía el aparato de televisión. Al poco rato Daniel se hizo el dormido, momento que aproveché para provocar un poco más a los chicos.
Los dos estaban frente a mí, aposentados en su sillón y yo, estirada completamente en el sofá. Habitualmente vestía una camiseta larga, sin sujetador y unas braguitas tipo bañador, por lo que no debía preocuparme demasiado por si se me veían o no. Al fin y al cabo iba más vestida que cuando bajábamos a la playa.
Aquella noche de actos, me levanté para ir al baño, momento que aproveché para entrar en mi habitación, cambiarme las braguitas y sustituirlas por un diminuto tanga. Volví al sofá y me estiré sobre él de forma despreocupada, como hacía habitualmente. De reojo observé cómo les brillaban los ojos tanto a mi hermano como a mi sobrino. Simulé somnolencia y me di la vuelta para mostrarles mis nalgas desnudas. Desde su posición, Daniel, que no dormía, se divertía observando las reacciones de los dos monstruos pajeros.
Aquella noche, en nuestra cama, los dos desnudos, comentamos las experiencias vividas aquella jornada mientras Daniel me hacía un dedito en mi húmedo coño. Me explicó con detalle que cuando me estiré somnolienta en el sofá mostrando con atrevimiento mis desnudas nalgas ellos se estuvieron tocando la polla por encima del bañador y que, ya casi cuando se acababa la película, Juanque, con todo el descaro del mundo, se la acabó sacando y se corrió él sólo una tremenda paja.
Al oír su relato, mi lujuria se desató. Me hubiera encantado un montón ver como mi hermano Juanque se pajeaba con la visión de mi culo desnudo. Antes del accidente, con Daniel habíamos mantenido una actividad sexual frenética. Tanto a él como a mí nos gustaba todo, estábamos abiertos a nuevas experiencias. Asistíamos con frecuencia a un club de intercambio de parejas. Nos daba mucho morbo follar con diferentes personas en presencia de nuestra pareja. Yo, incluso había participado en tríos, no me importaba en absoluto comerme una buena almeja o que me la comieran a mí. A Daniel le volvía loco que le chuparan la polla mientras yo me comía su boca. Todo nuestro mundo sexual se derrumbó con el maldito accidente de moto. Por ahora, Daniel estaba imposibilitado para tener relaciones, pero su mente seguía igual de calenturienta, le excitaba observar el efecto que mi cuerpo provocaba en los dos muchachos.
- ¿Te has fijado en cómo te miraban los chavales? Me soltó Daniel, mientras continuaba con su dedito.
- Si, Daniel, me he fijado. Tenías razón, han estado todo el día pendientes de mí. Le respondí mientras disfrutaba del homenaje que Daniel daba a mi querido chochito.
- Me ha gustado lo que has hecho con tus braguitas. Ha sido muy ingenioso por tu parte convertirlas en un diminuto tanga. ¿Por qué lo has hecho? Estabas excitada?
- No sé, Daniel, ha sido improvisado, me ha salido así, sin pensarlo y me ha gustado, y creo que a los chicos también les ha gustado ¿No crees?
- Ya lo creo que les ha gustado, y sobre todo cuando efectuabais las zambullidas. Tu culo aparecía y desaparecía frente a sus narices, ha sido genial, cariño.
- Y a ti, Daniel, ¿Te ha gustado el numerito? Daniel continuaba haciéndome el dedito mientras que con la otra mano masajeaba alternativamente mis dos tetas. Uno de los pezones era, mientras tanto, lamido por su lengua juguetona. Sacándolo por un momento de la boca, respondió:
- Ya lo creo, he estado todo el día tocándome ahí abajo. Noto ciertas sensaciones, un tanto lejanas, pero que empiezan a ser agradables. Me has puesto como una moto, cariño.
Ahora Daniel me estaba dando un morreo de campeonato mientras con sus dedos me follaba con vigor. Eran tres dedos penetrando mi coño a gran velocidad y rozando mi Punto G. Como ya era habitual en mí, los orgasmos se sucedían uno tras otro en una secuencia que parecía no tener fin. Mi coño rezumaba jugos que salpicaban en su mano y mojaban la colcha de la cama. Mis orgasmos eran cada vez más intensos. Tenía que morderme la lengua, no podía gritar porque los chicos dormían en la habitación de al lado y esto añadía un poco más de morbo al asunto. Cuando me vi incapaz de soportar más placer, con mis manos conseguí sujetar el brazo de Daniel y, satisfecha, rota y agradecida me tumbé encima de él besándolo con pasión. Con cariño, cogí su mano totalmente mojada, la llevé a mis labios, y fui sorbiendo sus dedos, uno tras otro hasta dejarlos completamente limpios.
- Gracias por el placer que me das, cariño, ha sido fabuloso. Te quiero mucho.
