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nicoadicto

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La fisura​



Había salido un momento mientras Marta se preparaba. Necesitaba hacer una cosa en casa de Herminia y disponía de poco tiempo. Ésta abrió al tercer timbrazo y Cristian entró como una exhalación hasta el salón. Ella cerró la puerta y lo siguió al paso de quien no tiene ninguna prisa.

—Miré esto—dijo plantando el móvil frente a su cara con el brazo en alto.

Herminia observó con detenimiento lo que trataba de enseñarle. Tras unos interminables segundos apartó la vista de la pantalla para clavarla en él.

—Debes ser gilipollas si piensas que a mi edad soy capaz de leer esa letra piojosa sin gafas.

Cristian omitió un exabrupto y barrió la estancia con la vista. No tardó en encontrar las gafas sobre la mesita central que le ofreció a la señora.

—Tenga —urgió—, y ahora, lea.

Se hizo con ellas y con el móvil y se sentó en el sofá con una calma que exasperó al adolescente. Con las lentes a media nariz y el aparato cogido con ambas manos, leyó con detenimiento, moviendo los labios y desplazando con el dedo hasta el final del texto.

Frunció el ceño y releyó una segunda vez. Por su cara, parecía que no llegaba a entender.

—El wasap es de mi novia —explicó a la señora que tardaba una eternidad en mostrar una reacción.

Ella asintió como si ya hubiera llegado a esa conclusión para, acto seguido, comenzar a mostrar una sonrisa maliciosa. Se quitó las gafas que guardó en una funda y le devolvió el aparato.

—Tu novia… ¿te odia?

—No, me quiere con locura. ¡Me ama! —corrigió algo avergonzado.

Herminia levantó una ceja, suspicaz y se recostó en el sofá. Su sonrisa mutó a una mueca de suficiencia. Eso no se lo creía ni de coña.

—Que sí, joder. Lo que ha leído es un juego que tenemos entre nosotros. Unas… pruebas que nos ponemos para excitar la relación.

—Para putearos —matizó.

—Sí… no. Es decir… —se frotó la frente con dos dedos— de eso se trata. Nos pone darnos un poco de caña y ahora me toca cumplir a mí.

—A ver si me entero. Tu novia… que te ama y te quiere… te pide que ¿te grabes meneándote la colita con las bragas de tu “vecina la vieja”?

—No, con mi vecina la “modelo de trajes de baño”.

Herminia soltó una carcajada por lo bobo que sonaba todo eso. Después, apoyó ambos brazos a los lados del respaldo en ademán de poder. Acababa de recibir la más morbosa noticia de la última parte de su vida. Su vecino adolescente buenorro iba a masturbarse con una de sus bragas. Se mordió el labio inferior disfrutando de la fantasía.

—No se haga ilusiones, Doña Rogelia —dijo adivinando sus pensamientos—. No pienso tocar sus arreos de vieja ni con un palo. He traído las mías de casa.

Del bolsillo sacó unas bragas blancas con encaje. Las últimas que poseía de Marta. Su vecina chasqueó la lengua de fastidio, pero no por ello perdió su sonrisa traviesa.

—Esto es lo que vamos a hacer —explicó él—. Usted se pone ahí, hablando de sus chorradas, como si estuviera haciendo algo. Yo me pongo a grabar en plan furtivo para que se note que es un vídeo robado. Entonces hago como que voy al aseo y, móvil en mano, entro a su cuarto, cojo estas bragas de donde sea que guarde sus trapos viejos y me la meneo en su baño; le envío el vídeo a mi novia y… fin.

Herminia le escuchaba con indisimulado interés, asintiendo a cada parte de su plan. Cuando acabó, señaló con el dedo hacia su dormitorio. Lo que su joven vecino se traía entre manos con su novia, era una auténtica chifladura de chiquillos, pero se lo estaba pasando bien participando en sus juegos.

—Segundo cajón de la mesilla izquierda.

Era todo lo que Cristian necesitaba oír. Dio media vuelta y salió al pasillo desde donde llegó a la habitación de su anciana vecina. El dulce aroma a frutas le llenó la nariz y, junto con las viejas fotografías de la pared, evocaron la típica imagen retro.

Puso la vista en la mesilla donde reposaban los retratos de su marido y de ella con su hijo. Debajo, localizó el cajón que le había dicho y lo abrió. Dentro encontró un montón de ropa íntima. Extendió en su mano la prenda que había traído consigo y la comparó con la que estaba viendo.

«Dan el pego, pueden pasar como suyas».