- Yo también te quiero, ya lo sabes.
- Mañana quiero que sigas jugando con los niños ¿Lo harás verdad?.
- Si, cariño, lo haré para ti, y también para mí, este juego empieza a gustarme.
- Bien, pero mañana quiero que continúes con el juego del tanga, pero con un tanga de verdad.
- Pero, Daniel, no he cogido ningún bañador tanga, lo siento, no voy a poder.
-¿Como que no vas a poder? Claro que vas a poder. Si no tienes bañador, utilizas las braguitas.
- ¡Daniel, por favor! ¡No pretenderás que tome el sol frente a los chicos en braguitas!
- Me encantaría que lo hicieras, cariño. Lo deseo tanto…
- Pero, ¡si es casi como ir desnuda!
- De esto se trata, quiero que los provoques descaradamente, quiero que te exhibas ante ellos. Quiero que se mueran por follarte, pero sobre todo, quiero también, que tú te excites y que yo me excite. Es nuestro juego, y puede ser muy divertido.
Daniel acercó sus labios a los míos, deslizó de nuevo un dedo por mi húmeda rajita y me susurró - ¿Lo harás por nosotros?
- mmmm si, cariño, lo haré por nosotros, pero no sé qué va a pensar de todo esto mi hermanito Juanque.
- Juanque es el más calenturiento de todos, alucinarías si vieras cómo te mira, y cómo se toca la polla descaradamente cuando tú no miras.
- ¡Vaya con mi hermanito!. ¡Este chico ha salido tan calentorro como su hermana Sonia! Jugaremos, cariño, y que sea lo que tenga que ser.
- Gracias mi vida. Daniel dijo estas palabras mientras me hacía el último dedito de la noche. Había sido una larga y excitante jornada. No recuerdo bien si alcancé el orgasmo, creo que sencillamente, me quedé dormida en sus brazos.
Al día siguiente, después del desayuno, repartí los trabajos domésticos a efectuar. Había que limpiar, hacer las camas, barrer y fregar. Los chicos, sin quejarse hicieron todo cuanto les había encomendado. Cuando, por fin quedó la casa en orden de revista, preparamos la nevera, los útiles de la playa, que ya estaban a punto en la terraza desde el día anterior y, de nuevo, en procesión, nos dispusimos a disfrutar de una nueva jornada de playa en nuestra cala particular.
Daniel, al igual que el día anterior se quedó arriba en la terraza. A su lado, en una bolsa, y sin que los chicos lo supieran, los prismáticos estaban aguardando el inicio de la función, que, presumiblemente debía alcanzar una temperatura ligeramente superior a la del día anterior.
Hoy también los mayores salieron lanzados cuesta abajo, a continuación, David, intentando emularlos. Yo bajé en último lugar. Estaba un tanto nerviosa puesto que no me había puesto el traje de baño. Iba en ropa interior de color blanco y encima, la braguita era un diminuto tanga. A regañadientes había aceptado la proposición indecente de Daniel. No sé si había sido buena idea pero ahora ya no podía echar la marcha atrás.
Cuando llegué abajo, los chicos ya habían montado el tenderete. Habían extendido las toallas, habían izado la sombrilla que protegía la nevera con las bebidas y se estaban dando ya un chapuzón, momento que yo aproveché para sacarme la camiseta y estirarme rápidamente sobre la toalla boca abajo.
Mientras que los chicos habían estado entretenidos efectuando las tareas que les había encomendado después del desayuno, en mi habitación y frente al espejo había probado diferentes combinaciones de braguitas tanga y sujetador. Al final opté por unas de color blanco. Me sentía mucho más guapa y apetecible con este color puesto que el color blanco combinaba a la perfección con mi piel morena. La braguita era un tanto descarada, puesto que, por delante, a duras penas ocultaba la rajita de mi coño y dejaba al descubierto todos los pelos de alrededor. No tuve más remedio que recortarlos, cosa que hice con la ayuda de la maquinilla de afeitar de Daniel. En cuanto al sujetador, al final opté por utilizar la parte de arriba de uno de mis bañadores de color blanco. Juntos combinaban a la perfección.
La goma del tanga, a diferencia de la del bañador, apenas apretaba. La fina tela parecía flotar por encima de mi pubis. Al menor movimiento dejaba mi coño al descubierto, por lo que debía tener mucho cuidado sobre todo al darme la vuelta. Seguro que Daniel, desde su punto de observación se estaría relamiendo pendiente de cómo estaba evolucionando nuestro juego.
Al rato, oí como salían del agua. Yo me hice la dormida mientras los chicos se acercaban a mi lado. Comentaban algo entre ellos, pero no acertaba a entender sus palabras. Acercaron sus toallas a la mía y se tumbaron sobre ellas. Mantenía mis ojos cerrados, atenta a lo que ocurría, pero no ocurría nada. Los chicos estaban callados. A lo lejos acerté a escuchar la voz del pequeño que comentaba algo desde la cala.