Las depositó con cuidado como si fueran a contaminarse y cerró el mueble. Antes de irse se planteó rebuscar entre el resto de los cajones. Sin embargo, la sola posibilidad de toparse con sus consoladores le hizo desistir.



— · —​



—Has tardado mucho —le dijo Herminia al volver con ella al salón.

—¿Y qué quiere? He fisgado en sus cosas lo más rápido que he podido.

Ella levantó una ceja sin saber si debería creerle, pero la mirada asesina que le echó casi le fríe los testículos.

—Venga, póngase ahí como si hiciera algo útil —instó él.

La mujer, que ya se estaba levantando, fue hasta una de las estanterías y abrió una puerta acristalada. Dentro habían unas copas de cristal fino e hizo como que las limpiaba. Cristian levantó el móvil y comenzó a grabar.

—¿Dices tú de mili? —dijo ella de espaldas como si estuviera en medio de una conversación—. Mili, la que pasó mi difunto esposo en Melilla.

—Voy un momento al baño, Herminia —dijo en un volumen excesivamente elevado.

Con el brazo en alto, intentando que la imagen fuera lo más estable posible, fue recorriendo la casa hasta colarse de nuevo en el cuarto de la anciana.

—El sargento Peláez —se oía al fondo—, menudo mal bicho.

Cristian abrió el cajón y pasó la mano por encima de la lencería, simulando estar eligiendo.

—Estas mismas —susurró cerca del aparato.

Lo siguiente fue ir hasta el baño y cerrase dentro. De nuevo, un agradable aroma a jazmín le produjo una sensación tranquilizadora, como un recuerdo feliz. Fijó el smartphone sobre la cisterna del váter y se colocó frente a él, desnudo de cintura para abajo.

Desplegó las bragas frente a la cámara y se las llevó a la nariz donde aspiró con los ojos cerrados.

—¿Es esto lo que querías? —dijo al objetivo—. Pues ale, para que veas que te quiero más que a mi propia vida.

Volvió a olerlas y a besarlas. Después, se enrolló la prenda en el miembro y se la empezó a menear. No tardó en tenerla dura.

—Lo hago por ti, Cris. Me estoy pajeando con unas bragas de una tía mucho mayor que yo. —Tenía la frente arrugada y la cara de esfuerzo—. Y voy a pensar en ella mientras me pajeo, y en que me la follo, como querías. Oh, oooh, uuum.

Un buen rato después, lleno de obscenidades y gemidos, consiguió dejar las bragas perdidas de semen que mostró para que lo viera su novia.

«Y… enviar», se dijo antes de apagar el móvil.



— · —​



—¿Ya? —se sorprendió Herminia al verlo entrar—. Ha sido rápido.

Estaba sentada en el sofá, con las gafas a media nariz y periódico en mano.

—Porque tengo prisa. Además, venía motivado, acabo de estar con la novia buenorra de mi padre. —Guiñó un ojo—. Casi hemos hecho las paces.

—Y eso quiere decir…

—Que la cuenta vuelve a cero.

—Eso está bien —sonrió—. No siempre se puede volver a empezar en casos como el tuyo. Ahora, lo que debes hacer es esperar la oportunidad.

—Ya, lo que pasa es que ahora tengo otro plan.

Herminia cerró el periódico y se giró a cámara lenta hacia él, salivando. Cristian ya esperaba su reacción con una sonrisa lobuna cruzando su cara.

—La madre de Cris —explicó.

—¿Tu novia? —preguntó estupefacta.

Él asintió con una caída de ojos.

—En serio, chico —dijo sin poder dar crédito—, no dejas de sorprenderme.

Una adulación que hinchó el pecho del adolescente.

—Su padrastro debe ser impotente o algo así —explicó—. El caso… —se acercó y se sentó a su lado— el caso es que… lo va a flipar… me ha ofrecido a su mujer. —Enderezó el cuerpo—. ¡A su mujer! —La sonrisa de oreja a oreja era de auténtica felicidad—. Joder, pienso follarme a esa zorra en la puta cara de ese cabrón.

La expresión de su vecina se congeló como si no llegara a comprender o como si, lo que oía, no fuera plato de su gusto.

—¿Se lo vas a restregar a tu suegro? —Tono neutro.

—No lo dude. Ufff, cómo me pone solo de pensarlo.

—Eso… no está bien. —Frente arrugada y mirada seria.

—¿Pero qué dice? Si es un puto gorila gilipollas. Además, ha sido idea suya. Busca un macho empotrador que la satisfaga.

Herminia movía el mentón a un lado y a otro, cavilando.

—¿Y ella está de acuerdo?

—Nah, ni de coña. Pasa de enrollarse con nadie, y menos con el novio de su hija —explicó—, o que lo mismo es frígida, yo qué sé. Pero me la pela, esa cae fijo. Se lo digo yo. Solo hay que saber mover hilos.

Pero la cara de su vecina seguía con la misma expresión de recelo. Su rostro se había ensombrecido y sus labios formaban una línea recta de desaprobación.

—Déjalo estar. No merece la pena meterte en ese cagadero.

La advertencia fue seria y al adolescente no le gustó el tono ni el pesimismo. Esa no era la reacción que esperaba y la contestación sonó en el mismo tono.

—¿Pero qué dice? Si usted disfruta con esto tanto como yo.

—Solo cuando nadie sale perjudicado y tu plan no deja a nadie en pie. —Le señaló con el dedo—. Mira, mocoso, una cosa es jugar sin que el cornudo se entere y otra muy diferente es mearte en su orgullo y convertirlo en humillación pública con la mujer que ama.

—¿Per-do-neee? ¿Y me lo dice usted, que corneaba a su propio marido con el cabrón de su jefe?

—Yo encontraba placer en el silencio cómplice y en la dulce ignorancia de mi esposo que nunca conoció el dolor por mi causa. Tú buscas herir, humillar, alimentarte de su vergüenza y rebajarlo todo lo posible.

—¡Pero que ha sido él! Jodeeer.

—Porque la quiere tanto que es capaz de renunciar a su orgullo —gritó—. De hecho, ya ha perdido la cordura por culpa de la pena y no sabe dónde se mete. Apártate de esa mujer.

—Ni de coña, vamos.

Herminia bullía de rabia. Había comenzado a respirar agitadamente y en sus ojos se percibía la ira de quien discute con un idiota que cree tener razón.

—Vas a hundir a ese hombre y a hacer de ella una desgraciada. —Movió la cabeza con pesadumbre—. Por no hablar de tu novia. La vas a perder y nunca va a poder mirarse a la cara con su madre.

—Deje a Cris en paz. Ella… ella no tiene por qué saber NADA.

—Se enterará, es su madre y esas cosas siempre terminan saliendo a la luz. —Cogió aire e intentó ser más diplomática—. Vas a joder un matrimonio y a tu propio noviazgo. Déjalo estar, chico, retírate. Esto es diferente a lo que te traías con tu madrastra. Ella no va a ceder.

—Perdone, ¿que me retire yo? Soy Cristian, ¡CRISTIAN!, y todavía no se me ha resistido ninguna tía que se me haya metido entre ceja y ceja.

—Vas a cagarla y, esta vez, no habrá segunda oportunidad.

—¡Calle! vejestorio. Usted… usted no me conoce.

—Te equivocas, niño. Te conozco mejor que tú mismo. Y te digo que no va a salir bien. Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque sé de lo que estoy hablando. Su padre cambiará de opinión cuando llegue el momento de dar el paso; su madre se sentirá sucia por haber accedido a traicionar a su marido, y su hija… —hizo una pausa para coger aire—, su hija les dejará de hablar a los dos. —Se levantó elevándose por encima de él—. Pero, sobre todo, porque solo eres un niño tonto y gilipollas que confunde manipular con entender y follar con importar.

—¡Y usted una vieja chocha y solitaria que se muere de envidia por no haber podido conseguir lo que tengo yo!

La mujer se quedó con la palabra en la boca, sorprendida de lo que había dicho, pero, sobre todo, por el tono. La conversación ya se había ido de madre.

—¡Mire a mi novia, a mi familia, a mis colegas! A todas las tías a las que me he tirado —casi gritaba—. Hasta mi suegro, que es un ogro, me ofrece a su mujer. ¡A su mujer, joder! —gritó—. Me la ofrece él. —Se levantó marcando la diferencia de altura—. Y usted… usted… ¿Qué tiene usted?

Se puso a dar vueltas por la habitación con la respiración agitada. Herminia lo observaba con el temor a que se pusiera violento, pero sin dar muestras de asustarse.

—Mírese, viviendo de recuerdos. Eso es lo único que le queda, miserables ecos de sí misma. —Se volvió contra ella y la señaló con el dedo—. Sí, ese es su problema, que vive en el pasado, de cuando usted era alguien. Me di cuenta la primera vez que entré a su cuarto. No hay fotos de amigos, de fiestas o de vacaciones, solo retratos suyos, de lo que fue, de lo que nunca volverá a ser. —Estaba realmente enojado— En toda la casa no hay una puta imagen de alguien que no sea usted de joven. Y, en la realidad ¿qué le queda? Nada, solo una pobre triste y solitaria vida de vieja verde persiguiéndose a sí misma en las paredes. Sin familia, sin amigos.