Supongo que estarían los dos pendientes de mis nalgas desnudas, esta vez si, desnudas y simplemente cubiertas con un fino hilo que nacía en mi cintura y se perdía en las intimidades de mi coñito. Desde su posición, seguro que no veían ni el hilo. Seguro que ante sus ojos, lo único que veían era mi culo totalmente desnudo. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Seguro, pensé yo, que se estarían tocando, aprovechando que no podía verles. Ninguno de ellos decía nada. Al final opté por comentar….
- Perdonad, chicos, pero supongo que no os importa que tome el sol en tanga.
- No. Respondieron a dúo los dos a la vez.
- Bueno, es como si llevara bañador, total no se ve nada ¿verdad?
- No, no se te ve nada. Respondió Juanque.
¿Cómo que no se me ve nada? ¡Si tengo todo el culo al aire! Vaya cara que tenía mi hermanito.
- Ya sabéis que el sol es muy bueno para la piel, me han salidos unos granitos aquí (y con el dedo señalé el culo) y he pensado que lo mejor es que me toque el sol, así se curarán antes ¿no os parece?
Lo de los granos era mentira, se me acababa de ocurrir, pero quedaba bien ¿verdad?
- Si, si, el sol es muy bueno. Ese era Juanque de nuevo. A Santi le había comido la lengua el gato.
Permanecí en esta posición unos minutos más y al final opté por incorporarme, puesto que de lo contrario el sol acabaría quemándome. Con mucho cuidado, me di la vuelta, cogí el tubo de crema, derramé un buen chorretón por entre mis manos, y, suavemente fui extendiéndola por todo mi cuerpo, entreteniéndome más de lo debido en mis ingles y entre mis pechos.
De reojo observaba a Juanque y a Santi relamiéndose mientras mis manos masajeaban mi cuerpo tostado por el sol. Poco a poco, mis manos dejaron de masajear, cambiaron el ritmo y la presión y pasaron a acariciar suavemente aquello que antes apretaban. Mis dedos húmedos acariciaban sensualmente las ingles, el vientre, mi pecho…. Estaba ofreciendo un espectáculo sensual exclusivamente para mayores. Daniel seguro que estaría relamiéndose observando el numerito y las caras alucinadas de los muchachos.
Como número final, y mientras daba crema al canalillo entre mis pechos, introduje mis dos manos dentro de las cazoletas del sujetador para untar también con crema mis tetas y de paso, darles un homenaje a mis pezones, lo que hizo que automáticamente se erizaran. Cuando saqué las manos, las dos puntas desafiantes aparecieron a la vista de los muchachos. Era como si quisieran escapar por entre la tela del sujetador.
En la cala, a la orilla del mar, corría siempre una ligera brisa. El aire se colaba por entre la fina tela del tanga y mi rajita provocando una ligera fricción de la tela sobre mi coñito. Aquello era delicioso y opté por disfrutarlo dejándome caer de espaldas sobre la toalla. En esta posición, completamente estirada, el aire se colaba con más facilidad aún y las caricias que la tela efectuaba sobre mi coño eran una delicia. Me olvidé de los muchachos, me olvidé de Daniel y me concentré exclusivamente en mí, disfrutando del regalo que la brisa del mar me ofrecía. La sensación era extraña, la caricia que la tela ejercía sobre mi coño, era muy suave, demasiado suave. Me hubiera encantado hundir mis dedos y acabar con ello de una vez, pero no podía hacerlo, puesto que tenía a aquellos dos ahí, a mi lado, mirando y poniéndose las botas. Cerré los ojos, y me dejé ir, sin prisas, con paciencia, mucha paciencia, con la puerta abierta de par en par, esperando a que llegara la anhelada liberación, hasta que por fin llegó, ¡Vaya que si llegó y cómo llegó! …. ¡Os juro que acabé corriéndome como una loca!
- Ni que me lo hubieran jurado, no me hubiera nunca podido imaginar que pudiera correrme tan solo con el ligero roce de la braguita del tanga en mi depilado coño. Fue un orgasmo diferente a todo lo que había experimentado hasta ahora. Fué lento, excesivamente lento, diría yo, y cuando al fin llegó, explotó en mi interior y convulsionó todo mi cuerpo. En aquel momento, habría dado la vida porque una buena verga me hubiera penetrado y que me hubiera follado hasta haber destrozado mi coño en mil pedazos. En el momento del éxtasis tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se dieran cuenta aquellos dos pervertidos, aun así, algo se olieron porque, Juanque de nuevo preguntó:
- Sonia, ¿Te ocurre algo?