—¿Y tú, acaso tienes amigos? —escupió—. No, solo colegas —el labio le temblaba—, “CO-LE-GAS”. Así es como se llaman los tontos útiles de un niñato con ego de estratega y cerebro de peón, comparsas que solo sirven para beber en compañía.

—¿Como la que le hace su hijo? Ese subnormal sin educación que la rehúye y que lleva años sin hablar a su propia madre. —Se acercó a ella y se puso cara a cara—. ¿Qué pasó? ¿Pilló a un extraño metiendo la colita en el chochete de su mami bajo la mirada lacrimógena de su papi?

Los ojos de Herminia brillaban. Y hubiesen llorado si no fuera porque hacía mucho que olvidaron cómo se hacía.

Permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro, dejando pasar los segundos. El eco de las palabras pronunciadas todavía resonaba con fuerza. Quizás, ambos ya se estarían arrepintiendo o, quizás, solo preparaban otro asalto.

—Vete de mi casa.

Cristian tensó la mandíbula, apretando hasta que los músculos de su maxilar se abultaron a cada lado. Tardó en hablar, dejando caer los segundos antes de mover sus labios.

—Claro. —Se enderezó y dio dos pasos dirección a la puerta. Antes de desaparecer, se giró hacia ella—. Hágase un favor y llámele. Dígale que quiere volver a verle reír como en esa foto de su cuarto que tanto añora y que tan cerca guarda de usted. —Fue a salir, pero se detuvo de nuevo—. O mejor, dígale que usted es dueña de su cuerpo y que puede follar con quien le dé la gana y, que si no le gusta, puede irse a la mierda.


Fin capítulo XIX

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Excelente, como siempre!!!
Nunca deja de haber un giro inesperado en esta historia y eso la hace cada vez más atrapante
 

ASeneka

Pajillero
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La cena​



Pese a estar apartado del centro, ubicado en un polígono industrial en declive, se encontraba abarrotado de chavales en busca de un alimento barato en medio de un espacio solo para ellos. Chicos y chicas jóvenes de aspecto variopinto hablando a voces y moviendo la cabeza al son de multitud de aparatos portátiles. En aquel lugar Marta se encontraba más perdida que un pulpo en un garaje.

—Está guay, ¿eh? —le decía Cristian.

Había que reconocer que no estaba mal aquel trozo de suburbio. Tanto la decoración exterior del burger, con alfombras imitación a hierba, unas palmeras perimetrales que lo separaban del resto de los pabellones y modernas carpas preparadas para los días de sol, como el interior del local: funcional, pero con gusto.

Una miríada de chicos con el atuendo de la franquicia, recorrían las mesas limpiando y recogiendo restos de vasos de papel y bandejas que las docenas de adolescentes (muchos de ellos menores de edad) iban abandonando. De entre todos ellos, uno levantó la mano cuando reconoció a Cristian.

—Es mi colega —explicó—. Y, flipa, es el nieto de la vecina de enfrente.

—¿La vieja huraña?

—Herminia, sí, esa.

Marta lo escaneó de arriba abajo.

—Parece majo.

—Sí, un poco fantasma con el rollo de las tías, pero buena gente. Me lo paso bien escuchándole.

El parecido con su abuela no era muy notable, pero siempre se acordaba de ella cuando estaban juntos. Sonrió por dentro.

—Esa Herminia… es amiga tuya, ¿no?

—Pssse… bueno, tampoco tanto, solemos hablar en la escalera. A veces le subo la compra.

—Ya —dijo cavilante—, la he visto antes en el descansillo. Creo que estaba escuchando detrás de la puerta.

—¿De la nuestra?

—Me dijo una cosa muy rara. Creo que se refería a ti. No sé, además de vieja debe estar chocha.

—¿Qué… qué cosa?

—Nada, olvídalo, serían imaginaciones mías porque era muy fuerte.

—¿Cómo de fuerte?

—Mira, ahí viene tu amigo —cortó ella que se vio sorprendida por la presencia del muchacho nuevo.

—Cristian, chaval, al final has venido.

Se saludaron al modo que lo hacen los chicos de su edad, choque de manos y semiabrazo de medio cuerpo. Marta se ruborizó hasta las orejas a causa de la mirada que le echó el muchacho. Cristian, en cambio, se hinchó de orgullo por ser el acompañante de aquella MILF. No fueron pocas las miradas que recibió de ese tipo.

Ocuparon una mesa afuera. Sus bandejas estaban llenas de bolsitas de kétchup, mahonesa y una enorme cantidad de patatas fritas. Durante un buen rato Cristian no paró de hablar con gente que se acercaba a saludar.

—Parece que eres muy popular —dijo ella.

—Colegas del barrio y de la uni. Ya sabes.

También había multitud de chicas que no le quitaban ojo. O a lo mejor a ella.

—Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me comí una cosa de estas —dijo Marta levantando la hamburguesa frente a su cara.

—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?

Marta volteaba su comida a uno y otro lado, decidiendo por dónde podría atacar para pringarse lo menos posible. Le indicó, con un encogimiento de hombros, que podía preguntar lo que quisiera.

—¿Le dijiste tú a Cris que sabías lo de las bragas?

No contestó inmediatamente, tomándose su tiempo en hincar el diente al trozo que más sobresalía por el borde del pan. Lo masticó con calma antes de abrir la boca.

—¿Qué bragas? —dijo clavando los ojos— ¿Concretamente?

La mirada inexpresiva dejaba clara la acusación velada que Cristian no tardó en captar.

—Las que se puso Cris, claro. Las de su amiga.

Marta continuó masticando sin apartar los ojos de él. No lo hacía en ademán amenazante, pero provocó que se pusiera nervioso.

—Ey, que no le he contado a nadie que me dabas las tuyas —dijo bajando la voz—, lo juro.

—Tu novia me dio la impresión de que sabía muchas cosas de mí.

Cristian acercó la cara y bajó la voz aun más.

—No le he contado nada —insistió—. ¡A nadie! Y menos a ella. —Se echó hacia atrás y soltó un bufido—. Me dejaría en el acto, y no quiero perderla por nada del mundo.

Marta dudó, pero al final decidió dar la respuesta por buena. Posó la hamburguesa en la caja de papel y cruzó los dedos sobre la mesa.

—No, no dije nada. De hecho, no tenía ni idea de que utilizarais bragas de otras para vuestros juegos.

—¿Cómo que no? Si te lo conté.

—¿A mí, cuándo?

—La noche antes de que se fuera mi padre. Me acuerdo perfectamente. Te lo dije en la cocina. Y menudo cómo te pusiste conmigo, por cierto.

—¿Ah, sí? —Estaba sorprendida, intentando hacer memoria. Al final terminó encogiendo los hombros—. No lo recuerdo. En cualquier caso, me lo confesó ella —dijo calmada—. Se puso nerviosa y largó más de la cuenta. —Después cogió aire y lo soltó con un suspiro—. Y menos mal porque, si no, la que hubiera largado hubiese sido yo. Joder, por un momento pensé que…

Cerró los ojos y movió la cabeza en un ademán de resignación. Después, volvió a hacerse con su bocado y le dio otro mordisco. Esta vez masticó con más determinación.

Cristian miró a cada lado, asegurándose de que nadie podía oírlos.

—No te preocupes por eso. Todo lo que ha pasado entre nosotros queda entre tú y yo. —Se llevó una patata frita a la boca—. Pero sí, Cris es muy lista y sabe más de lo que parece. Y no veas qué carácter tiene, me montó un pollo de tres pares, y lo peor era que no sabía de qué me hablaba.

—Te lo mereces por gilipollas. —Bebió de su pajita—. Y por cerdo.

Sonrió, aceptando el insulto como merecido. Después agachó la cabeza, clavando la mirada en su comida.

—Respecto a lo de aquella mañana… con el dedo… —dudó antes de levantar la vista—. ¿Te hice mucho daño?

Nuevo mordisco y nueva pausa de meditación mientras masticaba. Esta vez se tomó más tiempo responder.

—No fue daño precisamente, sino más bien… otra cosa. —Volvió a meterse la pajita de su refresco en la boca y sorbió un lento trago—. Me sentía bien ayudándote, haciendo de sufrida y experimentada enfermera. Convencida de que era solo un gesto inocente, un favor necesario por el bien del hijo de mi pareja. —Clavó su mirada en él—. Pero en el fondo, sabía que solo era un capricho de vieja verde enmascarado de buena acción.

»Tu dedo, cada vez más adentro, solo fue el reflejo de lo que estaba pasando.