-¿Por qué lo dices? No, no me pasa nada, supongo que me he traspasado un momento, no es nada.
Mi coño seguía abrasándome, no me podía mover, las piernas me temblaban, la braguita revoltosa continuaba acariciando mi agradecida rajita que ya no soportaba más placer. Pude incorporarme con dificultad y, cruzando las piernas logré, por fin, desactivar el improvisado vibrador que minutos antes me había llevado al séptimo cielo.
Las braguitas mostraban más que ocultaban, era casi como estar desnuda frente a aquellos sinvergüenzas. Ya os he comentado que al menor descuido mostraban mi rajita con total descaro. Los muy tunantes se habían dado cuenta y no levantaban la vista de mi rasurado pubis.
- ¿Qué, os gusta lo que veis? Ja ja ja Me salió del alma.
Los chicos se quedaron con un palmo de narices. Mi pregunta les había pillado por sorpresa. Se pusieron rojos como tomates incapaces de abrir la boca.
- Es que estáis los dos con la boca abierta mirando mis braguitas y esto me pone un poco violenta.
Los chicos seguían con la boca abierta, incapaces de reaccionar a mi pregunta.
- Lo hago por resolver de una vez por todas, el tema de los granitos. Ya casi no me quedan, siento que tengáis que verme en braguitas, no quiero que os sintáis violentos. ¿Violentos? Anda ya, de eso nada, todo lo contrario. Los muy salidos se estaban poniendo las botas sentados en butaca y en primera fila del escenario.
- Hacedme un favor. Proseguí, - No se lo digáis a Daniel, porque si se entera que he bajado a la cala con estas braguitas seguro que pilla un buen mosqueo, y no queremos que se enfade, ¿De acuerdo?
- No te preocupes, no le diremos nada, dijo Juanque. Decididamente, alguien le había comido la lengua a Santi.
- ¿Sabéis? es más agradable tomar el sol en braguitas que en bañador, puesto que la goma del bañador me aprieta mucho, en cambio, la braguita es mucho más suave. Y al fin y al cabo, los dos tapan más o menos lo mismo, ¿no os parece?.
- Sí, claro Respondieron los dos a dúo. Por fin, habíamos recuperado la lengua de Santi.
- Cualquiera que me viera desde un poco lejos no adivinaría que voy en braguitas ¿verdad?
- Desde mi posición, Sonia, nadie diría que llevas braguitas. Parece que lleves bañador. De hecho, no me habría dado cuenta si no lo hubieras comentado, ya sabes que yo para esto soy muy despistado. Esto dijo el cabroncete de mi hermanito Juanque, haciéndose el tonto.
- Ni yo, ni yo. Este era el de que había perdido la lengua.
- Bueno, pues si no os molesta, voy a seguir tomando el sol, pero necesitaré un favor vuestro. Todavía me duele el brazo, como ayer y yo sola no puedo ponerme crema por detrás. ¿Seríais tan amables?. Y dicho esto, me di la vuelta y me tumbé boca abajo.
Al momento tenía cuatro manos sobre mi cuerpo peleándose por conseguir la mejor parcela. Mis nalgas se cotizaban al alza, puesto que era la zona donde se acumulaban más manos, en cambio, la espalda apenas recibía atenciones.
Decidí cambiar un poco las tornas y le solicité a Juanque que desabrochara la tira del sujetador para que pudieran ponerme crema con más facilidad. Juanque, a diferencia de David, a la primera dio con el cierre.
Los chicos se estaban poniendo las botas, Tenían mi cuerpo a su disposición, ¡y vaya cuerpo!. Estaba prácticamente desnuda ante ellos. Una diminuta tira cruzaba mi cintura desde la que salía un pequeño hilo que se perdía por el interior de mis nalgas. Los pechos aplastados por mi cuerpo sobresalían escandalosamente por los dos costados.
Con esta maniobra conseguí equilibrar un poco las fuerzas. Mientras dos manos masajeaban ¿Masajeaban? Yo no lo definiría como que masajeaban más bien acariciaban mis nalgas, otras dos lo hacían con mi espalda. No tampoco espalda, más bien los dos costados y el trozo de teta que rebosaba.
- Porfa, no os olvidéis también de mis piernas y de mis brazos - Les dije.
Os aseguro que me sobaron a conciencia. Mi culo quedó impregnado y protegido con crema para todo un año. Algún que otro dedo se coló indecentemente por entre mis nalgas y estuvo a punto de alcanzar mi rajita que rezumaba jugos escandalosamente, pero no me preocupaba en absoluto puesto que toda la zona estaba completamente mojada. Al final, decidí dar aquello por acabado dándoles las gracias.
- Muchas gracias a los dos, no sé qué haría sin vosotros. Sois un encanto, de verdad.
- De nada. Respondieron a dúo.
-