Alrededor, chicas y chicos; sobre todo ellos, no quitaban ojo a la pareja y a esa mujer imponente de curvas generosas que cuchicheaba con su acompañante. El ruido del local tapaba las voces y disimulaba las risitas nerviosas de los adolescentes. Marta, ajena a todo, cogió aire y suspiró con profundidad.

—No —sentenció—, no me hacías daño, todo lo contrario. Me gustaba, y eso me asustó. Me asustó y me enfadó que pudieras llegar y atravesar esa línea de no retorno. —Bajó la vista a su hamburguesa y la movió entre las manos—. Podría haberlo parado. Un manotazo o una torta en toda la cara y se acabó, pero preferí engañarme intentando demostrar que controlaba.

»Lo cierto era que solo alargaba aquella paja porque, en lo más hondo, deseaba tu dedo empujando, avanzando, follándome.

Posó la hamburguesa en su caja y dejó caer los hombros. Cristian alargó una mano hasta tocar la suya con la punta de los dedos.

—Joder, lo siento. No pensé que… —Agachó la cabeza—. No me extraña que estuvieras tan enfadada conmigo.

—En realidad no estaba enfadada contigo, lo estaba conmigo, por adultera, por traidora. Aunque no lo supe en ese momento. —Nuevo suspiro—. Cuando acabó todo, estuve llorando en el baño. No por mí, sino por Mario. Él no se merecía eso.

Cristian la observaba con un rictus que no supo descifrar. Ella le devolvió la mirada con la misma fiereza que una osa protegiendo su vida.

—Pero te juro que si vuelves a ponerme en una situación como esa —siseó con odio. La temperatura bajó diez grados—, te arrepentirás para toda tu vida.

—Vale, lo pillo —contestó raudo—. No tienes que preocuparte. He aprendido la lección.

—Te lo digo en serio, Cristian. Aún no te he perdonado —insistió en el mismo tono—. Y si alguna vez vuelvo a pedirte que pares de hacer algo, paras.

—Te lo juro —dijo levantando una palma y poniendo otra en el pecho—. Nunca más. No quiero volver a perder a mi mejor amiga.

Mientras se rebajaba la tensión del momento, ambos se concentraron en sus respectivas hamburguesas. La de él, con ración doble de patatas fritas.

—¿Te puedo hacer otra pregunta? —rompió al cabo de un rato.

Marta puso los ojos en blanco, pero terminó encogiendo los hombros, concediendo. Cristian acercó la cara hacia ella y bajó la voz para aumentar el ambiente confidente.

—¿Te gusta bailar?



— · —​



Se acercó a ella con dificultad, sorteando a la multitud que abarrotaba el local, sin derramar el líquido de las dos copas. Cuando llegó a su altura, ella lo recibió con una enorme sonrisa, sin dejar de bailar y de dar botes al compás de la música a todo volumen.

Lo abrazó nada más llegar a él.

—Gracias, Cristian, era justo lo que necesitaba. No sabía cuánto me hacía falta salir y divertirme.

Él se hinchó como un pollo, contento por haber acertado otro nuevo disparo. Sabía que, en el tema de las tías, sin duda era el mejor.

«Sí, joder, coño», se reafirmó.

Le ofreció una de las copas que ella recibió con unos ojos como platos.

—¿Otro Gin-Kas? joder, nene, que ya voy medio pedo.

—Hay que aprovechar. Tengo un colega en la barra que me las saca gratis. Además, esta es tu noche, disfrútala a tope.

—Tú… tienes muchos colegas, ¿no?

No contestó. En su lugar, le guiñó un ojo y dio un profundo trago a su bebida, incitándola a que ella hiciera lo mismo con la suya. Al final, Marta llegó a la conclusión de que tenía razón. Era su noche y la iba a disfrutar al máximo.

Chicos y chicas se agolpaban en la pista donde Marta, como una más entre aquel mar de gente, botaba sin parar. Cristian le daba espacio, disfrutando con la visión de aquella madura que bailaba sola, pero en compañía de todos. Pese a la diferencia de edad, no había joven que no la repasara con la vista.

Dos combinados después, en un momento en el que Cristian había aprovechado para ir al baño, alguien se acercó a ella. Lo hizo de frente, danzando a su mismo compás e intentando imitar su baile para entrar en su burbuja.

—Hola, me llamo Héctor, te he visto desde el borde de la pista —dijo elevando la voz para hacerse oír.

Ella lo escaneó de la cabeza a los pies. El chico era terriblemente guapo, con un cuerpo de quitar el hipo. Por la forma de vestir y sus movimientos, adivinó que no era algo más que alguien que venía a beber y disfrutar de la música.

—Encantada, pero estoy acompañada.

El muchachote, en un ademán cortés, señaló a su alrededor, constatando que no era así. Ella sonrió, amable.

—Ha ido al baño, vendrá en cualquier momento.

—En ese caso, te puedo hacer compañía hasta que aparezca.

Esa forma de hablar, directa y relajada, exudaba una confianza sin esfuerzo. Su sonrisa ladeada, descarada pero limpia, le dio permiso para mirarlo otra vez, pero ahora, con atención. Alto, una cabeza más que ella, músculos tallados a base de gimnasio y una actitud de canalla elegante: lo bastante pulido para parecer un caballero, lo bastante peligroso para despertar curiosidad.

Bebió de su copa, un trago largo y, por primera vez en toda la noche, lo hizo con sed. Era el prototipo de chico cañón que tanto le gustó en otro tiempo.

—Creo que eres un poco joven para mí.

—No lo creas, lo que pasa es que me conservo bien. En cualquier caso, el tamaño no se mide por la edad, ¿no crees?

No supo exactamente a qué “tamaño” se refería, pero provocó en ella una sonrisa juguetona. Dio otro sorbo de su combinado, el chico parecía simpático.

—Tu sonrisa hace juego con tus ojos. ¿Te han dicho alguna vez que eres muy guapa?

Carcajada de Marta por el burdo intento de ligoteo. Con lo bien que iba.

—Mi novio, todos los días ¿Y a ti?

—También, todos los días, y eso que no tengo novia… todavía.

Marta decidió seguirle el juego. Le apetecía y se lo estaba pasando bien. Además, le hacía revivir su adolescencia.

—Y estás buscando una —afirmó.

Él sonrió antes de contestar y se tomó su tiempo. Un trago largo de su bebida, seguida de una mirada retadora a aquella chica que lo vacilaba divertida.

—No exactamente, pero sí que busco chicas guapas.

Marta levantó una ceja. «Demasiado directo», pensó. Pero él ya contaba con eso y, antes de que ella le diera un corte, terminó su frase.

—Soy productor.

Nueva sonrisa de ella que señaló con un ademán a todas las muchachas que los rodeaban.

—Perdona —corrigió él—, quise decir, las más guapas.

Carcajada de ella que volvió a dar otro trago a su bebida.

—Lo siento, Héctor el productor, pero creo que no doy el perfil de lo que vienes buscando por aquí —dijo en referencia a las muchachas—, ya he pasado el ecuador de la treintena.

—En ese caso, entras en el de las MILFS y ahí… —la miró de arriba abajo de manera demasiado descarada— eres la reina.

Marta entrecerró los ojos y arrugó la frente.

—¿Qué tipo de películas produces tú, exactamente?

A eso no contestó, dejando que madurara ella sola la respuesta y, de paso, consiguiendo la intriga que buscaba.

—Ey, Marta, ya estoy aquí.

Cristian acababa de llegar. Por su cara se veía que estaba en alerta y no precisamente por la presencia de aquel buitre, sino por la sonrisa que le regalaba ella.

—Mira, aquí está —dijo rodeando el cuello del adolescente con ambos brazos y besando su mejilla—, mi chico preferido.

Héctor levantó las cejas, pero no perdió la compostura.

—¿Te gustan jovencitos?

Ella, aun con un brazo alrededor del cuello del muchacho, movió la mano en un ademán ambiguo, siguiéndole el juego.

—Perfecto, eso es genial —dijo él.

—¿Genial para qué? —preguntó Cristian, claramente a la defensiva.

—Relaja, chaval —dijo Héctor en el mismo tono—, solo estamos hablando.

Marta se puso tensa. No era la primera vez que se veía envuelta en una pelea de gallos con ella como centro de disputa.

—Pues ya ha comenzado la berrea —cortó—. Venga, ahora los machos de la sala sacáis las pollas y, el que la tenga más grande, puede cubrir a la hembra.

Tanto la mirada como el mensaje eran para Héctor, apoyando la mano en el hombro de Cristian en un claro gesto para que se mantuviera quieto. No quería verlo bajarse al barro y ella ya sabía defenderse solita. Además, con ese musculitos, no tenía ni para empezar.

Héctor entendió la situación al momento y no tardó en recular, intentando no perder los puentes con esa mujer de bandera.

—Perdona, tienes razón, ha sido culpa mía —y le ofreció la mano a Cristian, quedando frente a la dama como un caballero.

Pero Marta se adelantó para evitar el mal trago a su pupilo y se la estrechó en su lugar. Héctor, con una sonrisa grata, se agachó para hacer el besamanos, haciendo que, con ello, sus ojos quedaran a la misma altura. Un escalofrío subió por la espalda de ella que él notó de inmediato.

—Ésta es mi tarjeta —dijo ofreciéndola con la mano libre—. Si algún día quieres ser famosa y rica…

Ella la leyó con detenimiento, permitiendo que él continuara acariciando su mano con el pulgar. De vez en cuando levantaba la vista para cruzarla con la de él, regalando con ello un mensaje velado.

—Ya soy famosa, en mi familia me conocen todos —explicó mientras la guardaba en el canalillo—. Y, respecto al dinero… he sabido invertir muy bien como para no tener problemas de solvencia hasta que me muera, pero gracias.



— · —​



—Joder, menudo chuloputas. ¿Pero qué se creía ese pavo?

—Estaba bueno —respondía Marta, divertida— y me lo ha hecho pasar bien.

Caminaban en dirección a casa. Ella, asida a su brazo, se sujetaba para no caer. Había bebido demasiado e iba más alegre de lo que debería.

—¿Ah, sí? ¿Te pone ese maromo o qué?

—Claro, ¿a ti no?

—Ey, correcaminos, no vayas por ahí, que yo no soy de gustos raros. A mí, lo que me va… ya sabes tú lo que es.

Marta se carcajeó y se apretó más a su brazo. Le encantaba meterse con él.

—A ver —explicó ella—, a todas nos gusta gustar. Así que, de vez en cuando, que un tío cañón como ese te entre de esa manera… pues no te diré que no le suba a una el ánimo.

—¿De qué manera, exactamente? —vaciló—. Para aprender a hacerlo yo, más que nada.

—Pues eso, como ha hecho él. Seguro de sí mismo, pero sin ser borde; con clase, sin ser pedante. —Bajó el tono para que sonara a confesión secreta—. Y con ese puntito de chulería canalla que tanto nos pone a las tías en nuestras fantasías. Ya sabes lo que digo, que nos den un poco de caña.

—Pues mi padre no puede ser menos parecido a eso que dices. Joder, si es un híbrido entre payaso de la tele y humorista barato. ¿Siempre fue así? ¿En ese eterno estado de… payasez?

—Supongo que, a tu edad, sería como tantos adolescentes: inseguro, hormonal, lleno de complejos y problemas autoinfligidos, pero cuando le conocí… sí, siempre estaba de buen humor, consiguiendo hacerme reír con ese aire amable y alocado.

—¿Por eso le quieres tanto?

—No, le quiero porque es transparente e incapaz de engañarme.

Cristian frunció el ceño. Eso no concordaba con lo que había dicho de Héctor y las fantasías que provocaba. Marta se apresuró a explicarse.

—Muchas mujeres nos volvemos locas por sinvergüenzas descarados —explicó—. También yo en su momento, no lo niego. Pero, cuando maduré, dejé que solo ocuparan espacio en mis fantasías.

Se agarró con más fuerza a su hombro.

—Decidí elegir uno bueno con quien compartir la vida. Él es mi refugio. Y por supuesto, porque es muy buena persona. Nunca me haría daño.

Cristian se quedó pensativo. Una mujer que probó el fuego, pero que vive apagada desde que conoció a su padre.

—¿Te puedo hacer una pregunta muy íntima y personal? —soltó después de un rato caminando en silencio—. Sin malos rollos ni movidas chungas. —Marta no dijo nada ni mostró reticencias, así que decidió lanzarse— Si aquella mañana llego a follarte el culo con el dedo… ¿te hubieses corrido?

Ella se mantuvo callada, pensando. Pegó la cabeza contra su hombro buscando la mejor manera de responder.

—No, claro que no —concluyó—, pero ese —hizo una pausa, dudando si revelar lo que iba a decir— es uno de mis puntos débiles. Y, de haberme… —Suspiró, incapaz de verbalizarlo de sus propios labios — habrías conseguido bajar todas mis barreras. En ese caso, no sé cómo hubiésemos acabado, pero mucho peor, desde luego.

Él asintió despacio, asimilando.

—Pues menos mal que fuiste la parte sensata de los dos y no me dejaste llegar. No hubiera querido, por nada del mundo, perderte como amiga. Gracias por conseguir pararlo.

Marta le miró sorprendida y él le devolvió la sonrisa cómplice. Agradecida por su madurez, le besó la mejilla y volvió a reposar la cabeza en su hombro.


Fin capítulo XX
 
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